Recordamos poco porque nos interesa mucho más entender

En 2005, Rodrigo Quian Quiroga anunció un descubrimiento de enorme repercusión: neuronas que representan conceptos y participan de la formación de memorias; las llamó “neuronas de Jennifer Aniston”, porque en el experimento utilizó imágenes de la actriz. Sus investigaciones referidas al funcionamiento del cerebro se entrelazan a obras literarias (en especial, Borges) y artísticas, lo cual despierta el interés por su perfil científico.

¿Cuándo comienza la memoria de una persona?

No recordamos nuestra infancia. Por la amnesia de la infancia, de los primeros años y hasta los tres o cinco, no recordamos nada. Y es porque en el cerebro, las células que están involucradas en formar memorias todavía se están desarrollando. Pero eso no niega que un bebé pueda reconocer la voz de su madre y que eso le dé paz y calma. Eso que influye de bebé no es algo que uno, ya adolescente, pueda recordarlo. En general no recordamos nada de nuestros primeros años de vida. Y recién empezamos a recordar a partir del desarrollo de un área llamada hipocampo, que está muy involucrada en la memoria.

¿La identidad de una persona estaría dada por su memoria?

La memoria tiene una relación muy fuerte con nuestra personalidad, con quiénes somos. Y somos nuestra memoria. Nuestros recuerdos y cómo los guardamos definen lo que somos.

Primo Levi afirmó, reflexionando sobre Auschwitz: “A las víctimas, olvido; a los victimarios, memoria”. ¿Cuándo el olvido es una necesidad y la memoria, una carga?

Primo Levi aporta una perspectiva histórica. Pero en cualquier caso se debe reconocer que el olvido es una herramienta fundamental del pensamiento y de la memoria. Y aquí no podemos olvidar el cuento de Borges “Funes el memorioso”.

El truco está en lo que dijo Borges: para poder pensar hay que poder abstraer, y para poder abstraer hay que poder olvidar, porque justamente hacer una abstracción es dejar de lado detalles para quedarse con el concepto. Y Borges mismo decía que el uso del lenguaje ya de por sí es una abstracción. Y esto es distintivo de los seres humanos. Los animales no tienen lenguaje como nosotros. Entonces, sobre la relación entre la memoria y el olvido, yo creo que hay un balance. Porque nosotros tenemos que olvidar mucho para poder pensar. Si uno quiere pensar, necesita conceptos. Al prescindir de los detalles es como se puede conceptualizar, es como se abre la posibilidad de ir a un nivel más allá de los animales. Y ese es el beneficio del olvido.

¿Cómo son las personas dotadas de memoria excepcional?

Las personas que recuerdan demasiado se llaman savants, y el patrón general de esa gente es que tiene problemas de entendimiento. Esas personas pueden repetir un libro entero de memoria, pero no pueden decir de qué trata el libro. Porque ellos no son capaces de extraer un significado. No tienen la posibilidad de olvidar algo para extraer el concepto. Creo que se puede advertir, con estos casos de personas savants, la importancia que tiene el balance entre memoria y olvido. Pero si mucho recuerdo no es bueno, muy poco recuerdo también es un problema, porque en este caso se puede terminar amnésico, como pasa cuando se tiene Alzheimer. Y sin recuerdos, no hay tampoco nada para poder desarrollar el pensamiento.

¿Cuántos recuerdos podemos conservar en nuestro cerebro?

Hay un experimento de un profesor muy famoso, fallecido hace dos años, que investigó en el Departamento de Psicología de la Universidad de Colorado, Thomas Landauer. Es muy discutido su experimento en neurociencias, pero a mí me parece relevante. Él deduce que tenemos en el cerebro 125 megabytes de memoria. Eso es todo. No es mucho. Es menos que un pendrive que llevamos en el bolsillo para enchufar en una pc.

¿Un pendrive tiene más memoria que un cerebro humano?

Mucha más. Y la diferencia es enorme. Ese trabajo de Landauer me permite desarrollar lo que para mí es el tema más importante: la gran diferencia entre un humano y una computadora. La diferencia es que el humano — nosotros, nuestro cerebro — recuerda muy, muy poco. Y recordamos poco porque justamente lo que a nosotros nos interesa es entender. Nos importa más entender que recordar. Una computadora puede guardar muchísima información: películas, fotos, mucho de todo eso, una cosa tras otra, y lo guarda con infinidad de detalles, pero la computadora no entiende. Guarda la información, la reproduce fehacientemente, pero la computadora no entiende el argumento de la película. Nosotros lo que hacemos es lo opuesto. Guardamos muy poquita información pero los recursos de nuestro cerebro los usamos para entender.

En la película “Blade Runner” (de 1982, dirigida por Ridley Scott, basada en un relato del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick) aparecen máquinas parecidas a los seres humanos. Allí, en un momento, un humanoide recita una poesía con emoción. ¿Las máquinas podrán comprender y emocionarse con la poesía? El científico estadounidense Robert Jastrow, que trabajó en la NASA, escribió en 1981 un libro de divulgación, “El telar mágico”, mostrando la vertiginosa evolución de las máquinas y el estancamiento del cerebro humano. Sus últimas páginas especulan con un futuro en el cual los humanos serán mascotas de máquinas inteligentes. ¿Cree posible ese futuro?

Voy en contra de esas teorías. Pretendo ofrecer una mirada alternativa de esa visión centrada en la potencia de las máquinas, una visión muy generalizada. Muchos dicen: “Terminaremos siendo mascotas de las máquinas”. Porque las máquinas avanzan a un ritmo exponencial. Pero las máquinas, hasta el día de hoy, parten y llegan al mismo principio. El principio que las gobierna es la eficiencia. La eficiencia consiste en esto: un ser humano desarrolla una computadora y trata que ella guarde la mayor cantidad de información y la procese lo más rápido posible en el menor espacio. Tratamos de generar mecanismos para que el disco guarde más y más información en el menor espacio. Y lo logramos: cada vez los discos pueden guardar más información en menos espacio. Pero nosotros, en nuestro cerebro, hacemos lo opuesto: guardamos poquísima información. Muy poquita. Pero la procesamos, la entendemos. En términos de sistemas informáticos, el cerebro humano es ineficiente. Y dispone de 125 megabytes de información, una cantidad que no es nada. Pero justamente esa ineficiencia es lo que nos hace humanos.

¿Cómo evitar que el cerebro se desgaste en el tiempo?

Mientras se mantenga activo, el cerebro va a estar mucho mejor que si queda sin actividad. Hay que mantener el cerebro activo. El gran shock se le presenta a una persona cuando se retira, cuando deja su carrera o su profesión. Con la jubilación, el ejercicio mental que tenía al ejercer una actividad de pronto se pierde. Un consejo, trivial, es compensar ese retiro empezando algo nuevo, como aprender un idioma, empezar a jugar regularmente al ajedrez, empezar a hacer algo que continúe con la agilidad mental, la preserve realizando ese ejercicio mental todos los días.

El coeficiente de inteligencia (IQ, en inglés), ¿qué importancia tiene? ¿Es una pauta válida para algo?

Es muy limitado. La inteligencia viene por tantos lados … Y el IQ es una manera muy burda de medirla. Si la cuestión es: ¿quién es la persona más inteligente?, el problema es cómo definir la pauta de lo más inteligente. Mucha gente la define en función de la memoria. A una persona que dice el nombre de muchas películas y discos, de hechos históricos, de esto y de lo otro, se le dice: “¡qué tipo inteligente!” Pero no es inteligente, es memorioso. Y puede ser muy tonto. Cuando tiene un problema, cuando tiene que ser creativo, esa persona memoriosa quizás no tenga capacidad para ser creativa, algo que sí puede tener otro que recuerda menos. Es muy difícil definir el término “inteligencia”. Y, por lo tanto, es muy difícil dar con un coeficiente que la mida. Ahí radica el problema del IQ, que es muy limitado, muy burdo.

Así como habría neuronas conceptuales — su trabajo hizo famosa la neurona que en el cerebro de una persona puede contener la representación de Jennifer Aniston -, ¿podemos rastrear neuronas concentradas en el amor, la belleza, el altruismo o el egoísmo?

Son cosas más difíciles de definir y son cuestiones más difíciles de tratar experimentalmente. No podría dar ninguna evidencia científica sobre eso porque no lo podemos probar. Es muy difícil estudiar el amor. No sabría cómo estudiar y cómo controlar un experimento sobre el amor. ¿Cómo diferenciar que algo sea amor y que lo otro no sea amor? Y lo mismo con la belleza y con ese tipo de fenómenos. Entonces, sobre esto, no se puede decir mucho. Puedo especular, sí. Y creo que a veces la belleza, la justicia, o sea estos términos muy abstractos, son construcciones que hacemos en nuestro cerebro. Serían como atributos y generalizaciones que se hacen de hechos y de cosas. Son categorizaciones. Pero sobre cuáles serían los correlatos neuronales de este proceso mental todavía no tenemos ninguna idea.

La Universidad de Buenos Aires, de donde es egresado, ¿puede investigar a la altura de las mejores universidades del mundo en el terreno de las neurociencias?

Primero, con respecto a la Universidad de Buenos Aires: no la toquen. Que se continúe invirtiendo en ella, que se continúe mejorándola. Sin ser arrogante -y lo digo a propósito para que la gente se dé cuenta-, puedo afirmar que estuve en muchos países, estuve en las mejores universidades de los Estados Unidos, en las mejores de Alemania, estuve también en las de Japón y las de Holanda. Pero como la UBA no hay equivalente. No quiero hacer ostentación o mandarme la parte, pero menciono dónde estuve estudiando e investigando para señalar que vi muchas universidades y que no encontré ninguna como la UBA. La UBA es realmente una joya de la educación argentina, y creo que es una joya en el mundo. La UBA forma talentos. Forma muchísimos talentos. Hay algo que pasa mucho y que lo prueba: cuando se ve a un científico argentino afuera, y cuando ahí se le dan los medios, a ese científico le va bárbaro. En general, a todos les va muy bien. Y eso es así por la formación que reciben en la UBA.

¿Podemos pensar en un laboratorio de neurociencias como el que está a su cargo en la Universidad de Leicester pero en nuestro país?

Sí. Lo que yo trato de hacer es colaborar con nuestros científicos y con la formación de investigadores, realizando acá los mismos experimentos que hacemos en Inglaterra y en Estados Unidos. Los estamos haciendo en Buenos Aires. También estoy colaborando con un grupo de investigadores del hospital El Cruce, de Florencio Varela, donde hacemos experimentos similares. Y eso es algo que a mí me llena de orgullo, porque tengo un motivo para estar acá, para venir, para colaborar y para usar ese talento que hay en la Argentina para hacer cosas que son pioneras en el mundo.

Diálogos a fondo: Rodrigo Quian Quiroga. Por: Claudio Martyniuk - Diario Clarín - 20 de mayo de 2016.