Una aproximación a los modos posibles de elaboración del genocidio

Ps. María Eva Pierantoni evapierantoni@hotmail.com.ar Ps.

Ma. Sol Barrionuevo sol.barrionuevo@hotmail.com Ps.

Paula Fierro ps.paulafierro@gmail.com

Una aproximación a los modos posibles de elaboración del genocidio

En Argentina, desde hace más de cuarenta años, convivimos con los efectos del genocidio, entendiendo por este, la destrucción parcial o total de la identidad de un pueblo. La identidad nos atañe directamente a quienes trabajamos en el campo de la salud mental, así como también aquellos significantes mínimos, imprescindibles para la constitución de un sujeto, que conforman los derechos humanos.

La condición de “desaparecido” genera una problematización analítica respecto a los mecanismos del duelo y su posible elaboración. La pregunta por el desaparecido, desencadena un sinfín de respuestas posibles.

Consideramos la instancia de los juicios por delitos de lesa humanidad como aporte insoslayable para la elaboración del trauma en el ámbito público. A su vez, en un sentido más íntimo y singular, el encuentro con la escritura de relatos de hijxs de desaparecidxs y el ejercicio del psicoanálisis, nos invitan a pensar si no son éstos modos posibles de hacer con los efectos del terror genocida.

“Hay preguntas que están esperando ser preguntadas. ¿Qué produjo este maltrecho medio siglos sobre la subjetividad de todos nosotros? ¿Qué le hizo la

dictadura, los interminables años de dictadura, a la cabeza de la gente? ¿Qué le sigue haciendo? ¿Qué seguirá haciendo? ¿Qué le hizo a la gente común, más allá de las decenas de miles de víctimas directas? ¿Cómo persiste en la vida cotidiana de la gente común? Son éstas, preguntas que hacen a la cultura, al psicoanálisis y al fin de este largo siglo que aún no termina”

Müller

Quienes practicamos el psicoanálisis estamos advertidos de la existencia, en toda constitución subjetiva, de una inoculación que viene de afuera y que conocemos como lenguaje. Partimos entonces de entender al sujeto como efecto de discurso, razón por la cual, sin atribución significante originada en el lugar del Otro, un sujeto quedaría condenado a ser nada. A su vez, el lenguaje se presenta como elemento mediador esencial para pensar la constitución del mundo a partir de la palabra.

En esta senda abierta por el lenguaje nos hemos topado con la escritura, constituyendo ésta un ejercicio que desafía los tiempos y las dimensiones. La escritura es inscripción, y la inscripción de la palabra en tanto registro, habilita. La palabra como símbolo concerniente al tesoro del lenguaje, es puente a través del cual el individuo se une con el mundo, y en este gesto lo nombra.

Ahora bien, el modo de nombrar las cosas, el mundo y los otros casi nunca es ingenuo, por el contrario hay en el acto de nombrar una toma de posición. Caemos en lo engañoso si pensamos que el mundo está allí y el lenguaje sólo viene a nombrarlo; éste último no es transparente, es decir, no refleja el mundo tal cual es.

Con todo esto y para reforzar una convicción, afirmar que Argentina ha sufrido en el año 1976 un Genocidio, es tener una posición ante los acontecimientos. Cuando hablamos de Genocidio no estamos suponiendo un acto espontáneo ni aberrante, no estamos contemplando en ello una manifestación "loca". Nombrar el genocidio lleva implícita la idea de una tecnología de poder, y en este punto, la transformación masiva de las estructuras identitarias y del lazo social, un intento de destrucción de un sector de la población y por tanto de la identidad de un grupo (Feierstein, 2007).

La Identidad atañe directamente a la subjetividad a la hora de la escucha, pero también a la identidad de un pueblo en el conjunto de una sociedad. En este punto pensamos una constitución identitaria ahí en lo más íntimo de un sujeto, al tiempo que no podemos desoír la construcción de una identidad en términos globales, sociales, culturales y políticos. Los entrecruzamientos entre lo privado y lo público son imprescindibles.

Hemos nombrado al sujeto en su constitución, siendo otra de las premisas que el psicoanálisis nos ha sabido transmitir. Y al decir subjetividad, identidad y constitución (con y a partir de Otro), introducimos los Derechos Humanos como eslabón ineludible en esta operatoria.

Aludimos a Laura Capella cuando evocando a Lacan, conceptualiza a los Derechos Humanos en tanto red de significantes mínimos para que el sujeto pueda constituirse como tal: “Esa pequeña red de significantes que permite al sujeto constituirse como sí, como en su lugar en un parentesco, como existente, como representante de un sexo y hasta como muerto".

Son los Derechos Humanos red de significantes, vasija que aloja sentidos y que en esta vía, construye identidad. Señalamos que la destrucción que el genocidio expuso en su más perversa modalidad del terror, ha violado hasta el hartazgo el núcleo de la constitución subjetiva y con ello sus ideales y sus libertades, su naturaleza de ser en la cultura.

Asimismo, conseguimos pensar el derecho a la muerte humana, el derecho humano a la muerte como marca insoslayable, fundante y cultural. Reverbera un eco en lo siniestro: Ni vivo ni muerto, desaparecido1 y con esto una sensación difícil, a dónde inscribir una desaparición. La condición de “desaparecido” genera una problematización analítica respecto a los mecanismos de duelo y su posible elaboración. La pregunta por el desaparecido, desencadena un sinfín de respuestas posibles. Reproduce un imaginario inagotable e inabordable. Desaparecido, implica una presencia permanente. Es la permanencia eterna de la presencia. Capaz de desencadenar una búsqueda incesante, interminable e inagotable.

Negar una tumba es negar una vida. Esto es, sin la dignificación del cuerpo muerto y sin las lágrimas dedicadas en el homenaje fúnebre, el cuerpo humano ha perdido su nombre, su honor y su dignidad. Matar y que no haya muerte. Hacer desaparecer, borrar, negar hasta la muerte misma. Anular las categorías del ser humano en las dos vertientes de su existencia: la de la vida y la de la muerte, indisolubles.

El duelo es ante todo un trabajo, que se inicia como “la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal,etc." (Freud,1915) Esta serie es retomada en Psicología de las masas y análisis del yo, y es lo que le permite decir a Grüner que Freud no reduce el problema del duelo a un dilema "psicológico" de la mera culpa, sino que lo presenta entramado entre dos dimensiones: una íntima y otra, política. La función del duelo es transformadora del mundo propio, trabajo de reorientación de las energías libidinales de un sujeto. Los muertos tienen la función de recuperar esa “presencia” para que la comunidad, cada vez que la muerte abre en ella un “vacío de sentido” pueda ser re-fundada y recomience su misma existencia. (Grüner, 2008) El lugar otorgado, vendrá desde la palabra, a cada muerto su nombre. El nombrar desde lo simbólico un lugar posible para que el muerto allí quede alojado. Quien está de duelo debe trabajar “con las palabras precisas que a él correspondan, para darle a cada muerto su nombre secreto, y ponerlos uno-por-uno a salvo”

El autor da una respuesta a la pregunta por la identidad cuando dice que “a los muertos se les debe el testimonio de la verdad sobre su existencia previa, para que no sean desaparecidos también de la lengua”. La lengua poética (o literaria) es la recuperación de una presencia en crisis, cuando desfallecen las “lenguas” rituales.

Aludiendo a Stolkiner, el “terror es no saber, de donde viene el miedo”. El no saber genera una asimetría, la de: oprimido, opresor. Quien ejerce el poder, en

representación del Estado (en éste caso) instala una lógica perversa, en el sentido de que: quien debe garantizar los derechos del ciudadano, es el primero en violarlos y vulnerarlos. ¿Hay aquí un sitio posible para ubicar la subjetividad?

Por otro lado, quienes realizamos este escrito nos hemos encontrado con diversas lecturas, actividad a la que el deseo nos empuja permanentemente. En esta humilde y cotidiana hazaña, descubrimos los escritos realizados por hijxs de desaparecidxs. Se preguntan quiénes son, quiénes fueron, dónde estuvieron secuestrados sus padres y sus madres, dónde están sus cuerpos, el encuentro con los restos. Escriben, crean ficciones, arman historias, dan vuelco a lo posible.

Ubicamos a la desaparición forzada, la capucha, la tortura, el tabique, el hambre, la sed, el frío, la humillación, la oscuridad, la violación, el silencio, como acontecimientos de lo siniestro; verdad que emerge como un real insimbolizable. En este sentido es que nos preguntamos cuáles son las vías posibles que tenemos lxs humanxs de elaborar el horror.

Al momento de evaluar cuáles son las vías de elaboración que cada unx ha encontrado, aparecen estrategias que se reiteran. En una primera instancia, la organización colectiva de visibilizar las búsquedas, marca una fuerza sin precedentes en el mundo. La histórica construcción de los organismos que defienden los Derechos Humanos inventó una lucha que sacó de la soledad del duelo para abrazarse al lazo compartido, generando así una fuerte resistencia a todo accionar que fuese contra la integridad de la vida. Sus efectos tienen vigencia hoy y continuarán en el tiempo.

Desde luego, existió una decisión política del Estado hace más de diez años de bajar los cuadros de las fuerzas armadas, de asignar dentro del presupuesto anual nacional dinero para los organismos que trabajan diariamente en la construcción de estos tejidos de la memoria, y se asignó la defensa de los derechos humanos como parte de la agenda política.

Finalmente este paso llegó a la justicia, iniciándose en nuestro país las causas por delitos de lesa humanidad. En algunos casos consiguiendo imponer el agravante

jurídico “en el marco de un genocidio” y en otros instalarlos como mega causas y plan sistemático.

Las experiencias de los juicios ponen en juego la subjetividad, haciendo volver al sujeto a recordar aquella experiencia traumática. En muchos casos han pasado cuarenta años sin decir. Consideramos esta instancia un aporte insoslayable para la elaboración del trauma en el ámbito público y en este sentido una condición necesaria. No obstante, nos permitimos pensar que puede no ser suficiente.

Gladis Loys, Lic. en Filosofía y ex presa política, dice que el genocidio es perder la voz y da un lugar crucial al testimonio en los juicios.

“Por el testimonio del testigo llega la academia a saber, los medios de comunicación a informar y la justicia a la sentencia. Transmutaciones e intercambios operan entre textos, contextos y sujetos, se enriquece el proceso de des-silenciamiento” (Loys, 2016)

Por su parte, la escritura en hijxs de desaparecidxs, como testimonios literarios, nos llama la atención. Tomando lo que Duras puede declarar en Escribir, la escritura es una manera de salvarse. En este sentido, puede permitir simbólicamente tocar algo de este real de la desaparición, como función de elaboración.

“Frente a mí hay una foto de mi mamá conmigo. Estamos tendidas sobre la arena, apenas se ve la espuma del mar en un ángulo. Ella tiene la cara tapada por el pelo, a mí solo se me ve la nuca y su mano enredada en mis rulos. No sé cuántos años puedo tener en la foto, puedo decir que su codo se apoya justo en el nacimiento de mi espalda y sus dedos se pierden en mi pelo. ¿Què edad hay que tener para que el antebrazo de tu madre tenga la exacta medida de tu torso?”

Marta Dillon

“Cosas que tardé mucho tiempo en descubrir

Y que tardaré aun más para poder comprender.

Cimientos. Simientes. Clicks. Tics. Cracks.

En estas palabras encarno mi recuperación

Y duelo por la enorme pérdida

Tarde, pero segura”

Àngela Urondo Raboy

Por si hay que huir: En esta casa en la que vivo con Jota, la vìa de escape es por el patio trasero, la terraza, las terrazas vecinas, su ruta hacia la calle. Habìa un nombre para esto que no era vìa de escape, el Nene lo decía, pero no me acuerdo.

Mariana Eva Perez

Escribir es un acto que implica a otro. Otro con mayúscula (Lacan). Ese Otro al que va dirigido un mensaje, donde se comparte un código, Otro que aloja y descifra. Y también otro con minúscula, el semejante con el cual se hace lazo, un interlocutor.

Sabemos que la condición para que un sujeto pueda advenir, es que sea captado por la estructura del lenguaje. A partir de ello insistimos en la escritura de hijxs de una generación que no está ni viva ni muerta. La escritura en tanto herramienta de invención posible, para armarse condiciones de existencia allí, donde lo que precede está desaparecido. Escribir es un modo de elaboración pero también de construcción de un relato que responda al agujero. Se construye cada vez que se recuerda, y se recuerda cada vez diferente. Escribir como recordar, son instancias subjetivantes.

Finalmente, en la tarea que a diario nos atañe, el psicoanálisis es una maquinaria de subjetivación que puede proponerse acompañar, escribir y reescribir, las marcas de lo traumático en los cuerpos atravesados por el terror.

Terror que debemos aclarar, no es sucedido necesariamente por la tortura física, sino más bien por el aniquilamiento identitario y subjetivo, que sucede a partir de la misma.

Ubicamos aquí todo lo visto y lo oído que traumatizó a quienes estuvieron en los campos. También los efectos significantes que esa experiencia perpetuó en la generación hija de aquellas víctimas. Y finalmente, las consecuencias de aquellos años siniestros, que no cesan de retornar actualmente en el conjunto de la población. Por estas tres vías es que podemos decir que el genocidio es aquello que nos sucedió a todos. Se niegue o se sepa, sus efectos simbólicos drenan en nuestra sociedad, haciendo diferentes ecos y tomando variados matices.

Las políticas implementadas por el actual gobierno, producen e insisten en instalar una lógica negacionista. Al decir el Presidente “guerra sucia”, remite directamente a construcciones que dan cuenta de un interés por enunciar cierta duda respecto a cuestiones que estructuralmente se habían establecido en la consciencia ciudadana, hasta el punto tal de poner en duda el número de víctimas. La reacción de repudio y convocatoria adquirida tras el fallo “2x1” de la suprema corte de justicia, visibilizan el acompañamiento y contención de un sector grande de la población, manifestando un posicionamiento irrevocable ante ciertos fantasmas. Tal como sucede en estos días con la desaparición forzada de Santiago Maldonado.

Esas tecnologías del control vuelven otra vez, marcando que su término no había llegado con el retorno a la democracia. Son marcas significantes que en palabras y acciones del otro, vuelven a incidir en el pueblo. El terror y la humillación son herramientas desubjetivantes, utilizadas por el poder para su dominación. Si la palabra es registro simbólico por excelencia, y lo simbólico es lo que permite a un cacho de carne, devenir humano; el campo es el lugar que construye el camino inverso. Una deshumanización permanente y sistemática.

La intención es clara: destruir al sujeto y retraerlo a una existencia casi exclusivamente animal como si realmente se pudiera “animalizar” al ser humano. (Calveiro, 2014)

¿A qué nos referimos con elaboración? Al modo en que los humanos encontramos, para hacer con eso.

Freud nombra la elaboración como trabajo a través, “Si nos atenemos al signo distintivo de esta técnica respecto del tipo anterior – (refiere a la neurosis obsesiva)-podemos decir que el analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace.” (Freud, 1914)

El análisis construye una maquinaria aliviadora del malestar en sí mismo, pero también la escritura (en otros casos el cine) aparece como un otro modo de acompañar dicha construcción de elaboración del trauma. Nos servimos del lenguaje, de las palabras que bañan nuestro ingreso a la cultura, para dar una explicación o sentido al mundo en el que vivimos.

“Pero para Freud es el lenguaje el que permite llevar a cabo esa sobreinvestidura. Se podría agregar que lo que logra el lenguaje es dotar de un sentido a la experiencia, sentido que no preexiste en ella, sino que es aportado por el sujeto” (Feierstein, 2012)

Dicho sentido está en concordancia con el tiempo que vive un sujeto y los significantes que lx habitan. Nos precede lo traumático, lo umheimlich de lo familiar, pero también nuestras raíces y nuestra época. La identidad es construcción de lo que somos, y somos construcción de lo que nos precede. En este sentido entendemos que con frecuencia nuestros espacios de formación lo olvidan. El terror inmanente del genocidio dejó marcas en el conjunto de la población.

Recuperar la palabra de quienes están ausentes e incorporarlxs en la estructura discursiva es un modo de hacer con el dolor. La palabra, es nacimiento del sujeto en la cultura, herramienta para bordear el vacío real. Pero también es arma del lenguaje que nos habita, nos precede y nos corrobora que no todo puede ser dicho.

Para concluir, queremos referir a la enorme preocupación que nos ocupa a diario. Si decimos que el genocidio es la destrucción parcial o total de la identidad de un pueblo, y si entendemos que estas prácticas reales continúan generando efectos en nuestra realidad simbólica en la actualidad, ¿cómo es posible que en la formación de la carrera de psicología y en las vías de construcción de quienes se posicionan como analistas, esto no sea una prioridad?

BIBLIOGRAFIA

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