Presentación de los tres libros sobre Sexualidad Femenina: El muro del sexo.

 

 Juan Bautista Ritvo

Psicoanalista y escritor, ex Profesor de Teoría de la Lectura en la Facultad de Humanidades y Artes, y también fue docente de la Maestría de Psicoanálisis y del Doctorado de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario. Fue miembro del consejo editor de las revistas Sitio, Paradoxa y Diatribas y actualmente de las revistas Conjetural, Redes de la letra y Las ranas. Ha publicado los libros El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada (1990),La edad de la lectura (1992); Repetición: azar y nominación (1994), La causa del sujeto: acto y alienación (1994), Ensayo de las razones: acto y argumentación en psicoanálisis (1998), Formas de la sensibilidad, restos de la cultura (1999), Del Padre. Políticas de su genealogía (2005)Decadentismo y Melancolía (2006), Figuras del prójimo. El enemigo, el otro cuerpo, el huésped(2006), Figuras de la feminidad (2009) El laberinto de la feminidad y el acto analítico (2009),Sujeto masa comunidad. La razón conjetural y la economía del resto (2011). Además ha publicados numerosos ensayos y artículos en el ámbito de la literatura, la filosofía y el psicoanálisis.

Presentación de los tres libros sobre Sexualidad Femenina: El muro del sexo.

Estos tres libros – “Figuras de la feminidad”, “El laberinto de la feminidad” y “El silencio femenino” – tienen una premisa común: la irreductible diferencia entre los sexos.

No hay hombre ni mujer como entidades separadas ( el famoso y tan confuso “género”) sino un límite entre ambos que los define por igual en su profunda desigualdad; algo que provisoriamente podemos definir mediante ciertas metáforas que son, desde luego, imprescindibles: la sexualidad concéntrica del hombre, la centrífuga de la mujer.

Por supuesto, ambas dimensiones son dimensiones límites, ideales, en el sentido matemático del vocablo, un límite que siempre encontramos en la clínica profundamente reprimido; es decir, conservado como reprimido para que reaparezca en el síntoma.

Frente a la avalancha actual encabezada por el feminismo de masas y los movimientos queer con su insistente apelación a un anarquismo sexual que presenta los mismos límites que el anarquismo político, es preciso sostenerse en una verdad elemental que, incluso entre analistas, ha comenzado a ser dejada de lado de modo casi vergonzante pero efectivo.

El sostener, a la vez, que hay dos polos de la división sexual y que esta polaridad no simétrica es irreductible, que la diferencia hombre/mujer carece de un tercer término que instaure la identidad, tiene su ámbito de verificación y de construcción en la clínica psicoanálitica. Es como horizonte teórico de la clínica, horizonte que sostiene a esta del mismo modo en que esta sostiene a aquel, que planteamos la oposición no complementaria y sí suplementaria entre hombre y mujer.

¿Desde dónde hablo? Desde el dispositivo analítico y no desde la historia o la sociología, aunque sea necesario apelar a estas disciplinas y también y decisivamente al discurso filosófico.

(Es curioso y revelador que en un mundo, el capitalista, cada vez más injusto y limitador de las posibilidades humanas hayan surgido discursos, minoritarios y casi exclusivamente reducidos a la intelligentzia universitaria, que preconizan que no hay límites sexuales para las combinatorias más diversas. Por cierto, estas combinatorias, apenas se las examina desde cerca y sin vociferaciones y reclamos airados, aparecen como bordes, confusos y para nada creadores, del malestar en la cultura, es decir, de la neurosis. El reclamo del rizoma deleuziano, que cualquier cosa se combine con cualquier otra cosa, conduce a la esterilidad y a la impotencia.)

A modo de presentación, transcribiré un fragmento del último de los libros citados, “El silencio femenino”.

La mujer, constreñida a no reconocer de sí más que lo que el hombre reconozca, ha guardado silencio durante siglos. Y ahora que habla, ahora que toma la palabra, muchas

veces con virulencia, algo del viejo silencio persiste bajo la forma de la ironía, incluso en la supuesta aceptación de la no diferencia: “somos iguales”… Y no, no somos iguales: pero esa desigualdad yace en la intimidad del erotismo femenino, no en las declaraciones públicas, que pertenecen a otro orden. Proclamar la igualdad entrediciendo la no igualdad cuestionada, he aquí una forma de la ironía que, no obstante, vive de las posibilidades que actualmente le ofrece el mundo contemporáneo que no se identifica con el patriarcalismo islámico.

Entonces la mujer – a pesar de sus frecuentes e inevitables identificaciones con el hombre – le concede a este que la defina, que le defina su lugar en el mundo, mientras se reserva, cuidadosamente guarda para sí, algo oscuro, tan oscuro como poroso y permeable, tanto, que bien podría decirse que es nada, y sin embargo adquiere realidad porque el hombre o lo denosta o lo idealiza – en el fondo es lo mismo…

Ahora estoy llevando a cabo el gesto clásico: yo, un hombre, hablo de ella, la convierto en mi objeto de análisis; y si alguna verdad hay en lo que digo es porque he empezado a reconocer esa ironía escondida.

Pero, ¿qué hay allí?

Hesíodo creía saberlo: la caja de Pandora, es decir los males que la neurosis suele confundir con el Mal, junto con el único bien pulsional: el ritmo, la intensidad de la vida, que es indiscernible del dolor de existir.

Por supuesto: la actual idealización del goce femenino – diverso al del hombre, pero igualmente limitado, como todo lo finito – goza ( aquí el término es pertinente) de la creciente complicidad de las corporaciones psicoanalíticas, prestas a satisfacer las demandas que definen a nuestra época, las que proclaman la consagración de la ilimitación en el preciso momento en que el horizonte se estrecha hasta asfixiarnos.

En este punto sin duda es preciso volver a Freud, y hacerlo desde Lacan, pero sin entregarse a lecturas piadosas y obsesivas. En ellos también sus enunciados reprimen la sexualidad femenina, la que retorna en sus intervalos como una enunciación que jamás adquiere derecho de ciudadanía.

II

Es preciso no aislar las esferas concretas: el amor, la vida cotidiana, la patología clínica.

Y menos que menos la lección de la poesía erótica.

“No puedes cada día darme tu corazón;

si me lo pudiste dar, es que nunca lo diste.

Enigmas son de amor que, aunque el corazón parta,

queda en su sitio, y que perdiéndolo lo salvas.”

(John Donne, “Infinitud de los amantes”.)

El equívoco: se da reteniendo y se recibe rechazando, bajo la promesa siempre incumplida

de un dar y un recibir puros que jamás advienen como tal.

Así la donación se sustrae a la donación y en ese instante se cumple, del mismo modo en que la recepción se pierde y allí se efectiviza.

El amor compromete la irribitabilidad y la movilidad del cuerpo, ambas insuperables como es insuperable el destino, pero lo hace en un terreno habitado por las tormentas de todas las pasiones contradictorias: quisiera durar para siempre, pero lo sempiterno encarna la

amenaza del hastío; permite que la razón y la fantasía pervivan disimulándose la una en la otra, pero en definitiva traiciona a ambas, a la fantasía, porque incurre en humillaciones y en subterfugios, a la razón, porque termina por no comprender lo que comprende de sobra; anhela la verdad a condición de que no aparezca y la irreverencia, buscada con ahinco, anuncia ese placer furtivo que alcanza su máxima intensidad degradando al objeto.

El hombre quiere que su gavilla no sea avara; no obstante, teme que entregándose se pierda, mientras la dama se esfuerza por competir por el dominio fálico ( es la guerra florida); entretanto, protesta porque en tal competencia ella queda del lado de la previsibilidad absoluta y así enteramente entregada al aburrimiento letal; el hombre, más patéticamente, queda del lado de la imbecilidad.

Cada uno trata de ejercer el poder que una vez conquistado decepciona; sin embargo persiste en tal ejercicio torturante, para evitar enfrentar el simulacro de lo que nunca está exactamente donde sin embargo no deja de estar. El juego del furet ( hurón, anillo) es altamente simbólico para definir el falo: circula incesantemente sin que se sepa dónde está ni quién lo tiene. Si alguien adivina que uno cualquiera lo tiene, el poseedor deberá pagar una prenda junto con la entrega del anillo, que es el comienzo de la abdicación.

Nunca está del todo donde está y nunca está totalmente ausente donde no está, pero su giro incesante en paso de comedia, sus artilugios y simulacros ( cualquier objeto puede representarlo), revelan que el falo es una nada que ordena el juego, le presta ese carácter trágicómico que lo caracteriza y disimula de esta forma la extrema precariedad de la vida, que Lacan manifiesta de manera ejemplar cuando dice, repitiendo a Freud, que la vivida, en el fondo, es una asimilación devoradora.