Fantasmas del analista: del furor curandis a la indiferencia ante el sufrimiento

Perla Sneh.

Psicoanalista, escritora e investigadora. Lic. en Psicología .UBA. Doctora en Ciencias Sociales UBA.

(Imagen: Escher)

"Fantasmas del analista: del furor curandis a la indiferencia ante el sufrimiento"

Una mañana, luego de tantas desesperanzas, un deseo irreprimible de vivir
nos anunciará que todo se ha acabado, que el sufrimiento no tiene más sentido
del que puede tener la felicidad.
Albert Camus

Poner en relación sufrimiento y cura es una de esas tareas que, creo, dan derecho a la perplejidad . Es en torno a esta perplejidad que arranca lo que sigue, aunque no necesariamente para cancelarla.

Furor: el término introduce un exceso, un hacer por demás; entusiasmo, exaltación, violencia, hasta ira. La indiferencia, por el contrario, supone desapasionamiento, impasibilidad, ausencia de afecto. ¿Qué exceso está en juego en este particular furor? ¿Qué medida de atención establece aquello que es considerado indiferencia? Es la apreciación del sufrimiento la constante que reúne ambas “cantidades”. La exageración o la ausencia de su consideración supondría como referente una medida adecuada de dosificación.
Hay más de un supuesto en juego en la articulación “sufrimiento/cura”. El más inmediato: el objeto del análisis sería el sufrimiento; su lógica, la de restablecer una capacidad de regular la proporción entre un estado de máximo y uno de mínimo sufrimiento. El movimiento de la cura progresaría desde uno de los términos hasta su contrario, es decir, llevaría a una ubicación de cuya posibilidad el analizante estaría privado. La lógica es binaria (presencia/ausencia) y el sufrimiento es considerado un universal, orientándose la cura por una pura posibilidad en potencia: la ausencia/o presencia de sufrimiento como ideal que sostiene un movimiento infinito y asintótico.
No es ésta, sin embargo, la lógica freudiana. Freud, aún si no deja de guiarse por el sufrimiento, no lo considera un universal. Por el contrario, su elaboración discurre por lo singular: Dora, Juanito, Leonardo. Podríamos decir: sufrimientos con nombre propio; más aún, sufrimientos que hacen las veces de nombre propio. Pero la singularidad freudiana insiste -aun si no siempre lo logra- en mantener la distancia entre sufrimiento y nombre propio.
Esta singularidad y esta distancia impiden establecer una relación simple entre cura y sufrimiento, sea ésta inversa (a mayor cura, menor sufrimiento) o directa (mayor cura, mayor sufrimiento/menor cura, menor sufrimiento). Es decir, esa singular distancia impide considerar la cura como una relación adecuada entre presencia y ausencia de sufrimiento, regida por una proporción armónica (homeostasis). Porque el principio de placer es otra cosa que homeostasis, es un placer que se funda en su más allá, en su perturbación. El principio del placer es una homeostasis impedida por principio.
En cuanto al sufrimiento, la oposición entre exceso y defecto -que no son sino modos de retorno de lo que insiste más allá de las proporciones adecuadas- no halla su pertinencia en optar por una de las medidas posibles entre mínimo y máximo, sino por instalar el dispositivo analítico en la intimidad de esa oposición, hacer hablar a ese exceso y a ese defecto pero no desde la justa medida que organiza un orden armónico, sino desde el lugar disruptivo que establece un orden discorde y errático, cuyo referente es la ausencia de referente. Hacer hablar implica ofrecer la palabra para anudar un (nuevo) sufrimiento: el síntoma en transferencia. Sostener –con suerte- ese lugar requiere dejar libre otro: el del ideal. Y si el principio del placer señala algo que podríamos llamar “sufrimiento estructural”, esto no quiere decir que la relación entre estructura y sufrimiento haga de éste el fundamento de aquella, sino que el orden discorde que establece un placer afectado de perturbación pone en juego lo que no anda como estructura.
Decir esto quizás tenga el efecto de empezar por el final, lo cual no es un mal principio si hablamos de cura en psicoanálisis.

En “Análisis terminable e interminable” Freud se interesa menos por cómo se produce la cura que por “los impedimentos que la obstaculizan” . La cura avanza por sus obstáculos: el camino que va de la hipnosis a la sugestión y de ésta al dispositivo analítico revela una progresiva promoción del impedimento . La hipnosis hace comparecer en forma inmediata al recuerdo, pero nada nos dice del obstáculo; la sugestión convoca al obstáculo pero no lo deja hablar. Es recién en el despliegue de la transferencia que el obstáculo orienta la cura al evidenciarse como resistencia. Y es en torno a la resistencia que Freud ubica la reelaboración, la cual, aun si es “ardua tarea para el analizado” y “prueba de paciencia” para el analista, constituye “la pieza del trabajo que produce el máximo efecto alterador sobre el paciente y que distingue al tratamiento de todo influjo sugestivo”.
Esa especificidad tiene que ver con la inclusión de un límite; mejor dicho, la inclusión de algo nuevo, una producción de y por ese límite: la “producción de un estado que nunca preexistió de manera espontánea en el interior del yo y cuya neo-creación constituye la diferencia esencial entre el hombre analizado y el no analizado” .
Es en esa diferencia esencial donde se asienta la concepción de la cura en la teorización de Lacan, en esos “puntos de borde” donde asoma -es una manera casi cómica de decirlo - el límite que hace a la cura -y la constituye-. Freud alude a ese límite cuando dice: “Recuerdo mi propia actitud defensiva cuando por primera vez emergió en la bibliografía psicoanalítica la idea de la pulsión de destrucción y el largo tiempo que hubo de pasar hasta que me volviera receptivo a ella. Me asombra menos que otros mostraran -y aun muestren- la misma desautorización” .
Freud se autoriza, en cambio, en ese límite para dirigir una cura: insiste una y otra vez con el “factor cuantitativo” que “tanto se descuida”, eso que es “fragmento de agresión libre”, eso que refiere a un “montante de energía libre”, factor ante el cual “el yo desvalido” fracasa. No fracasa menos el “yo madurado”. Ante esto la “operación genuina de la terapia analítica” sería “la rectificación con posterioridad (nachträglich) del proceso represivo originario, la cual pone término al hiperpoder del factor cuantitativo” .
Esta concepción de la cura es la que Lacan rescata y despliega al impugnar el ideal -pura posibilidad en potencia- como orientador de la cura e introducir lo real, es decir, lo imposible, como orientación. El límite, como término que constituye la rectificación (re/inscripción) de la represión primaria, no refiere a un régimen de oposición simple “exclusión/inclusión”, sino que se trata de la inscripción de lo que se incluye como excluido.
Es la tramitación de ese “factor cuantitativo” como factor -no como predicación de posibles cantidades- lo que orienta la cura, estableciendo una temporalidad de retardo y repetición que surgirá como resto de la novela -despliegue privilegiado del sufrimiento- con que el sujeto insiste en resolver el enigma del origen. Demás está decir: no hay análisis sin novela, pero hasta la más apasionante de ellas precisa de un final. En el límite de esa historia de amores y odios, el sujeto queda quizás sin recursos pero con una singular certeza: la de la experiencia del inconsciente. Y esta experiencia no surge de la militancia por mitigar el dolor ni de un ideal de ataraxia profesional. Es el l fantasma el punto de atravesamiento donde advendrá -habrá advenido- esa experiencia. Ofrecer una respuesta no menos fantasmática -la de un camino adecuado al fin de cancelar la privación- falsea la perspectiva, es decir, despoja al fantasma de su estatuto de avatar en la cura, avatar que implica que por el fin siempre se pasa, aunque no haya camino.
Entender la transferencia, con Lacan, como la formalización de un sujeto supuesto saber pone en juego el supuesto que sostiene la demanda (hay quien sabe el nombre que conviene a mi deseo), pero eso no hace del analista el sujeto psicológico de ese saber, sino que lo ubica como función en el discurso. La posibilidad de la transferencia es condición de un análisis, pero la cura transcurre por operar sobre los sentidos que allí se juegan inscribiendo su límite, es decir, inscribiendo la imposibilidad de un significante que diga el sentido del sujeto; esto en el sin-sentido el cual, me apresuro a señalar, no es mero absurdo, sino el punto donde el sentido halla el término de su desvanecimiento y a su vez, ocasión de relanzamiento . Ahí donde los recursos fallan, el sujeto aparece desvaneciéndose tras la creación de un nuevo significante. El sujeto adviene entonces no como positividad, sino como lo que se desvanece pero que en ese movimiento deja la huella de su desvanecimiento.
En la transferencia, el sentido es efecto de discurso y esa articulación vuelve impropio cualquier hacer del analista que no sea producir algo de una verdad: la de un sujeto que advendrá -habrá advenido, a destiempo- como lo excluido del despliegue inconsciente en tanto saber. Pero que el sujeto esté ahí excluido no implica que no esté concernido por ello. Aunque duela. En ese punto hay tan poca necesidad del furor curandis como de cualquier otro fanatismo, por muy tentadores que estos nos sean. Además, siempre quedan el ferrum y el ignis, según reza el aforismo . Lo más interesante de esta cita es lo que señala más allá: lo que debe considerarse incurable; lo que excede a toda operación, resto insignificable que limita, y por eso mismo, orienta la cura.
La abstinencia del analista no es indiferencia (cara inversa y simétrica del furor), sino deseo-del-analista, función que incluye lo incurable como diferencia esencial. Función orientada a producir el vaciamiento de la causa que la novela insiste en colmar; mejor dicho, función orientada a no impedir que se produzca lo que nunca preexistió, esa neo-creación –el término es de Freud- que es el sujeto.
Este deseo-del-analista como función, que no se confunde con los fantasmas de cada uno de nosotros, analistas, implica sostener -como podemos, y a veces no podemos- el recorrido mudo de la pulsión de muerte, pulsión que no es la muerte biológica “haciendo su trabajo” sino la traza muda que la muerte, al exceder toda inscripción, inscribe en el ser que habla. Pulsión que no eleva el dualismo al estatuto de maniqueísmo originario entre dos fuerzas simétricas y contradictorias, sino que inscribe la contradicción como principio, establece la imposibilidad de un comienzo que no arraigue en lo contradictorio.
Que el sufrimiento haga a la estructura no hace de él el nombre de la estructura ni, menos, su sostén. Que el analista sea testigo de lo que se impone como una interpretación de la neurosis, no quiere decir que lo valide. Se trata de dar lugar a lo que no anda como estructura, es decir, dar lugar a la insistencia de lo real. Eso que no anda es lo que hace andar la “estructura”. El análisis transcurre por la inscripción de eso irreductible como su sostén. No se trata de restañar la falta real de un objeto simbólico sino de una escritura simbólica de la falta, la inscripción de un paradójico “registro” de lo real.
Freud elige llamar “perplejidad” al efecto que produce rendirse a la evidencia de esa irreductibilidad. Lacan retoma esa evidencia y lee esa perplejidad. Por mi parte, y volviendo al principio, hago mías esa elección y esa lectura.

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[1] Como dice Freud en “El malestar en la cultura”, p. 97: “Parece una tarea desmedida; uno tiene derecho a confesar su perplejidad”.

[2] Colapsada en la nominación por el sufrimiento: “soy el hombre de los lobos”.

[3] “Análisis terminable e interminable”, pp. 224.

[4] Jorge Jinkis, Lo que el psicoanálisis nos enseña.

[5] “Recordar, repetir, elaborar”, p.157

[6] “Análisis terminable…”, p. 229

[7] El malestar en la cultura, p. 116

[8] “Análisis terminable…”, p230

[9] Lacan, J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”

[10] “Fantasma” alude aquí al modo singular en que un sujeto se ofrece al sufrimiento (que supone demanda del otro) sustrayéndose a él.

[11] Lacan, J.,  Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis

[12]  Alusión de Freud a un aforismo atribuido a Hipócrates: “Aquellas enfermedades que los remedios no curan, las cura el hierro [el cuchillo]; aquellas que el hierro no cura, las cura el fuego; y aquellas que el fuego no puede curar deben considerarse totalmente incurables”. Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, AE, XII, n.13, p. 174

[13] En el sentido que el fantasma supone ya una interpretación de la demanda del Otro.

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