No todos los héroes se van jóvenes

Por Alejandra Folgarait  | Para LA NACION

Oliver Sacks, el más popular narrador de casos extraños de la medicina, murió hace una semana, precisamente el mismo día del aniversario del nacimiento de Mary Shelley, la autora británica de Frankenstein. ¿Habría aceptado el neurólogo una conexión más que casual con la creadora del monstruo científico más famoso de todos los tiempos? Imposible saberlo. Sacks era un romántico, sí, pero fundamentalmente un investigador racional que se caracterizaba por descubrir lo más humano en lo que otros encontraban horroroso.

En los últimos meses de sus 82 años, Sacks había relatado su camino hacia el final con la misma integridad y coraje con que narró los entretelones secretos de su vida en su reciente autobiografía, On the Move.

Al contar en primera persona sus descubrimientos y sus padecimientos al acercarse a la muerte, Sacks nos había preparado de alguna manera para el adiós. Quizá porque siempre habló de sus pacientes autistas, amnésicos o catatónicos con lirismo y respeto, tal vez porque su entusiasmo por la naturaleza superaba cualquier manotazo de pensamiento mágico, la sorpresa de su muerte dolió menos. ¿Cómo podía escapar a la muerte alguien que amaba tanto la evolución de la vida?

De todos modos, en la mañana del 30 de agosto pasado, el impacto de la noticia se extendió por las redes sociales como una piedra en el agua. Esta vez, @oliversacks calló, y científicos, lectores y pacientes nos unimos en un lamento que se derramó por Twitter y se multiplicó a lo largo de la semana en todo el mundo.

Sin un ápice de paternalismo, Oliver Sacks se había convertido hace años en un ídolo para los curiosos de la ciencia. Al momento de dar alguna noticia sobre el cerebro, pero también en esa hora de íntima claudicación ante la enfermedad, Sacks marcaba el camino. Es posible adaptarse a las más difíciles experiencias humanas, repetía el buen doctor, hay que hallar la potencialidad en cada persona con una enfermedad neurológica crónica.

Ceguera al color, musicofilia, tics nerviosos, síndrome de Asperger, migrañas, pulpos, epilepsia, helechos o alucinaciones: nada le era ajeno al neurólogo nacido en Londres que se mudó en 1965 a Estados Unidos, acaso escapando a la mirada crítica de su madre sobre su homosexualidad o al peso de un hermano esquizofrénico.

Tímido y excéntrico, en San Francisco y Nueva York el flamante doctor Oliver Sacks se entregó a su pasión por las motocicletas, la natación y los meandros de la mente enferma. Pero no dejó de sentirse un outsider de los laboratorios y las universidades consagradas. Esta posición de observador, de visitante que siempre buscaba la vida en otra parte, sería clave para que Sacks retomara el estilo descriptivo de los neurólogos decimonónicos. Como habría de hacer con sus pacientes, Sacks transformó un déficit propio en una oportunidad innovadora en el campo de la divulgación científica de las neurociencias.

El palimpsesto de la memoria

El hijo de médicos judíos que soñaba con la tabla periódica -El tío Tungsteno relata esos años de la infancia de Sacks, entre las maravillas de la química y el bullying escolar- se convirtió, a partir de los años 90, en un auténtico maestro de neurólogos y escritores. En verdad, para más de una generación, el contacto con los textos de Sacks ha sido una puerta al conocimiento de la mente humana y, al mismo tiempo, una invitación a su transmisión. De hecho, todos los que escribimos sobre el cerebro hemos sido influidos por su estilo.

De la mano de su mentor Alexander Luria, Sacks se sumergió en los arcanos de la memoria y emergió con una convicción genial: los recuerdos se revisan constantemente en virtud de las nuevas experiencias. "La memoria es un palimpsesto", escribió en Un antropólogo en Marte. "Todos somos exiliados del pasado."

Poco a poco, los textos de Sacks se fueron haciendo explícitamente autobiográficos. No era narcisismo, sino reconocimiento de que el mayor desafío del ser humano -Sócrates lo dijo- es conocerse a sí mismo. Y vivir para contarlo.

En tiempos de celebridades huecas y apatía generalizada, el explorador de la mente supo también convertirse en un personaje popular, gracias a la película Despertares. Es cierto que Sacks tuvo que aprender a decir "no" a los múltiples pedidos de entrevistas, pero jamás dejó de contestar cartas a sus lectores ni de escribir su diario, que será publicado en el futuro. Soportó con enorme entereza los dolores de múltiples cirugías y hasta la pérdida casi total de la vista, pero no quiso dejar nunca su cita semanal con el psicoanalista ni la consulta en hospitales marginales. "Era único", afirman sus amigos. Como cada uno de los pacientes, diría él.

Más allá de sus contribuciones a la ciencia, Sacks será recordado por su extraordinaria empatía para narrar las historias de personas a las que nadie prestaba atención. Como sus admirados Freud y Darwin, el neurólogo inglés era capaz de descubrir lo que otros no veían.

Si los antiguos héroes griegos entregaban tempranamente su vida a la muerte violenta para que la épica cantara eternamente su gloria, Sacks mostró que no hace falta morir joven para perdurar en el tiempo. Basta con gestos imperceptibles, como la compasión por el sufrimiento ajeno, para disputar el podio de héroe contemporáneo. La Madre Teresa, Albert Sabin y Nelson Mandela son ejemplos de ello.

En febrero, tras la confirmación de que el melanoma de su ojo había hecho metástasis en su hígado, Oliver escribió en The New York Times: "No puedo pretender que no tengo miedo. Pero mi sentimiento predominante es de gratitud. He amado y he sido amado. Me han dado mucho y he dado algo a cambio. He leído y viajado y pensado y escrito. He tenido una relación de intercambio con el mundo, el especial intercambio de los escritores y lectores". Su conexión con la familia lejana y con el cosmos se hizo más profunda mientras su vida terminaba. Sacks estaba dispuesto a aprender hasta el fin. "Siempre nos enseñó qué es ser humano, y ahora también nos enseñó qué es morir", declaró el 30 de agosto Jacqui Graham, su agente y amiga. No se equivocó.

"La certeza de la muerte es lo que nos hace humanos", enseña Gregory Nagy, filólogo de la Universidad de Harvard especializado en textos homéricos. La dignidad para mirarla a los ojos es todo lo que se le puede pedir a un héroe, mítico como Aquiles, tan humano como Sacks.

La autora es periodista científica y psicóloga. Escribió Historias del cerebro (Debate) con el neurólogo Marcelo Merello.

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