Avances de Libros (Publicado originalmente en ADN Cultura el 21/2/2014)

“El Cerebro Lector” de Stanislas Dehaene. Editorial Siglo XXI.

Entre naturaleza y cultura, el autor investiga los procesos de adaptación que le permitieron al hombre desarrollar una de sus características más humanas. En el fragmento que se adelanta en estas páginas, la invención de la lectura silenciosa.

Traducción: María Josefina D’Alessio

Cuando visitó a Ambrosio, entonces obispo de Milán, Agustín observó un fenómeno que pensó que era lo suficientemente extraño como para que lo anotara en sus memorias: “Cuando él leía (Ambrosio, obispo de Milán), recorrían las páginas los ojos y el corazón profundizaba el sentido, pero la voz y la lengua descansaban. Muchas veces, estando nosotros presentes –porque a nadie se le prohibía la entrada, ni había costumbre de anunciarle al visitante- lo vimos leer así en silencio y jamás de otra manera”. En la mitad del siglo VII, el teólogo Isidoro de Sevilla también se maravillaba de que las “letras tienen el poder de transmitirnos en silencio lo que dijeron los que están ausentes”. En esos tiempos, la costumbre era leer el latín en voz alta. Articular sonidos era una convención social, pero también una verdadera necesidad: cuando se enfrentaba a páginas en que las palabras estaban fusionadas una a la otra, sin espacios, en una lengua que no conocía bien, la mayoría de los lectores tenía que murmurar como los niños pequeños cuando leía. Por eso es que la lectura silenciosa de Ambrosio era tan sorprendente, incluso si para nosotros se ha vuelto una experiencia familiar: podemos leer sin articular sonidos. Si nuestra mente va alguna vez directamente de la palabra escrita a su significado sin acceder a la pronunciación o si de manera inconsciente transforma las letras en sonidos y luego los sonidos en significado ha sido un tema de gran discusión. La organización de los caminos mentales de la lectura alimentó un debate que dividió a la comunidad psicológica por más de treinta años. Algunos pensaban que las transformación de las letras en sonidos era esencial; la lengua escrita, argumentaban, es simplemente un subproducto de la lengua hablada, por eso es que tenemos que encontrar el sonido de las palabras completas a través de una ruta fonológica, antes de poder recuperar su significado. Para otros, sin embargo, la recodificación fonológica era solo un rasgo de principiante, característico de los lectores más jóvenes. En los lectores más expertos, la eficiencia lectora estaba basada en una ruta léxica que iba directamente de la cadena de letras a su significado. Actualmente, se ha arribado a un consenso: en los adultos existen las dos rutas de lectura mencionadas, y ambas están activas simultáneamente. Todos tenemos acceso directo al significado de las palabras, lo que nos exime de pronunciar las palabras mentalmente antes de poder entenderlas. Sin embargo, incluso los lectores expertos continúan usando los sonidos de las palabras aunque no lo noten. No es que articulen las palabras de manera encubierta; no tenemos que mover los labios, ni siquiera preparar la intención de hacerlo. En un nivel más profundo, sin embargo, la información acerca de la pronunciación de las palabras se recupera automáticamente. La vía léxica y la fonológica operan en paralelo y se refuerzan mutuamente. Hay pruebas abundantes de que accedemos automáticamente a los sonidos del habla cuando leemos. Imagínese, por ejemplo, que se le presenta una lista de cadenas y usted tiene que decidir si cada una es una palabra real del español o no. Eso sí, sólo tiene que decidir si las letras forman una palabra del español. Aquí vamos: Libro Cavello Getroplo Puerta Pakete Raseflo Tal vez dudó cuando las letras sonaban como una palabra real, como en “cavello” o “pakete”. Este efecto de interferencia puede medirse fácilmente en términos de tiempo de respuesta e implica que cada cadena es convertida en una secuencia de sonidos que se evalúa como una palabra real, incluso si el proceso va en contra de la tarea que se ha solicitado hacer. La conversión mental en sonido tiene un papel esencial cuando leemos una palabra por primera vez, digamos, la cadena “Kaláshnikov”. Al principio, es imposible que podamos acceder a su significado directamente, ya que nunca la vimos antes. Todo lo que podemos hacer es convertirla en sonidos, notar que los sonidos son inteligibles y, a través de esta ruta indirecta, llegar a entender la palabra nueva. Entonces, acceder al sonido es muchas veces la única solución cuando nos encontramos con una palabra desconocida. También es indispensable cuando leemos palabras mal escritas. Veamos el cuento poco conocido de Edgar Allan Poe que se llama “El ángel de lo singular”. En él, un extraño personaje se mete misteriosamente en el departamento del narrador, “un personaje insulso, aunque no del todo indescriptible”, y con un acento alemán tan denso como la niebla inglesa: -Quién es usted, si puede saberse? - pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto perplejo- Como ha entrado en mi casa? Y que significan sus palabras? -Como he endrado aquí no es asunto suyo –replicó la figura-; en cuanto a mis palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa quién soy…Míreme! Fea! Yo soy el Ángel de lo singular. -Vaya si es singular!- me aventuré a replicar- Pero siempre he vivido bajo la impresión de que un ángel tenía alas. -Alas!- gritó, furibundo- Y bara qué quiero alas? Me doma usted por un bollo? Cuando leemos este fragmento volvemos a un estilo que hace mucho hemos olvidado, uno que viene de nuestra niñez: la ruta fonológica, o la transformación lenta de cadenas de letras totalmente nuevas en sonidos que milagrosamente se vuelven inteligibles, como si alguien nos las estuviera susurrando. Que ocurre, sin embargo, con las palabras de todos los días, con las que ya nos hemos encontrado mil veces? No tenemos la impresión de decodificarlas lentamente a través de la articulación mental. Sin embargo, algunas ingeniosas pruebas psicológicas muestran que aún en estos casos activamos su pronunciación en un nivel no consciente. Por ejemplo, suponga que se le pide que indique cuáles de las siguientes palabras hacen referencia a calzado. Todos estos son términos muy familiares, así que debería poder concentrarse en su significado e ignorar su pronunciación. Pruebe: Sandalia Pesca Mocasín Avión Borceguí Vota Tal vez se sintió urgido de responder a la palabra “vota”, que suena como un tipo de calzado. Los experimentos muestran que bajamos nuestra velocidad y cometemos errores en las palabras que suenan como un ítem de la categoría – blanco. No está claro cómo podríamos reconocer esta homofonía si no recuperáramos mentalmente en primer lugar la pronunciación de la palabra. Sólo una conversión interna a los sonidos del habla puede explicar este tipo de error. Nuestro cerebro no puede evitar transformar las letras “v-o-t-a” en habla interna y asociarla luego con un significado (un proceso que puede ser inconveniente en los pocos casos en que la cadena suena igual que otra palabra muy conocida). Por supuesta, este imperfecto diseño es también el que nos garantiza uno de los grandes placeres de la vida: los juegos de palabras o la “alegría del texto”, como los llama el humorista Richard Lederer. Sin el regalo de la conversión de letras en sonidos no podríamos disfrutar de la ocurrencia de Mae West (“She is the kina of girl who climbed the ladder of success wrong by wrong”. [Es la clase de chica que escaló la ladera del éxito error por error / escalón por escalón]) o de la broma del cuñado de Conan Doyle (“There’s no police like Holmes” [no hay policía como Holmes / no hay lugar como el hogar]). Sin la “voz silenciosa” de la que habla Agustín, el placer de los arriesgados doble sentidos nos estaría negado: Un admirador le dice al presidente Lincoln: “Permítame presentarle a mi familia. Mi esposa Ana Turva. Mi hija Sofía Turva. Mi hijo Tomás Turva”. “Oh!, Dios! respondió el presidente. Otras pruebas de que nuestro cerebro accede automáticamente a los patrones de sonido de una palabra vienen del priming subliminal. Supongamos que le presento por un período muy breve la palabra “RALLA”, seguida inmediatamente de la palabra “malla”, y le pido que lea la segunda palabra tan velozmente como pueda. Las palabras se le presentan en diferentes tipos de letras para evitar cualquier similitud visual de bajo nivel. Sin embargo, cuando la primera palabra suena y se escribe casi o del todo igual que la segunda, como en este ejemplo, observaremos una aceleración consistente del tiempo de lectura, comparada con una situación en la cual las dos palabras no están especialmente relacionadas (“PORO” seguida de “malla”). Parte de esta facilitación se debe, por supuesto, a semejanzas a nivel de la escritura. La presentación de “CUELO” facilita el reconocimiento de “cielo” a pesar de que las dos cadenas de sonidos suenan muy diferentes. Sin embargo, significativamente, se puede encontrar aún mayor facilitación cuando dos palabras comparten la misma pronunciación (“CIEGO” seguido de “cielo”), y este priming basado en el sonido funciona incluso cuando la forma de escribir dos palabras es completamente diferente (“SIENTO” seguida por “cielo”). Entonces, la pronunciación parece extraerse automáticamente. Como uno podría esperar, sin embargo, la escritura y el sonido no se codifican al mismo tiempo. Luego de apenas veinte o treinta milisegundos de ver una palabra, nuestro cerebro activa automáticamente su forma escrita, pero hacen falta cuarenta milisegundos adicionales para transformarla en sonido, como lo revela la aparición de priming basado en sonido. Los experimentos más simples, entonces, nos permiten esbozar una corriente completa de etapas sucesivas en el cerebro del lector, desde las marcas en la retina hasta su conversión en letras y sonidos. Cualquier lector experto transforma rápidamente cadenas en sonidos del habla sin esfuerzo y de forma inconsciente.