Sexualidad Femenina: Los atolladeros de la teoría.

 Juan Bautista Ritvo

 En un texto de crítica a Freud, titulado Espéculo de la otra mujer, tan lúcido en las críticas como ciego con respecto a sus propios fundamentos, Luce Irigaray encabeza la obra con la siguiente frase aforística: El punto ciego de un viejo sueño de simetría.

Es una afirmación de la que podemos partir.

Tanto entre los pitagóricos ( una escuela de pensamiento que empezó seis siglos antes de Cristo) como entre los chinos, que oponían dos principios cósmicos, Ying y Yan, el principio femenino se integra en una serie de diez oposiciones binarias que organizan el cosmos en una totalidad perfectamente simétrica: el hombre está del lado impar[1] y por lo tanto limitado, la mujer del lado par (¿especular?) e ilimitado. La mujer es plural, el hombre uno; la mujer está del lado izquierdo del universo, el hombre del derecho[2]; el hombre reposa, la mujer está en movimiento; etc., etc.

Esta tabla le otorga al hombre el dominio en todos los terrenos; sin embargo, sin feminidad no habría universo, es decir, no habría totalidad alguna. Para que exista totalidad es preciso integrar a una serie de elementos positivos marcados por un signo +  su reverso que son esos mismos elementos negados: –. Nada queda fuera.

La totalidad reduce la feminidad  a elemento de la oposición simétrica.

Aquí es menester introducir dos diferencias constantemente pasadas por alto.

La primera refiere a la relación entre los sexos, contemplada desde el ángulo ideológico-político; la segunda, a la diferencia entre la llamada “sociedad patriarcal” y la sociedad moderna.

La tarea que se asignó el feminismo  para alcanzar las igualdad entre los sexos, es uno de los pilares de la modernidad: los mismos derechos, las mismas oportunidades, la misma retribución por el trabajo realizado, etc., etc.

Pero en el terreno de la sexualidad freudianamente concebida, las cosas tienen otro color…

Llevar el reclamo de igualdad al terreno sexual contribuye a censurar la diferencia de los sexos, con sus consecuencias inevitables: los hombres se feminizan, las mujeres se masculinizan y así especularizamos lo que es efectivamente impar.

En  cuanto a la sociedad patriarcal cuyo modelo actual es el mundo musulmán, comenzó a demolerse en Occidente ya en el siglo XVIII, cuando  comenzaba a escucharse el ruido de fondo del reclamo de las “vaporosas” ( las histéricas)[3], para acelerarse, al menos en el registro de las clases medias,  en la época de Freud.

Quizá sería mejor calificar a la época freudiana ( las últimas décadas del siglo XIX, la primera del XX)  como una de transición, en la que ya se advierten, en gran medida por la protesta histérica, a veces oblicua e insidiosa, otras estentórea,  rasgos de esa caída de la figura fantasmática y monumental del padre primordial, tan bien ilustrada por la antropología desarrollada por los contemporáneos de Freud[4].

¿Qué es acaso el “banquete totémico”?

Los antropólogos y sociólogos contemporáneos de Freud ( y su lista la podemos localizar en el texto de Tótem y Tabú ) estaban fascinados por el origen de la familia: algunos de ellos suponía, conforme a un criterio evolucionista, que la familia progresaba hacia el orden actual, tan rígido y codificado, a partir de una promiscuidad originaria[5].

El mito del parricidio estaba, por así decirlo, ahí nomás: Freud tuvo simplemente que explicitar un resultado  anticipado por la cultura cristiana del sacrificio del hijo, la que proporcionaba una matriz sacrificial oportunamente velada por un pensamiento que se quería científico, en el sentido positivista del término.

El fantasma del padre primordial, al poner en escena algo que jamás existió,  daba un cauce expresivo a una inquietud propia del pensamiento conservador, que veía cómo las prerrogativas morales de la autoridad paterna tradicional se debilitaban sin remedio.

En el campo de la sociología surgió otra tesis en apariencia más sostenible: el pater familias romano, depositario de un poder omnímodo, debía ( se suponía) su fuerza a ser la cabeza de la familia ampliada. La decadencia actual ( actual quiere decir fines del siglo XIX) se explicaría por el predominio de la familia reducida, nuclear.

Se sabe hoy ( el interesado puede consultar los textos de Zafiropoulos, psicoanalista y sociólogo)que no hay ninguna serie lineal que conduzca desde la familia ampliada a la nuclear y que la declinación del padre se sitúa en otro registro.

Pero la tesis objetada, con fuerte arraigo en la sociología francesa tradicional, ofrecía un fuerte sostén al pensamiento conservador que refugiado en los prestigios de la ciencia académica, podía eludir las responsabilidades que emanan de una ética sexual, y así desimplicarse de una profunda transformación histórica que concierne, nada menos, que al nacimiento de lo que hemos convenido en llamar “sujeto”.

En este punto es preciso adelantar una hipótesis o, más que una hipótesis, un proceso de abducción[6], en el sentido de Peirce: el “sujeto” no es una entidad transtemporal, del mismo modo que la “feminidad”, por más que reconozca una genealogía que abarca prácticamente a todas las culturas letradas, podemos leerla  en los entresijos del discurso de la histérica, pieza fundamental de la cultura de los tiempos modernos.

En este sentido hace tiempo expresé algo que puede parecer una boutade pero que hay que tomar, creo, al pie de la letra: la existencia del discurso histérico significa que no hay Amo, ese Otro prehistórico e inolvidable al que Freud refería el lamento de la histérica.

(Entiéndase bien: no hay Amo en el sentido del Maestro de la histérica; nada que ver con los amos sociales, cuya existencia es indiscutible…)

                                                   * * *

¿Cómo insertamos a Freud?

Freud introdujo a la mujer por la vía de la privación: el hombre tiene, ella no… Pero asimismo: la mujer tiene una baja potencia sublimatoria, al revés que el hombre; la mujer posee un super-yo poco exigente, a diferencia del hombre; éste es activo, ella pasiva.

En este respecto, Freud no innova sobre la tradición casi universal, aunque su probidad le produjo un constante malestar confesado a Jones. Es que el Edipo en verdad fue preparado para el hombre; la introducción de la feminidad produjo una especie  de collage en el cual la mitad femenina permanecía renga, inhábil. ¿Cómo puede perder una mujer lo que nunca tuvo ni tendrá? ¿Cómo plantear la castración con respecto a ella? Además, la resolución del Edipo, tanto para el varón como para la niña, tal y como él las concibe, coincide con la plena instauración de la neurosis. El niño se retira de la competencia fálica por temor  a que alguien más poderoso – el padre –triunfe: así queda idealizada la figura paterna.

Por su parte la niña, si es cierto que buscaba un niño del padre ( que el padre le done algo que ya le donó a su madre)  era por identificación previa con su madre.No deja a la madre por el padre sino que busca al padre desde la madre. Freud concibe la normalidad femenina como el retorno a un lugar que en definitiva nunca abandonó y así vela el vínculo de la madre con la hija. Al desear un hijo del padre, la niña no realiza desplazamiento alguno. El trayecto que Freud le supone – de la madre al padre y luego de vuelta para identificarse con los emblemas de la madre castrada – está mal  articulado, ocultando de esta forma que la niña debe ir con la madre más allá de ella, lo  cual quiere decir asimismo: contra ella, para alcanzar una dimensión cuyo futuro es la feminidad.

 (Hay que revisar el tema de la demanda dirigida al padre: con seguridad la futura mujer le demanda algo, pero que se trate de un hijo ¿ no implica proyectar la novela familiar freudiana sobre la escena, negando de este modo sus complejidades? ¿No será al revés, que le demanda poner un límite al juego especular muñeca/madre o madre/muñeca en el cual la niña se confunde con mamá?

Otrosí: Lacan en su seminario dice en determinado momento que el lazo de la mujer con la castración es “más flojo” que el del hombre. ¿Cómo precisar esa indicación?

¿Acaso la castración femenina es un  tributo fantasmático al hombre? En este punto es preciso decir algo sobre la envidia del pene. Si duda  es esencial, pero pertenece al campo de la neurosis. Más precisamente: es un fantasma masculino que reclama la complicidad femenina, especialmente de la histérica. El fantasma en cuestión se basa precisamente en una confusión entre pene y falo. Es un momento decisivo de la mujer aquel en el cual se percata que el pene del hombre efectivamente tiene una dimensión fálica…pero constituida como un muñón fálico.)

Es más: se sabe que Freud escribió dos artículos sobre feminidad prácticamente iguales; hay una diferencia y es sintomática, cuando en uno de ellos afirma que no hay que creer que la polaridad actividad/pasividad define el lugar de la mujer. Reconoce el límite de la noción, pero la mantiene. Lacan, por su lado, no cabe la menor duda de que planteó algo diverso en sus Escritos, cuando afirma que la mujer es suplementaria con respecto al hombre y no complementaria.

¿Reaparece esta noción en el seminario Encore en el momento en que afirma que las mujeres son no-todas?

Sin duda retorna aquí la distinción de los Escritos: hay un goce adicional, femenino, que es suplementario y no complementario del goce fálico.

Pero está tomada en una estructura que implica, en definitiva, la vuelta al binarismo complementario.

El problema radica por entero en el alcance que le podemos dar al cuantificador universal todo. Para todo x, x es phi: para todo hombre en tanto hombre, se aplica la cualidad de la racionalidad.  La esencia cualitativa se realiza mediante el cuantificador universal.

En el capítulo séptimo de Encore dice en un momento:

El todo se apoya entonces aquí en la excepción postulada como término, como lo que niega íntegramente a esa Φx.

A la derecha tienen la inscripción de la parte mujer de los seres que hablan. A todo ser que

habla, sea cual fuere, esté o no provisto de los atributos de la masculinidad —aún por

determinar— le está permitido, tal como lo formula expresamente la teoría freudiana,

inscribirse en esta parte. Si se inscribe en ella, vetará toda universalidad, será el no-todo,

en tanto puede elegir estar o no en Φx”

 

El texto, dominado por un binarismo mecánico que se distribuye en la simple oposición presencia del rasgo/ausencia del rasgo, es un comentario del cuadro que ubica a la izquierda la función fálica y el sujeto dividido ($) y a la derecha el S (Ⱥ), el objeto a  y LȺ mujer que no existe.

Tanto hombres como mujeres pueden situarse a la derecha, en el lugar que veta toda universalidad. La mitad femenina en cuanto tal niega “íntegramente” la función fálica.

Es oportuno en este punto recordar una observación de Milner: no se puede usar el cuantificador “todo” sin problematizarlo.

Si  las grietas existen, eso sólo es posible con una condición. Es preciso que el operador todo,  en todos sus usos y bajo todas sus formas, no señale nunca una solución, sino siempre y por todas partes un problema”, dice nuestro autor.

¡Aquí no hay grieta alguna!

Laa excepción en realidad no niega íntegramente al falo, lo tacha, borra, marca conforme a la concepción que diferencia el signo del significante porque el primero remite a la cosa, mientras el segundo la borra, esto es, la conserva bajo el estatuto del fragmento; no la integra, la desintegra constituyéndola como basura, como resto.[7]

Al afectar la excepción femenina de manera íntegra al falo, no hace más que yuxtaponerse a él. La excepción fuera de la universalidad reune elementos que carecen de determinaciones:

S (Ⱥ) designa un sitio donde el Otro no responde; la mujer como tal, la mujer tachada no existe y el objeto a  es un agujero real en lo simbólico.

Allí no hay ninguna palabra; en el lado opuesto está toda  la palabra.

El resultado implica que el sujeto como tal es masculino en su función, sea cual sea el sexo anatómico que se ubique en ella. Si una mujer habla lo hace ya no como mujer; si extremamos las cosas nos topamos con la oposición de Otto Weinninger: el hombre es;  la mujer no es. La complementariedad retorna por la sencilla razón de  que se pretende decir lógicamente qué es la función fálica y cuál es el sitio del goce femenino. Y la lógica como es pura forma no puede por sí determinar nada, salvo que con esa forma se cree un sistema formal dotado de axiomas, proposiciones derivadas según reglas de cálculo etc. ,etc, en cuyo caso tendríamos matemática pero el contenido psicoanalítico permanecería afuera, expulsado.

Curiosamente la concepción de la excepción tal cual emergió en el seminario Lógica del fantasma, era mucho más rica e interesante, incluso antagónico con la excepción según los últimos seminarios de Lacan.

La excepción no rechaza al todo sino que lo funda  porque el significante en demasía es  aquel  del que el todo carece y la carencia resquebraja al todo que se establece reprimiéndola.

El goce adicional femenino precariza el goce fálico masculino; del mismo modo los significantes que la representan ( algo negado por Lacan para quien las mujeres forman colecciones pero no clases)  revelan la naturaleza misma del falo que no es simple ni puede reducirse a un supuesto matema positivo: si algo es, en sus múltiples planos que Lacan reduce y desdeña en Encore, es un poder que decae

(Debo recordar que en “Subversión del sujeto…” Lacan dice del falo escrito con phi mayúscula (Φ)  que es positivo y en ningún caso  negativizable: aquí la dialéctica es reemplazada por un dispositivo binario y elemental.)

Con lo cual quiero aclarar: la concepción de la universalidad de Encore es una verdadera regresión teórica.

¿Preciso mencionar que en “La significación del falo”, el significante fálico lejos de ser un   pálido, vacío e informe mathema, se define polifónicamente por tres modelos: uno mítico, el otro matemático e incluso un tercero lingüístico, sin que dejemos de considerar que también hay otra dimensión que lo atraviesa, esta entre órgano y objeto?

El falo designa en su conjunto los efectos de significado, el falo designa la plenitud y la caída de la fuerza vital, el falo es medida, proporción  en la improporción. Tres rasgos, tres constelaciones, para decirlo mejor y más complejamente, que en ningún caso podrían ser reunidos, del modo que fuera, en esa letra: Φ.

La misma expresión “función fálica” es esquiva, vacía y hasta presuntuosa – presume de cientificidad – frente a expresiones como esta, tomado del referido artículo “La significación del falo”:

“El falo es el significante privilegiado de esa marca en que la parte del logos se une al advenimiento del deseo”.

Esa marca ( es lo menos que aquí puedo decir) no es lógica, no es la de un mathema que se transmitiría sin pérdida, sino todo lo contrario: la inscripción retórica-poética que transmite una falta radical en el ser sexuado.

                                                     * * *

De un modo enteramente esquemático, trato de establecer esta serie de tesis sobre la sexualidad femenina:

1)         Masculinidad/Feminidad son constelaciones que incluyen, necesariamente, tanto la racionalidad serial (  la que construye series que van de lo más simple a lo más complejo) como recursos mito-poéticos.

2)         Son nociones históricas, aunque ajenas al historicismo:  el historicismo es lineal y atiende exclusivamente a lo observable; lo histórico funda un esquema de repetición, aunque esté fechada su emergencia temporal.  En este caso digo que feminidad y masculinidad son figuras de la modernidad.

3)         La masculinidad es ya y de entrada una clase abierta y por lo tanto el no-todo invocado por Lacan, se inscribe en el falo mismo como consecuencia de la intervención femenina. Lo cual tiene un reverso: una mujer, si ocupa la posición fálica, lo hace como mujer y sujeto a la vez. No hay desfallecimiento fálico sin la intervención femenina.

4)         El suplemento femenino se constituye, al igual que el masculino, en el nivel del cuerpo erógeno, noción a la vez imaginaria y simbólica relacionada con algo real que excede cualquier inscripción. El cuerpo erógeno masculino  es un cuerpo centrado e integrado por la turgencia: turgencia peniana, desde luego, pero  también turgencia de la mirada. El cuerpo femenino es parcial, siempre al borde de la disgregación; siempre reorganizado gracias al trabajo artesanal sobre la parcialidad: ojos, curvas, senos. Trabajo de la máscara, trabajo de la palabra en torno a la máscara.

5)         En la mujer la máscara entra en contrapunto con las profundidades: cuerpo de las entrañas.

6)         La oposición órgano/objeto debe ser cuestionada pero no para eliminarla sino para mantenerla. Para ello es preciso clarificar la noción de objeto. El órgano fálico puede  también ser objeto y en la posición masculina. Mas en este caso el objeto es el reverso especular del órgano. Hablar de objeto, en este caso, refiere al falo que abandona su negatividad y se torna visible con el esplendor dionisíaco.

7)         La mujer, por lo contrario, se brinda como objeto, se da a ver, a tocar, a penetrar en el sentido estricto del vocablo dar. Pero lo que da es un agujero, una hendidura, un vacío: el primero es simbólico, la segunda imaginaria, el tercero real.  Para el hombre la grieta no es algo que se ofrece ( y si lo hace está en posición femenina); es por el contrario algo que se retrae sobre sí. (Curiosamente: los  que han pensado la sexualidad femenina bajo la advocación del vocablo “concéntrico”, no parece darse cuenta que es más aplicable al hombre, ser de corpúsculo y no de onda.)

8)         Hay que quebrar la oposición delineada por Lacan entre el hombre que habla y la mujer ( o las mujeres, para adoptar la terminología canónica) que goza su goce tácito – y  hay que hacerlo desde adentro: yo me he limitado a ordenar las piezas de distinta forma sin dejar el campo del psicoanálisis. Freud se habrá equivocado mucho, pero fue el primero en romper el cuerpo blanco de la psicología para anclar las determinaciones pulsionales en las zonas erógenas, concepto mayor. La mujer habla allí donde el hombre calla y retiene en el silencio el lenguaje inarticulado de los restos. El hombre, por su parte, puede hablar porque ha aprendido, a través de la mujer, a callar. El callar, como bien lo vio Heidegger, forma parte del escuchar y el decir.

9)         Como se advierte, hay que mantener en todos los casos la guerra florida entre hombre y mujer, guerra desde la cual los contendientes intercambian los roles y contaminan sus posiciones. Esta dialéctica no contradice la proposición lacaniana acerca de la inexistencia de la función sexual.

 La mencionada proposición no puede pensarse como si entre los sexos no hubiera ninguna clase de empalme en el nivel del goce.

Según la entiendo dice simplemente que no hay complementariedad  sexual –y muy claramente me rebelo contra el uso sibilino y abusivo de ella…

Jones había captado (aunque lo vertió en un lenguaje naturalista) el valor resistencial que para la mujer posee el falo.

No es un problema de etapas ni de evolución: es imposible pensar la feminidad hoy sin la resistencia en la cual constituye su goce al cual accede al ceder al impulso del hombre que, esto Freud lo captó con entera precisión, no accede a su propio goce sin la consiguiente degradación del objeto.

Mas, ¿cómo habría degradación sin la complicidad femenina?

[1] Habría que recordar la observación especulativa – numerología matemática, digamos -  de Heidegger en “La pregunta por la cosa”: “El tres no es el tercer número sino el primero, el uno no es el primero…”  Sólo a partir de lo tercero lo uno y lo otro se convierten en primero y en segundo.

[2] Humorísticamente Lacan, cuando construye el dispositivo gráfico de sus matemas invierte los términos: la mitad hombre a la izquierda, la mitad femenina a la derecha.

[3] Hay un libro extremadamente interesante: Livi, Jocelyne, Vapeurs de femmes, Navarin, Paris, 1984.

[4] Desde luego, la bibliografía es abrumadora. Conviene leer, entre otros, La experiencia burguesa de Peter Gay. También son pertinentes los dos últimos tomos de la Historia de las mujeres, dirigida por Georges Duby y Michele Perrot, y el último de la Historia de la vida privada, dirigida por Philippe Ariés y Georges Duby.

[5] Puede leerse  La sociedad antigua de L. Morgan, quien escribió una obra  leída por Engels para redactar  su famoso Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Asimismo el clásico de Bachofen, El derecho materno, quien desarrolló ampliamente la fantasía de un estadio previo al patriarcal en el que las mujeres tenían una posición dominante.

[6] La hipótesis, dice Eco comentando y prolongando a Peirce, busca el ejemplo para una ley ya formulada; la abducción busca a la vez el ejemplo y  la regla todavía no establecida. Esta distinción es en todo paralela si no idéntica a la distinción kantiana entre juicio determinante y juicio reflexivo. El psicoanálisis se orienta por completo en el ámbito del juicio reflexivo.

[7] Hace del mundo algo inmundo. Véase la clase cuarta del seminario La identificación

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