La Cultura en Aprietos: Bruner y la Narrativa

Psic.  Jaime López

Resumen

Este trabajo pretende, a partir de los enfoques de interpretación de la cultura y las influencias que han tenido sobre la psicología, reflexionar e intervenir sobre ellos desde las lecturas que la clínica psicoanalítica brinda, para de esa manera detectar sus posibilidades o sus limitaciones. Se trabaja fundamentalmente desde los planteos de Clifford Geertz sobre la cultura y sobre el texto de Jerome Bruner dedicado al análisis del Yo desde una perspectiva narrativa y que toma como modelo el caso de la “familia Goodhertz”. Se cruza la descripción narrativa y negociada de Bruner –su enfoque literario- con el punto de vista central para el psicoanálisis: la condición humana marcada por el cruzamiento del ser hablante con su naturaleza sexuada. El problema central se pone de manifiesto cuando  a la cultura se la confronta con la característica humana de poseer un cuerpo erógeno y por lo tanto, así como cualquier sexualidad humana esta modelada por el universo cultural, así también éste último está profundamente marcado por las particularidades de esa naturaleza.

 La ilusión del bienestar  

En la tradición del pensamiento occidental, la ética es la disciplina que reflexiona sobre la conducta moral. Una de las éticas necesarias para entender la existencia del pensamiento freudiano son las llamadas “hedonistas”. Freud construyo su teoría sobre la existencia de las mismas y esto se manifiesta principalmente en la postulación que realizó del llamado “Principio del Placer”. Este da forma a una de las maneras centrales de funcionar del aparato psíquico. Para el autor, este principio es el máximo que rige el organismo, pero también remarcó que es impotente para mantenerlo con vida, ya que si el aparato estuviera regido exclusivamente por este principio, lo único que lograría seria ir hacia su destrucción. Por tal motivo, Freud necesito proponer otros principios que permitan, dentro de una dinámica del conflicto, la regulación del Principio del Placer.

El psicoanálisis no es una teoría hedonista y no está sostenido en una ética del placer y tampoco toma como valor máximo el bienestar o la felicidad. Toda la obra freudiana progresa sobre el objetivo de demostrar que  a partir del concepto de bienestar no se  conseguirá entender la particular naturaleza humana. Para Freud es una ilusión que el que proceda en su conducta guiándose por la ética de bienes consigue la felicidad. Este autor no habla precisamente de bienestar y por lo contrario si lo hace de “malestar”, destacando que este último es un estado ineliminable en la cultura y en la naturaleza del hombre, ya que sus deseos siempre son mayores que sus realizaciones. La cultura, dice, reposa sobre la renuncia a las satisfacciones pulsionales y al respecto afirma “…la cultura no se conforma con los vínculos de unión que hasta ahora le hemos concedido, sino que también pretende ligar mutuamente a los miembros de la comunidad con lazos libidinales, sirviéndose a tal fin de cualquier recurso, favoreciendo cualquier camino que pueda llegar a establecer potentes identificaciones entre aquellos, poniendo en juego la máxima cantidad posible de libido con fin inhibido, para reforzar los vínculos de comunidad mediante los lazos amistosos. La realización de estos propósitos exige ineludiblemente la restricción de la vida sexual…”[1]

Este planteo propone que para lograr algo siempre será necesaria la renuncia a otra cosa y que la característica fundamental de  “esa otra cosa” es la sexualidad humana, por lo menos en su fin directo y no así en su fin inhibido, ya que éste brinda la energía para ligar a los miembros de una comunidad. En esta propuesta, la presencia del malestar implica postular la hipótesis de un conflicto de base entre la condición sexuada del hombre y los requerimientos que le impone la vida social. Por lo tanto es central en esta teoría el hecho de que no es posible pensar la naturaleza humana sin esa dimensión constitutiva del conflicto y las derivaciones que esto implica. Una de ellas es la no adecuación estructural de la búsqueda del placer, así como de la posibilidad de la convivencia armónica con el otro. Las formaciones de transacción (lapsus, actos fallidos, sueños) así como los síntomas mismos son las vías en las que se expresa la particular forma que toma la dimensión del conflicto en la singularidad humana y estas vías tienen un valor de mensaje y de puerta de ingreso a esa dimensión donde se entrecruzan la condición erógena del cuerpo humano, la historia de dependencia infantil característica de su naturaleza y el universo de la ley –lo que prohíbe, regula y ordena- propio de la cultura.

Lo psíquico y la cultura.

La psicología académica se orientó hacia el cambio de concepto de aprendizaje, propio de conductismo, al más amplio de adquisición del conocimiento. Este último apunta a la necesidad de definir qué tipo de constructos personales se da la gente para dar sentido a su mundo, pasando del individuo como organismo respondiente al individuo como sujeto agente y cognitivo. Asimismo, una interesante porción del pensamiento psicológico actual, está orientado hacia lo que denominan “contextualismo transaccional”, y el mismo sostiene la idea de que la acción humana no podrá explicarse por completo ni de forma adecuada en la dirección de adentro hacia afuera (intrapsíquica) y que para poder ser explicada la acción debe ser situada, es decir, ser considerada como un continuo con el mundo cultural. Afirman que las realidades que construye la gente son realidades sociales, negociadas con otros, distribuidas entre ellos y por lo tanto el mundo social no está “ni en la cabeza”, “ni en el exterior” de nadie. Invierten la relación tradicional entre la biología y la cultura y al respecto Bruner, Jerome propone “es la cultura y no la biología la que moldea la vida y la mente humana, la que confiere significado a la acción situando sus estados intencionales subyacentes en un sistema interpretativo”[2] .Esto es conseguido mediante la imposición de patrones inherentes a los sistemas simbólicos de la cultura, es decir, sus modalidades de lenguaje y discurso, así como también por las formas de explicación lógicas y narrativas, como por los patrones de vida comunitaria mutuamente interdependientes. Se apoya en la idea de los neurocientíficos de que las necesidades y las oportunidades culturales desempeñaron un papel crítico a la hora de seleccionar las características neuronales de la evolución[3], lo que Bruner define como “el desarrollo orientado culturalmente”.

Por otro lado y de modo convergente, Clifford Geertz aporta una dimensión de la cultura en donde ésta es concebida como un texto para ser interpretado y reinterpretado. Supone un sujeto activo y no uno pasivo, un sujeto que negocia con esa cultura y en donde todos pueden ser actores. Pasa del estudio estructural propio del enfoque de Levi-Strauss, al estudio interpretativo; de las constantes estructurales sin sujeto a la lectura del quehacer humano como un texto y de la acción simbólica como drama.

Dentro de este enfoque se pone énfasis en la acción, ya sea ésta mediada, comunicativa o narrativa, así como en la actuación y en la contextualización del relato. Resalta la construcción subjetiva e interpersonal de los hechos sociales y en este movimiento reivindican al agente, es decir, al Yo o a la primera persona del singular, haciendo foco de atención en el narrador o en aquel que crea la narrativa: “el lenguaje narrativo es concebido como lo que permite bucear y explorar los pensamientos, sentimientos e intenciones de los agentes” [4] . Este enfoque esta fuertemente influenciado por una orientación pragmática del conocimiento. Para el pragmatismo lo “verdadero” es lo que es bueno en materia de creencias[5], es decir que no sirve que se diga que la verdad es “correspondencia con la realidad” ya que eso supone una esencia de la verdady el pragmatismo es anti-esencialista. Un representante de este pensamiento afirma que “decir algo útil acerca de la verdad, es explorar la práctica en lugar de la teoría, la acción en lugar de la contemplación”[6] Es posible visualizar la influencia sobre el pensamiento bruneriano cuando éste propone énfasis en la acción comunicativa o narrativa, como en la actuación referida al relato.

El enfoque pragmático de Bruner y la antropología de la negociación de Geertz muestran un espíritu orientado hacia una explicación consistente en el corrimiento del enfoque “dentro/fuera”, hacia una posición de continuidad en donde la mente constituye la cultura y la cultura es constituida por la mente. La lectura psicoanalítica no es ajena a esta postura, ya que afirma que el organismo y el medio (el medio cultural) no pueden considerarse como entidades en oposición, ya que el organismo humano está inscripto desde un primer momento en el orden de la cultura dada la natural dependencia e indefensión de la cría. Esta situación determina las tensiones que impone la confrontación del organismo erógeno y la cultura para que la cría alcance su calidad de “miembro” .Es esta una conflictiva constituyente de la dimensión humana y por lo tanto, se hará presente en todas las facetas de la humanización, incluida la pregunta que Bruner se hace con relación a la familia Goodhertz: “­En que consiste crecer siendo un Goodhertz?”[7]

 Cuando la erogeneidad habla

En una introducción al psicoanálisis, Freud comienza hablando de las cuestiones del lenguaje y de las palabras, para terminar haciéndolo de sexualidad y represión, mostrando que pare él hay una relación entre ellos. El análisis se trata de un intercambio de palabras y solo con éstas es posible que alguien diga aquello que no quería decir y que, además, diga más de lo que quería decir. La presencia de ese plus en el decir obligó a hacer más compleja la hipótesis del aparato psíquico, proponiendo una instancia que habla en el hombre y a pesar del hombre, instancia que termina por manifestarse justamente en los momentos en que el yo, como supuesto agente y representante de la unidad, cae estrepitosamente frente a la sorpresa o el desconocimiento que surge entre lo que dijo y lo que supuestamente pretendía decir. Lo que es un fracaso para el yo es un gran éxito para ese plus que insiste en cada quién. En el propio decir se despliega una dimensión de verdad que solo lo es para el que enuncia y seguramente, como toda verdad, solo será dicha a medias. Este “decir”se diferencia del narrar porque éste último se sostiene más en el estilo del análisis literario, el que se caracteriza por una transición temporal de un estado de cosas a otro, y en cambio el “decir” se define por una repetición atemporal en la que siempre insiste el mismo núcleo de verdad. El “decir”se puede caracterizar como aquello donde lo que se enuncia hace referencia a lo no dicho y pone en juego un saber que no es sabido por el que dice y que debe surgir en el curso de sus asociaciones. En cambio, en la propuesta narrativa se generan relatos, se producen textos por medio de los cuales se actúa, se crean y recrean esquemas de interpretación, los que otorgan coherencia a los eventos recientes y a los correspondientes a la memoria episódica. Es diferente la propuesta del “decir”, ya que éste es justamente el que rompe la coherencia, el que trastoca la intención y la interpretación del yo de la agentividad, del yo funcional, conmoviendo el discurrir de las asociaciones propias de la conciencia.

 Desde el punto de vista del psicoanálisis, hablar de asociaciones significa una manera de hilvanar el relato, no desde las leyes asociativas aristotélicas, sino desde un encadenamiento orientado por “algo” que insiste en ser expresado. Que falte un saber acerca de ese “algo”no implica una falta de cultura, solo indica que hay un saber y que no se dispone de él. Este saber que falta –para la conciencia- es la “caldera” que mueve en buena medida ese hipotético sistema. La diferencia con el narrar es que éste último presenta una organización mental en la cual los procesos y transacciones se dan para “construir significados”, significados que son para alguien, que alguien sabe, que surgen de un yo narrador que comanda y cuenta historias, y que según Bruner, permite encontrar un bosquejo de ese mismo yo en la historia que construye. Estos son significados que se saben y que hablan de un yo “sabedor”y narrador, lo que implica necesariamente la noción de conciencia. La propuesta anterior, donde se complejiza la noción de aparato psíquico, claramente se bifurca al proponer un saber no sabido. Si bien parece una contradicción proponer un saber no sabido, ésta es solo aparente si se propone la hipótesis de lo inconsciente, además de una idea diferente a la del sujeto agente, implícita en el esquema de la narrativa, proponiendo la idea de un sujeto que es efecto de esa estructura inconsciente.

Esta idea de la existencia de un pensamiento al que no se le adjudica un pensador, la de un pensamiento no pensado, la de un saber no sabido, la de una memoria sin alguien que recuerde, si bien trae problemas lógicos, es lo que Freud detectó en su experiencia clínica y llamó inconsciente. Pero no se puede hablar de inconsciente freudiano si no se habla de sexualidad. Esta muestra que no hay sociedad humana que no posea intrincadas reglas para regularla y que el objeto de la misma no es un objeto “natural”, aunque la pulsión del cuerpo sexuado y erógeno insiste, este objeto está atravesado por el universo simbólico de la cultura. En esta visión, la sexualidad humana es más que la pura genitalidad y además es simbólica, en el sentido que no es natural ya que la condición erógena del cuerpo solo lo es en tanto y en cuanto lo atraviese, como se dijo más arriba, el mundo de la cultura, pero además y de modo central, el particular universo simbólico del microcosmo que cualquier cría humana debe transitar para humanizarse y que se denomina familia. Este es un vehículo de cultura, pero es innegable que posee un nivel propio de eficacia, en el cual, sin saberlo, ejerce el poder de “marcar” al nuevo miembro y lo hacen desde su propia historia como familia y como sujetos sexuados.

La palabra en el psicoanálisis no es un término propio de la teoría de la comunicación, tampoco se habla de un emisor que emite un mensaje para comunicarlo a un receptor. Tampoco se considera que el emisor sabe lo que dice cuando dice lo que dice, ya que siempre hay un plus que desborda su decir. Lo que importa es que el emisor no es un sujeto agente del discurso ya que el plus en el decir permite reconstruir a posteriori ese otro sujeto efecto, efecto de una estructura inconsciente. Por lo tanto, para Freud, la palabra tiene la condición de poder remitir a otra cosa más allá de su significado habitual.

Esta conjunción de la palabra y la sexualidad apuntan a una descripción de la condición humana caracterizada por la no adecuación a un objeto natural, lo que como consecuencia, condena a una tendencia a una búsqueda infructuosa en un desplazamiento sin fin. Este enfoque propone que el que nace queda marcado por la prohibición de que su cuerpo erógeno mapee esa condición en el mal lugar (el incesto)  y además, por la existencia previa a su existencia de la estructura deseante de aquellos que lo traen al mundo y serán sus soporte vitales. Estas marcas serán en definitiva el campo que fundamente al nuevo miembro como ser humano y sexuado. El ser deseado –o no- el ser sexuado, el ser traumatizado en el seno de la cultura es lo que se llama “marcas” y lo que Freud denomina inconsciente es lo que persiste de esas marcas por una operación de repetición. Estas marcas corresponden a la idea novedosa de “representaciones inconscientes”, las que se inscriben en alguien sin que su yo lo sepa y que también retornan en él sin que su yo lo sepa por esa operación de repetición.

Visto lo anterior, surge una pregunta: cual es la diferencia que introduce en la lectura bruneriana la propuesta freudiana de que habla algo más en el discurso de la conciencia y que eso que habla tiene que ver con la sexualidad?

Si bien Bruner introduce una visión interesante en la psicología, también es posible intentar ver hasta donde la lectura psicoanalítica puede generar un modo de reflexión que aporte algo más al análisis del relato.

Este autor habla de cultura como constituyente de lo mental, de intersubjetividad, del yo como distribuido y además se interroga sobre: cuales son los procesos y en referencia a que tipo de experiencias formulan los seres humanos su propio concepto de yo? Es un significativo cambio de enfoque en relación a la psicología derivada del concepto de procesamiento de información, pero los procesos y experiencias descriptos como un diálogo entre yoes o entre yoes distribuidos en determinadas situaciones –lo que describe en el caso Goodhertz- pueden ser interpelados aplicando otro marco teórico y a partir de ello tener acceso a un proceso novedoso que brinde un punto de vista más rico.

La idea es que a partir del experimento de Bruner con la familia Goodhertz se puede ver que es un intercambio en el cual al modo de un diálogo asimétrico, los interlocutores por medio del lenguaje se informan mutuamente de lo que desconocen. Esto se logra aplicando como un tercer factor el marco teórico que brinda el psicoanálisis. Es este marco el que propone un modo de reflexión  que altera, cambia y desplaza los límites entre el yo y el otro, rompiendo la simetría que parecía existir en la oposición entre uno y otro que proponía Bruner. Al respecto, la frase: “no es cuestión de saber si yo hablo de mi de un modo que se conforma, que concuerda con lo que soy, sino más bien de saber se soy el mismo que eso de lo que hablo” [8], muestra que se habla sin saber plenamente lo que se dice. Por lo tanto, esta posición propone que todo lo que pueda enunciar o recordad –como en el caso Goodhertz-  el yo como agente de su discurso, queda severamente cuestionado,  o por lo menos es legítimo intentar rever lo que dice la familia Goodhertz cuando deben responder a la consigna de Bruner de: “En que consiste crecer siendo un Goodhertz?”[9]. Es posible pensar que su decir es en gran medida una posición imaginaria e ilusoria que tienen sobre si mismos –una creencia- y que no corresponde de manera plena con las verdaderas pasiones que están en juego en el “crecer siendo un Goodhertz”.

[1] Freud, Sigmund. El Malestar en la Cultura; 1930. Obras Completas. Ed. B.N.

[2] Bruner, Jerome. 1991. Actos de Significado. Ed. Alianza

[3] Edelman, Gerard

[4]Temporetti, Felix. 2000. Curso Posgrado. Facultad Psicología. UNR

[5] James, Williams.

[6] Rorty, Richard

[7] Bruner, J. Actos de Significado. Pag 120. Ed Alianza

[8] Lacan, Jacques. 1956

[9] Bruner, J. 1991.Actos de Significado. Cap. “La autobiografía del yo”.Ed Alianza

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