GARCIA GARCIA, E. et al. (2007). Nuevas perspectivas científicas y
filosóficas sobre el ser humano. Madrid: Universidad Pontificia de Comillas

TEORIA DE LA MENTE Y CIENCIAS COGNITIVAS
Emilio García García
Dpto. Psicología Básica II. Procesos Cognitivos
Universidad Complutense. Madrid.

Caracterización de las ciencias cognitivas

Neurociencias: de las neuronas espejo al módulo interprete
Psicología evolucionista: filogénesis de la mente
Psicología evolutiva: desarrollo de la teoría de la mente
Primatología: mente maquiavélica y solidaria
Psicopatología: autismo y déficit de teoría de la mente
Modularidad de la mente

Caracterización de las ciencias cognitivas.

Las ciencias cognitivas estudian la cognición, los sistemas cognitivos, la inteligencia. Comprenden un amplio conjunto de ciencias y disciplinas como las neurociencias, psicología, psicolingüística, inteligencia artificial, etología, antropología y filosofía, entre las principales. La cognición entendida en sentido amplio hace referencia a procesos de adquisición, elaboración, recuperación, y utilización de información para resolver problemas.
El procesamiento de información, también en sentido amplio, es propio de la mente humana, la mente animal y la inteligencia artificial. Hombres, animales y máquinas en este sentido son sistemas informávoros y objeto de estudio de las ciencias cognitivas.
En la historia reciente de las ciencias cognitivas podemos diferencias dos etapas: una desde la Segunda Guerra Mundial hasta la década de 1970, y otra que se desarrolla en la década de 1980 y especialmente en los años 90 y hasta nuestros días. Recogemos como momentos importantes en la primera etapa el Simposio de Hixson, celebrado en 1948 en Pasadena, California, patrocinado por la Fundación Hixson. Un grupo de científicos procedentes de diferentes campos del saber, se reunieron en el instituto de tecnología de California. El matemático John Von Newmann planteó la analogía entre el ordenador y el cerebro. El neurofisiólogo y matemático Warren McCulloch abordó el procesamiento de información en el cerebro. El psicólogo K. Lashley cuestionó los supuestos básicos del conductismo, que era la tradición dominante en psicología, esbozando un programa de investigación cognitivista. En el Simposio de Hixson se pueden identificar las características nucleares de lo que se vino a llamar Revolución Cognitiva: la interdisciplinaridad de las investigaciones, la analogía entre cerebro y ordenador, la cognición entendida como procesamiento de información, los supuestos mentalistas para explicar la actividad humana y la crítica del conductismo. Otra fecha clave fue en 1956, cuando se celebró en el Instituto de Tecnología de Massachussets, el Simposio sobre Teoría de la Información. El acontecimiento congregó a los investigadores más notables. Los informáticos Allen Newell y Herbert Simon presentaron la “Máquina de la Teoría Lógica”, que era un avance de lo que pronto se configuraría como inteligencia artificial. El lingüista Noam Chomsky presentó “Tres modelos de lenguaje”, en el que criticaba el enfoque de la Teoría de la Información de Shannon así como la teoría conductista, como inadecuadas para dar cuenta de la actividad lingüística y adelantaba el enfoque transformacional de la gramática como competencia innata y universal. El psicólogo George Miller presentó su clásico trabajo “El clásico número siete, mas o menos dos” en el que señalaba los límites de la memoria humana para procesar información.
En la década de 1960 se potenciaron los programas de investigación en los diferentes campos de las ciencias cognitivas y vieron la luz publicaciones muy significativas. En 1960 se crea en Centro para Estudios Cognitivos, de Harvard, fundado por J. Bruner y G. Miller. El centro representó a lo largo de toda la década espacio obligado de encuentro para profesores y graduados. M. Posner llegó a considerar el Centro de Harvard como el lugar de nacimiento de las ciencias cognitivas. En los años 1970, las ciencias cognitivas alcanzan la mayoría de edad con amplia difusión en universidades, instituciones y centros de investigación. En 1977 apareció el primer número de la revista Cognitive Science. En 1979 se fundó la Cognitive Science Society, que celebró su primera reunión anual en agosto de ese año, en La Jolla, California.
En 1980, H. Simon caracterizaba la ciencia cognitiva como un nuevo paradigma para estudiar el amplio campo de los “informávoros”, esto es, todos los sistemas de procesamiento de información formados, bien por material biológico como neuronas en los animales y el hombre, bien por microchips de ordenadores, bien por cualquier otro material que se pueda conseguir. La ciencia cognitiva pretende elaborar una teoría general de los sistemas inteligentes, sean estos naturales o artificiales. Pero a pesar de los logros alcanzados, en la ciencia cognitiva no se daban las condiciones como para calificarla de ciencia normal, en término de Kuhn. Muy al contrario las tensiones y conflictos eran fuertes y frecuentes, y abarcaban desde cuestiones más teóricas y epistemológicas hasta organizativas y políticas. En la ciencia cognitiva no se compartía un paradigma de investigación, con teorías, modelos y metodologías comunes. Cada disciplina presentaba programas de investigación propios y diferenciados. Parecía más apropiado hablar de ciencias cognitivas y no de ciencia cognitiva. Desde la década de 1980, la concepción, o mejor el ideal epistemológico de ciencia unitaria pierde hegemonía, para aceptar unos supuestos decididamente más pluralistas.
Un exponente de este cambio de perspectiva fue el “Informe sobre el Cuadro de Situación de la Disciplina”, que la Fundación Sloan encargó en 1978 a una veintena de destacados investigadores representativos. A juicio de los autores, el objetivo común de la investigación en ciencia cognitiva era estudiar las capacidades de los sistemas inteligentes para la representación y computación, así como la implementación de la mente humana en el cerebro. El Informe enmarcaba el nuevo campo de estudio en el clásico hexágono cognitivo
configurado por las interrelaciones entre Neurociencia, Inteligencia artificial, Psicología, Lingüística, Antropología y Filosofía.
En opinión de Gardner (1988), el Informe supuso una revisión rigurosa de las principales líneas de investigación y los trabajos desarrollados hasta el momento. Pero la comunidad científica en general adoptó una posición muy crítica frente al Informe. La oposición fue tal que el documento no se llegó a publicar. Cada investigador consideraba el Informe desde su propia disciplina y lo estimaba inadecuado. La bien intencionada pretensión de elaborar un informe equilibrado e integrador en realidad provocó un rechazo de la mayoría, que sentía minusvalorada su propia línea de investigación.
Hemos mencionado los supuestos epistemológicos de carácter unitario y tradición neopositivista que están más presentes en la primera etapa de la ciencia cognitiva, hasta finales de los años 1970. Otra característica que estimamos relevante en esta etapa, es la explicación o actitud funcionalista, que presenta general aceptación en Inteligencia artificial, Psicología cognitiva, Lingüística, y Filosofía de la mente, disciplinas consideradas como el núcleo duro de la ciencia cognitiva. El estudio de la estructura y funcionamiento de un sistema, explicar o predecir lo que algo o alguien hace, se puede llevar a cabo a diferentes niveles y con metodologías distintas. Se diferencian tres tipos de explicación: la estrategia o actitud física, la actitud funcional o de diseño, y la actitud intencional. La actitud física centra el análisis en el nivel de la naturaleza y de la estructura física del sistema. La actitud de diseño o funcional no presta atención a los componentes físicos de un sistema y se limita a considerar su funcionalidad, su comportamiento, conforme el diseño que lo caracteriza. La actitud intencional se da cuando tratamos al objeto animado o persona como un agente racional e inferimos sus creencias, sentimientos y deseos, prediciendo su conducta (Dennet,
1991, 2000; Searle, 1996).
La estrategia funcionalista concibe los procesos mentales como estados internos que median entre el input o entradas sensoriales y el output o salidas conductuales, que son determinantes o causantes de la conducta. Tales procesos mentales pueden ser estudiados prescindiendo de su soporte físico, su implementación o componente material, pues lo importante es el estudio de la organización funcional de los procesos y no la materialidad que los realiza. Una formulación prototípica de este planteamiento afirmaría que un espíritu
incorpóreo, un cerebro o una máquina podría presentar un determinado programa, la organización funcional de los tres podría ser exactamente la misma aún cuando su materia
fuese completamente diferente (Putnam, 1990).
La segunda fase en las ciencias cognitivas, desde los años 1980, vendría caracterizado por una aceptación más explícita de andamiajes teóricos y explicaciones pluralistas, que se visualizaría en el empleo, en plural, de ciencias cognitivas. Frente a la hegemonía de la explicación funcional, más propia de la etapa anterior, ahora será la explicación física o naturalista la que aparece como dominante. Es la estrategia explicativa de las Neurociencias, también en plural, Neuropsicología, Neurolingüística, Psicología evolucionista, Etología, que pasan a conformar la corriente principal de las ciencias cognitivas, priorizando el nivel de explicación físico-químico y biológico. Neurociencias: de las neuronas espejo al módulo interprete. La neurociencia estudia la estructura y la organización funcional del sistema nervioso, particularmente el cerebro. En ella confluyen distintas disciplinas que se han desarrollado a lo largo del s. XX. La Society of Neuroscience se fundó en 1970, pero las investigaciones del sistema nervioso tienen larga historia en física, química, medicina, biología, fisiología, entre otras. Precisamente la revolución de la neurociencia acontece cuando los científicos, con especializaciones diferentes, se plantean enfoques y programas de investigación interdisciplinarios. El estudio se realiza a distintos niveles: molecular, neuronal, redes neuronales, conductual y cognitivo. Cada nivel de análisis requiere de teorías, modelos y metodologías de investigación diferenciados, dando lugar a ciencias distintas y en el marco general de las neurociencias. Aquí nos vamos a limitar a comentar recientes descubrimientos en el nivel neuronal, como son las “neuronas espejo”, y una referencia muy breve al nivel de neurociencia cognitiva, con mención a la teoría modular de la mente de M. Gazzaniga.
En 1996, un equipo de neurobiólogos italianos, dirigidos por G. Rizzolatti, de la universidad de Parma, se encontró unos datos inesperados en el transcurso de la investigación. Habían entrenado a unos simios a agarrar objetos concretos, por ejemplo un palo. Con un microelectrodo implantado en el cerebro en la corteza premotora, registraban la actividad eléctrica de ciertas neuronas. En el córtex promotor es sabido que se planean e inician los movimientos.
En determinada ocasión sucedió algo desconcertante, al activarse de pronto el aparato de registro sin que el mono realizase ninguna actividad. El efecto se pudo repetir a voluntad comprobándose en numerosas neuronas vecinas el mismo comportamiento inesperado: se activaban sin que el mono moviera un solo dedo. Bastaba con que viera que otro realizaba tal acción. Los científicos italianos habían identificado un tipo de neuronas desconocidas hasta ese momento, las denominaron neuronas especulares. Estas neuronas no reaccionan ni al asir sin objetivo, ni a sólo el objeto que se ha de agarrar. Sólo cuando se ven juntas ambas cosas, la acción y su objetivo, se activan. Sucedía como si las células representaran el propósito ligado al movimiento.
Las neuronas espejo son un tipo particular de neuronas que se activan cuando un individuo realiza una acción, pero también cuando él observa una acción similar realizada por otro individuo (Rizzolatti, 2005). Las neuronas espejo forman parte de un sistema de redes neuronales que posibilita la percepción-ejecución-intención. La simple observación de movimientos de la mano, pie o boca activa las mismas regiones específicas de la corteza motora, como si el observador estuviera realizando esos mismos movimientos. Pero el proceso va más allá de que el movimiento, al ser observado, genere un movimiento similar latente en el observador. El sistema integra en sus circuitos neuronales la atribución/percepción de las intenciones de los otros, la teoría de la mente (Blakemore y Decety, 2001; Gallese, Keysers y Rizzolatti, 2004)
Cuando una persona realiza acciones en contextos significativos, tales acciones van acompañadas de la captación de las propias intenciones que motivan a hacerlas. Se conforman sistemas neuronales que articulan la propia acción asociada a la intención o propósito que la activa. La intención queda asociada a acciones específicas que le dan expresión, y cada acción evoca las intenciones asociadas. Formadas estas asambleas neuronales de acción-ejecución-intención en un sujeto, cuando ve a otro realizar una acción, se provoca en el cerebro del observador la acción equivalente, evocando a su vez la intención
con ella asociada. El sujeto, así, puede atribuir a otro la intención que tendría tal acción si la realizase él mismo. Se entiende que la lectura que alguien hace de las intenciones del otro es, en gran medida, atribución desde las propias intenciones. Cuando veo a alguien realizando una acción automáticamente simulo la acción en mi cerebro. Si yo entiendo la acción de otra persona es porque tengo en mi cerebro una copia para esa acción, basada en mis propias experiencias de tales movimientos. A la inversa, tu sabes cómo yo me siento porque literalmente tu sientes lo que estoy sintiendo. La publicación de estos resultados desató en 1996 un entusiasmo desbordante no exento de polémica entre los especialistas. V. Ramachandran llegó a profetizar que tal descubrimiento de neuronas especulares estaba llamado a desempeñar en psicología un papel semejante al que había tenido en biología la descodificación de la estructura del ADN. Por primera vez se había encontrado una conexión directa entre percepción y acción, que permitía explicar muchos fenómenos en polémica, particularmente la empatía, la intersubjetividad, etc.
Las neuronas especulares posibilitan al hombre comprender las intenciones de otras personas. Le permite ponerse en lugar de otros, leer sus pensamientos, sentimientos y deseos, lo que resulta fundamental en la interacción social. La comprensión interpersonal se basa en que captamos las intenciones y motivos de los comportamientos de los demás. Para lograrlo los circuitos neuronales simulan subliminalmente las acciones que observamos, lo que nos permite identificarnos con los otros, de modo que actor y observador se haya en estados neuronales muy semejantes. Somos criaturas sociales y nuestra supervivencia depende de entender las intenciones y emociones que traducen las conductas manifiestas de los demás.
Las neuronas espejo permiten entender la mente de nuestros semejantes, y no a través de
razonamiento conceptual, sino directamente, sintiendo y no pensando (Rizzolatti, Fogassi y
Gallese, 2001).
Las neuronas espejo se han localizado en la región F5 del córtex premotor de los primates, área que corresponde al área de Broca en el cerebro humano. Tal descubrimiento plantea hipótesis muy interesantes sobre el origen del lenguaje que no podemos comentar aquí. Pero vamos a mencionar un dato de experiencia que todos hemos constatado. Los niños, pocas horas después del nacimiento, imitan la mímica de los adultos. Si la madre lesaca la lengua el recién nacido lo imita con notable éxito. De acuerdo con la teoría de la copia compartida, gracias a la imitación motora, los niños ejercitan no solo sus propias posibilidades de expresión, sino que empiezan a captarse como sujetos agentes. Podríamos decir que el lactante infiere la coincidencia de lo percibido con su conducta propia, comenzando a apuntar la autoconciencia que se enraizaría profundamente en las reacciones motoras reflejas de imitación.
Los sistemas de neuronas espejo posibilitan el aprendizaje de gestos por imitación, sonreir, caminar, hablar, bailar, jugar al fútbol, etc., pero también el contagio de bostezos, sentir que nos caemos cuando vemos por el suelo a otra persona, la pena que sentimos cuando alguien llora, la empatía con los demás. El intercambio complejo de ideas y prácticas que llamamos cultura; los trastornos psicopatológicos como síndromes de ecopraxias y ecolalias, déficit de lenguaje, autismo, pueden encontrar en las neuronas espejo claves de explicación.
Los sistemas de neuronas espejo, más sofisticados en humanos, están presentes en simios, y probablemente en otras especies como elefantes, delfines, perros. En el ser humano se han identificado sistemas de neuronas espejo en el cortex premotor, principalmente el área de Broca, el área parietal postero-inferior, la zona posterior de la primera circunvolución temporal, el lóbulo de la ínsula. Gracias a las tecnologías de neuroimagen los programas de investigación proporcionan sorprendentes aportaciones, que suscitan nuevas preguntas de investigación.
Vamos a mencionar brevemente el módulo interprete, que se sitúa en otro nivel de las neurociencias: la neuropsicología cognitiva. La investigación neuropsicológica parece confirmar las teorías modulares de organización cerebral. La estructura y funcionamiento cerebral viene dado por múltiples subsistemas o módulos relativamente independientes, que procesan información en paralelo y muy frecuentemente inaccesible a la conciencia. El cerebro recibe y procesa gran cantidad de información mediante sistemas distintos, originando comportamientos y estados de ánimo de los que el sistema consciente no tiene noticia, si bien en un momento posterior en subsistema o módulo intérprete tendrá que darle sentido. Los seres humanos nos negamos a aceptar el “sin sentido”, la casualidad de nuestros actos y generamos hipótesis para explicar y reconstruir las causas y razones de nuestra actividad. Nuestro módulo intérprete se encarga de elaborar teorías, hipótesis y creencias para explicar lo que hacemos, sentimos o creemos, aunque desconozcamos las causas y motivos reales de tales acciones.
La dinámica existente entre nuestros múltiples módulos mentales y el módulo intérprete, localizado en el hemisferio izquierdo en el 98% de la población, posibilita nuestra identidad personal, nuestra vivencia del “yo”, nuestra experiencia de voluntad y libertad. La creencia tan arraigada del ser humano de obrar por propia voluntad está fundada en la misma estructura cerebral y constituye un rasgo esencial de nuestra dotación biológica, que nos capacita para distanciarnos de nuestra respuesta refleja ante los estímulos del medio y del comportamiento condicionado por recompensas y castigos. Se superan así las conductas reflejas y los programas de aprendizaje por condicionamiento clásico y operante que domina en el mundo animal. Continuamente interpretamos los comportamientos producidos por módulos cerebrales relativamente independientes, como actividad originada por el yo, consciente y libre, concluyendo en cierta medida ilusoriamente que actuamos consciente y libremente. Pero sin la experiencia de causalidad y libertad el ser humano viviría en un mundo caótico, azaroso e ingobernable (Gazzaniga, 1993, 2006).

Psicología evolucionista: filogénesis de la mente

El diseño estructural y funcional de la mente humana es resultado del proceso evolutivo, que ha llevado a la configuración propia del cerebro de nuestra especie, hasta llegar al homo sapiens sapiens. A lo largo de millones de años, las especies han ido incrementando las capacidades de seleccionar y captar información, almacenarla, elaborarla y utilizarla, a fin de responder adaptativamente a las exigencias del medio. Tal incremento de capacidades se desarrolla en función de la complejidad progresiva del sistema nervioso de las especies y del proceso de corticalización creciente. El sistema nervioso humano, y particularmente el cerebro, ha desarrollado e incorporado progresivamente determinadas estructuras y sistemas neurales que han posibilitado la supervivencia y adaptación al medio.
Así, en nuestra especie coexisten biológicamente diversos niveles estructurales que permiten tipos de conductas y aprendizajes con distinto grado de complejidad y elaboración: desde los reflejos más elementales, pasando por los diferentes tipos de aprendizaje, hasta los procesos cognitivos superiores y particularmente el lenguaje.
Desde una perspectiva filogenética y una epistemología evolucionista, es razonable aceptar que la actividad mental surge y se desarrolla a lo largo de la evolución de las especies, como propiedad funcional de la organización cada vez más compleja del sistema nervioso y de una encefalización y corticalización crecientes. En la historia de la vida van apareciendo organismos dotados de mayor conocimiento, control y autonomía en el medio, hasta culminar en el hombre, que gracias a su sistema nervioso y propiedades mentales, se relaciona con el medio de una forma peculiar. Su vida, siendo biológica, se convierte también
en biográfica, esto es, autoapropiada y poseída, consciente y responsable.
La mente humana no responde a un diseño a priori, es resultado de un proceso evolutivo de millones de años. Diferentes y sucesivas estructuras se van conformando en esa filogénesis. MacLean (1974) habló de un cerebro trino: un cerebro de reptil, de mamífero y córtex. Cada uno es conquista de una etapa evolutiva hacia mayores grados de autonomía y eficacia adaptativa. La capa más antigua recoge nuestro pasado, cerebro reptileano, en las estructuras de nuestro tronco encefálico, posibilitando los comportamientos básicos para mantener la vida. En una fase más avanzada, los mamíferos desarrollaron estructuras encargadas de las conductas de cuidado y protección de la prole, lucha- escape, búsqueda de placer y evitación de dolor, el sistema límbico. Posteriormente aparece el tercer nivel de estructuras, el neocortex, que proporciona la base de los procesos superiores cognitivos y lingüísticos. Se podría añadir un cuarto cerebro, el cerebro ejecutivo, del que nos habla Goldberg (2002) o el cerebro ético de Gazzaniga (2006).
La mente es un sistema funcional muy complejo, que progresivamente ha acumulado nuevas estructuras, ha aparecido y evolucionado bajo las presiones selectivas que los organismos han tenido que soportar en su proceso de supervivencia y adaptación. La mente estaría compuesta de múltiples módulos, cada uno diseñado por la selección natural para hacer frente a un concreto problema de satisfacción de necesidades y supervivencia. Por tanto, es resultado de un largo proceso de millones de años, que acumulativamente ha integrado "órganos funcionales" adecuados para resolver los problemas del organismo en su medio (Barkow, Cosmides y Tooby, 1992).
La teoría evolucionista del conocimiento (Campbell, 1974; Lorenz, 1974, 1993; Lorenz y Wuketits, 1984; Riedl, 1983; Piaget, 1967,1975; Barkow, Cosmidos, Tooby, 1992; Plotkin, 1994, 1997; Popper, 1994) ha abordado el estudio del desarrollo filogenético de las facultades o sistemas mentales. Lorenz ha planteado las razones para defender una correspondencia de fondo entre los fenómenos subjetivos que el organismo percibe, y los datos objeto de la percepción. Y es que, tanto las cosas percibidas, como el cerebro que las percibe, pertenecen a la misma realidad, son producto de una misma evolución conjunta, y han de guardar por tanto algún tipo de correspondencia que posibilitará el ajuste del organismo a su medio.
Para la teoría evolucionista del conocimiento, la razón humana con todas sus categorías y esquemas es un objeto de la realidad, que ha adquirido su configuración actual, en adaptación a las cosas también reales. No cabe suponer que un órgano como el cerebro, que se ha desarrollado en constante interacción con la naturaleza, pueda quedar tan desconectado de ella, hasta el punto de que los fenómenos que conoce carezcan de conexión intrínseca con las "cosas en sí", como si ambas formas de realidad fuesen totalmente independientes. No es sensato suponer que las leyes que rigen nuestro aparato cognoscitivo y sus operaciones no se correspondan profundamente con las leyes del mundo real del que proceden.
Es razonable pensar que el "a priori" instintivo de cada especie, prefijado para cada individuo por su dotación genética, depende de las diferencias estructurales y funcionales específicas de sus respectivos sistemas nerviosos. Ello supone cuestionar el concepto de un "a priori" absoluto, ya que, algo que ha surgido en el curso de la filogenia, y es por consiguiente "a posteriori", funciona como condición de los procesos cognoscitivos que sustentan la supervivencia y evolución de los organismos. Ciertamente estas prefijaciones biológicas que posibilitan las formas de aparición de lo real son jerarquizables; varían de la ameba al hombre. Es claro que la percepción del espacio de un organismo acuático es sensiblemente inferior a la del hombre, pero cumple de modo efectivo la función de posibilitar su adaptación al medio.
Las leyes del sistema cognitivo que a los humanos se nos dan "a priori" no caen del cielo, ni son capricho de la naturaleza. El sistema nervioso es el verdadero órgano "a priori" que posibilita las formas de aparición de lo real. Del mismo modo que la aleta le es dada al pez como un "a priori" de su adaptación al medio acuático, o el ala al ave para adaptarse a su medio, nos son dadas a los hombres las formas de percepción y categorías de la razón.
Nuestras categorías de pensamiento y formas de percepción, fijadas con anterioridad a toda experiencia individual, están adaptadas al mundo exterior, exactamente por las mismas razones por las que la aleta del pez lo está al medio acuático. No parece razonable suponer en este caso que la forma del órgano prescribe sus propiedades al agua, más bien son éstas las que imponen sus cualidades a aquél. Y la forma en que esta adaptación medio-órgano ha tenido lugar no ha sido otra que el gran proceso natural de la evolución. La experiencia de la filogenia ha producido las prefijaciones de la ontogenia. El "a priori" del individuo es "a posteriori" para la especie, es resultado del aprendizaje de la especie (Lorenz, 1974, 1984, 1993).
El hombre es un ser que debe sus funciones mentales a la evolución, a esa génesis cuya duración se mide por millones de años, y en cuyo curso todos los organismos se avienen con la realidad y se adaptan a ella. Nuestro sistema cognitivo es un elemento de la realidad que ha recibido su forma actual mediante el acuerdo con las cosas reales y su adaptación a ellas. En este supuesto estriba la convicción de que todo cuanto nos comunica nuestro sistema cognitivo sobre la realidad externa, en condiciones normales, responde a algo real.
Las "gafas" de nuestras formas perceptivas y razonadoras tales como el espacio y el tiempo, la causalidad y la substantividad, son funciones de una organización neurocognitiva, cuya finalidad es servir a la conservación del individuo y la especie. Mediante esos anteojos no vemos, como suponen los transcendentalistas, una deformación imprevisible del ser en sí, de
la realidad, sino una imagen genuina de ésta, aunque simplificada utilitariamente (García y Muñoz, 1999).
Pero mejor que hablar de la mente humana sería más preciso referirnos a procesos o funciones mentales diferenciadas, como propiedades de sistemas neuronales que se han conformado progresivamente en la filogénesis hasta dar con nuestro cerebro-mente. Tales procesos mentales han surgido como respuestas adaptativas para resolver los distintos tipos de problemas. Los problemas con los que se han enfrentado los seres humanos en su supervivencia, y también los primates superiores al menos, son de orden muy diverso. Son distintas las exigencias que se requieren en la relación con los otros de la misma especie, lo que se ha denominado la mente social, al comportamiento en el mundo físico natural, la mente natural, por ejemplo.
La vida es una continua resolución de problemas y los problemas sólo surgen con la aparición de la vida, pues antes de la vida no hay ni problemas ni valores. El valor más básico es mantenerse vivo y dejar descendencia. Este afán de superación de la vida lleva a la conquista de la mente, la conciencia, el conocimiento objetivo y la ciencia. (Popper, 1972, 1994; Popper y Eccles, 1980). En este proceso evolutivo emergente distingue Popper tres niveles de adaptación: genético, conductual, científico. El conocimiento científico continúa y culmina la conquista evolutiva. La ciencia consiste en una lucha por la supervivencia entre teorías rivales en beneficio de las más aptas. Un organismo o especie será eliminado si propone una mala solución a un problema, la mutación será letal. Algo similar ocurre a nivel individual si el conocimiento es equivocado en su ajuste al medio. En el conocimiento objetivo, en la ciencia, lo que sucede es que perecen las teorías en lugar de nosotros. Las teorías se convierten así en potentes instrumentos de adaptación.
El conocimiento del conocimiento mismo es la gran conquista evolutiva. La diferencia entre la ameba y Einstein está en que la ameba no tiene acceso al conocimiento reflexivo, su conocimiento está incorporado, pautado, y si no es válido para adaptarse al medio por los cambios que en éste puedan darse, la ameba perece. Einstein tiene una mente que accede a su propio conocimiento, un acceso reflexivo y crítico, por ello puede formular teorías, argumentarlas y criticarlas para que, bien con experimentos mentales teóricos o con contrastaciones empíricas, luchen entre sí las teorías, pereciendo las menos válidas, pero siguiendo vivo Einstein.
Las estructuras y mecanismos que se han conformado filogenéticamente parecen presentar un carácter específico o modular. Las exigencias para enfrentarse al medio físico o natural (mente física), son diferentes de las que se requieren para la cooperación y comunicación en el medio social (mente social). La epistemología evolucionista también parece aportar interesantes datos que apoyan una concepción modular de la mente humana.
Si la estructura y funcionamiento de la mente humana es resultado de un largo proceso evolutivo de millones de años, también se conforma de modo personal e irrepetible en el desarrollo ontogenético, en el ciclo vital de cada persona en interacción con las demás y con los productos culturales. De ahí que los programas de investigación desde la perspectiva filogenética o evolucionista se han de completar con las investigaciones ontogenéticas, propias de la psicología evolutiva, que consideramos a continuación.

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