La Mente y el Centro de Mando. (El yo en la neurociencia, las ciencias cognitivas y el psicoanálisis.)

Jaime López

Psicólogo. Docente de la Cátedra Desarrollos Psicológicos Contemporáneos. Facultad de Psicología de la UNR .

(Imagen: Escher)

La Mente y el Centro de Mando. (El yo en la neurociencia, las ciencias cognitivas y el psicoanálisis.)

Una antigua historia relata las tribulaciones que sufría la comunidad hebrea en la Praga de aquella época. Cuenta que cansados de los atropellos y agresiones sufridas, un rabino (Loewe) decide reeditar la obra divina. Invocado la fórmula secreta utilizada por Dios para crear al hombre, se aventura a repetir ese acto sublime. Construye un muñeco y lo dota de vida mediante la enunciación de esa secreta fórmula. Es la clásica historia del Golem. Pero no todo salió bien. El Golem al ser enviado al río que atraviesa la ciudad para traer agua, no responde de la manera esperada y trae tanta que produce una inundación. Algo similar sucede al pedirle que traiga manzanas del mercado, no solo trae todas las existentes, sino que incluye al vendedor de las mismas.

Esta historia permite realizar algunas consideraciones acerca de la necesidad humana de crear y dominar su mundo. En primer término se puede ver la ambivalencia y fantasías que generan los progresos en la técnica: el Golem es un poderoso aliado, pero también es peligroso por su dificultad de tener el control y  dominarlo. Por otro lado muestra el problema del llamado “sentido común”. Ya Aristóteles lo definía como “la capacidad de separar lo esencial de lo secundario” y es justo lo que no pudo realizar el Golem. Este fue víctima de una generalización en exceso y de, en síntesis, una mala adecuación de sus capacidades a la realidad ambiental.

Esta historia sirve para reflexionar sobre lo que ha sido un permanente interés en occidente: ¿Cómo nos enfrentamos con el mundo? La filosofía, la gnoseología, la psicología, la neurociencia y actualmente las llamadas ciencias cognitivas se han ocupado, y se ocupan,  de ese interrogante.

Uno de las consecuencias de este interés ha sido rescatar para el ámbito de la ciencia el tema de lo mental.

La mente, más allá de las especulaciones filosóficas, fue siempre un territorio sumamente difícil de abordar para la ciencia y es el nombre más común del fenómeno emergente que es responsable del entendimiento, de la capacidad de crear pensamientos, de la memoria, la imaginación, la voluntad, el mundo de las emociones y muy en especialmente del Yo y de la subjetividad en particular.

Este artículo tomará la postura de analizar la mente como ese aparato que media entre el organismo y el mundo. Esto determina consecuencias. En primer lugar se afirma que la mente no es el cerebro, pero lo presupone como condición necesaria, ya que sin esta máquina biológica y asociativa que es el cerebro, no habría mente. En segundo lugar se propone que la mente no es el mundo, pero sin éste tampoco tendría razón de existir. El mundo, el contexto, es tan importante como la base biológica del cerebro para entender su funcionamiento. Por supuesto, dentro del concepto de mundo se incluye la presencia del semejante, sin el cual no existiría lo que se llama humano.

A modo de ejemplo de esta función “entre” que caracteriza a la mente, de este nivel que media entre el más bajo del cerebro y el más alto del mundo, es posible realizar una comparación. Se puede tomar el juego del tenis y analizar los distintos niveles que lo caracterizan. El primero y más básico es que la pelota sea elástica. Este nivel se sostiene en la característica que presenta la molécula del caucho de poseer un doble enlace. La molécula no es elástica pero en grandes cantidades sí. El segundo nivel lo componen los jugadores y el escenario –el espacio físico denominado cancha- que pueden simplemente intercambiar golpes con la pelota. El tercer nivel lo componen las reglas del juego, lo que lo instituye como deporte en particular y organiza la competencia. El cuarto nivel es el del espectáculo. Al haber juego con ganadores y perdedores determina el interés del público. El quinto nivel es el comercial. La presencia y el interés del público es el que sustenta la publicidad, la TV y todo lo que puede venderse y comprarse. El sexto nivel es la organización de todos los otros niveles en asociaciones locales, nacionales y mundiales, las que generan campeonatos y copas. Nada de estos niveles podría llevarse a cabo sin la característica del doble enlace de la molécula del caucho. Lo interesante de esto es que en cualquier partido es posible ver como el jugador antes de cada saque se remite al primer nivel para ver que lo básico esté en orden: hace botar la pelota entes de ejecutar el saque. Todos estos niveles tienen formas distintas de ser abordados y desarrollan conceptos apropiados a su nivel y a sus intereses. No son los mismos los utilizados por la química molecular que los determinados por las reglas y tácticas del juego que enseñan los entrenadores. Menos los que surgen de lo comercializadores de los eventos en su condición de espectáculos. Seguramente habrá zonas de intersección entre los niveles, zonas grises de influencias mutuas, como las que surgen en la denominada fisicoquímica o en lo que cobra un jugador para aceptar participar en un juego en particular. Lo mismo en la calidad de construcción –respuesta física- de una raqueta o una pelota.

Esta forma de enfocar el problema de la mente en término de los niveles ayuda a entender las características que tienen los diversos enfoques existentes. No es lo mismo el nivel que utiliza la neurociencia, centrada fundamentalmente en la base biológica posibilitante –igual que la molécula del caucho- , que los niveles superiores del punto de vista de las ciencias cognitivas, en donde su objetivo es entender el mundo en que se vive y como los humanos –también los animales superiores- toman la información sensorial entrante y la transforma, la sintetizan, elaboran, almacenan, recuperan y hacen uso de ella; incorporando, últimamente, el factor afectivo en estos procesos. Por otro lado, el último enfoque ha considerar es el propuesto por la teoría psicoanalítica. El nivel en el que ésta se mueve está fundamentalmente centrado en considerar al humano en el cruce de, por un lado, su condición de ser sexuado y poseer un cuerpo erógeno y por otro, el ser hablante, y por lo tanto habitante de un mundo simbólico.

La neurociencia y el Yo

“El problema de la subjetividad es un tema candente en los campos de la filosofía y de las ciencias cognitivas”, afirma el neurólogo R. Llinás (Rodolfo Llinás-2003) y se pregunta si es necesaria la subjetividad y por qué razón no es suficiente ver y reaccionar como lo haría una máquina robot y que ventajas le otorga al organismo el experimentar sensaciones en lugar de responder a ellas de manera automática. Para este autor, el problema de la subjetividad es un problema empírico y no filosófico y propone que es la esencia constitutiva del sistema nervioso. Es claro que en este punto se está tomando la idea de subjetividad como equivalente a la singularidad vivida por el organismo frente al mundo. El autor no discrimina demasiadas sutilezas y equipara sujeto, si mismo y Yo, trabajando con la idea del organismo y el mundo o en un nivel más abstracto, el sujeto frente al objeto. En esta dirección afirma que el cerebro debe poder implementar un sistema de coordenadas con las cuales mida el mundo que lo rodea y pueda ubicarse en relación a ese entorno.

Antes de reflexionar sobre el Yo, reflexiona sobre la conciencia. Lo hace desde la observación que permite la moderna tecnología de la  neuroimagen. Afirma que las neuronas que disparan juntas, se conectan juntas y eso, llamado cotemporalidad, es la conciencia. No se queda con esta afirmación demasiado global y avanza afirmando que si se superponen los mapas de conectividades temporales con los mapas espaciales se genera un conjunto mayor de representaciones, las que presentan fragmentos del mundo externo, el momento actual de la realidad exterior. La coherencia temporal es el mecanismo básico de la unidad perceptual que, al poner juntos los componentes sensoriales independientes, produce la llamada “unión cognoscitiva”.

Esta coherencia temporal engendra el “sí mismo”, no solo como función, sino que opera como un centro que otorga coordinación a la necesaria capacidad para la supervivencia de las funciones predictivas del cerebro. Afirma que el sistema tálamo-cortical relaciona sincrónicamente 1) el mundo externo, los sentidos y 2) el mundo interno de la memoria y motivaciones, lo que produce como resultado el “sí mismo”, o punto de referencia que da unidad al organismo.

Este nivel de análisis tiene su valor y utilidad, pero vale lo mismo para un animal como para el ser humano. En función del ejemplo de los niveles descrito anteriormente, corresponde a un modo demasiado bajo de análisis para comprender las particularidades de lo que llamamos Yo en la naturaleza humana. Si bien es cierta la afirmación de Llinás de que “ocurrirían importantes disparidades temporales, si para emitir un juicio sobre la interacción del organismo y su mundo hubiera más de un lugar de predicción, ya que no sería viable que la cabeza predijera una cosa y la cola otra. Al parecer, para una óptima eficiencia, la predicción debe suministrar una ubicación y una conectividad funcionales sólidas: de cierta manera debe ocupar un lugar central dentro de la miríada de estrategias que el cerebro ejecuta para su interacción con el mundo externo. Esta centralización de la predicción es la abstracción que llamamos si-mismo” (Llinás, R. 2003). Es una propuesta que tiene su validez, es un yo instrumental, ya que frente a un depredador es necesaria una respuesta única y coordinada para sobrevivir. Pero la vida humana es más compleja y como se verá más adelante, el psicoanálisis propone que, a partir de su experiencia clínica, hay un lugar extra de predicción. La llamada psicopatología de la vida cotidiana, los actos fallidos y lapsus así como la psicopatología que genera síntomas neuróticos,  atestiguan de una complejidad en la predicción de los actos que hace necesario construir conceptos de otro nivel. Este debe construir una teoría en donde “lo mental” no es solo aquello que enfrenta el mundo, sino lo que tiene poder causal y determina un sentido a la vida de cada sujeto en sus vínculos con los otros. No es solo la supervivencia lo que mueve, sino la pasión de existir que implica el amor del semejante y que a menudo va en contra de la supervivencia misma. Es evidente que este enfoque se mueve a un nivel mucho más elevado y necesariamente demanda otros conceptos.

Para Llinás el Yo siempre ha sido una incógnita, y propone que no es algo tangible y si un estado mental particular, una entidad abstracta a la que se denomina Yo o si-mismo. Lo interesante de su propuesta es que hace intervenir el cuerpo en la construcción del Yo. Dice:”Una lesión cerebral en el área de un brazo, flácido e insensible, se sentirá como no siendo parte de mí, ya que no lo puedo sentir. Esto resulta en que soy yo o es parte de mí si lo puedo sentir. Solo poseo lo que inervo o solo soy lo que inervo”. Si bien reconoce una relación entre el Yo y el cuerpo, éste es un cuerpo mudo, al estilo del esquema corporal que tan bien describió Schilder (Schilder, P. “La imagen del cuerpo”)[1]. Más adelante se considerará las implicancias que se derivan de considerar al cuerpo como un cuerpo erógeno y como atravesado y constituido por el mundo simbólico que implica la condición de hablante del ser humano. Este ya no será un cuerpo mudo y sí, uno constituido por las representaciones y por los efectos de la mencionada condición erógena.

Asimismo, para Llinás, el “sí mismo” es un organizador de las percepciones internas y externas, es decir, el lugar donde se estructura la relación entre el organismo y la representación interna del mundo externo. Es el tema de la adecuación del organismo a la realidad del mundo, el viejo problema de la gnoseología. La pregunta derivada es: ¿cómo la percepción encaja con la realidad, con la realidad “de verdad”? Esta cuestión es definida por este autor como de poca importancia práctica, ya que dice, solo es necesario que las propiedades predictivas de los estados funcionales del cerebro se traduzcan en una interacción eficiente con el mundo externo. Es un enfoque bien evolucionista y adaptacionista. Si no es eficiente se extingue.

Si se vuelve a usar el concepto de mente, como un nivel más elevado al de “organismo”, que utiliza Llinás en este punto, y muy especialmente mente como ese nivel que tiene atributos causales, es posible relacionarlo con lo que la clínica del sufrimiento humano muestra. Esta enseña que el rango de “adecuación eficiente a la realidad” es de tal amplitud que puede haber aspectos en los que se actúa eficientemente y en otros no. Es muy común en el ser humano la existencia de una relación distorsionada con la realidad, y fundamentalmente con la realidad vincular, aquella que se construye con el semejante. Aunque no haya una percepción “verdadera”, si hay formas más adecuadas, y otras menos, de relacionarse con el otro y con el mundo –pensar en un paranoico o un depresivo- Este fenómeno exige hacer más complejo el enfoque “organismo-mundo” y proponer un grado de organización en el aparato mental que construye la realidad del mundo de tal modo que genera tensiones conflictivas y de malentendido. A esta particular organización el psicoanálisis la denomina “realidad fantasmática”.

El neurólogo Jean-Pierre Changeux, en su libro “El Hombre Neuronal”, afirma que “nada se opone a que las conductas del hombre sean descriptas en términos de actividades neuronales”, cosa que podría equipararse a la afirmación de que “nada impide describir un partido de tenis en términos moleculares”. Es claro el riesgo de reduccionismo que implica la afirmación de Changeux, ya que pareciera desconocer los cambios cualitativos que implica el subir de nivel. Si un físico, que sabe que su mujer es un conjunto de átomos, la trata como tal, seguro que la pierde. El nivel de análisis que demanda la relación de un hombre y una mujer, exige conceptos totalmente distintos al molecular o neuronal. De igual forma, un eje de hierro sirve como tal, uno de madera también, pero menos que el de hierro y uno de papel ya no sirve para nada como eje. El nivel  cambia radicalmente las cualidades involucradas.

Asimismo el problema del reduccionismo es que al definir un nivel de análisis, se determina al mismo tiempo una causalidad y por lo tanto ésta implica un modo de acción y de intervención en ese real. El riesgo latente que emerge en la propuesta de Changeux es la reducción de la singularidad humana a una pura objetividad orgánica o a una explicación lo más molecular posible.

De todos modos, uno de los aspectos centrales en este tema del reduccionismo, es la cuestión, ya enunciado más arriba, de la causalidad. ¿Las acciones humanas se describen causalmente a nivel del cerebro? ¿Es suficiente describir la relación del sistema tálamo-cortical con la corteza para entender las acciones humanas? ¿Es suficiente pensar el centro de decisión consciente como una coherencia temporal, la cotemporaneidad?

El psicoanalista Gerard Pommier aborda este tema preguntándose si las funciones neuronales, o químicas pueden arreglárselas “sin nosotros”. La cuestión es precisar más claramente ¿que es  “nosotros”? Es evidente que Pommier se refiere al aspecto subjetivo del hombre, a aquello que se construye en una vida y que se manifiesta como la singularidad humana, algo tan particular que hace a cada ser único e irrepetible. Este aspecto se confronta con la idea del reduccionismo a un nivel neuronal, fisico-químico o del campo del gen. Su propuesta es que no se puede reducir la causa a la condición y que el vicio del método de este enfoque es “tomar el medio por la causa y el órgano de transmisión por un puesto de mando”. La descripción de Changeux de que se come con la colecistoquinina, se bebe con la angiotensina II, y se hace el amor con LHRH es replicada por Pommier aduciendo que “propone un cuerpo que funciona en bucle y que las células y secreciones se las arreglan solas generando una determinación absoluta del ser que es interior al ser”. Es un concepto en donde la vida se trama sin un sujeto, ese que se construye en una historia con los otros y que tiene valor causal, sujeto que Pommier rescata al referirse al “nosotros”.

Se vio más arriba lo relativo del concepto de adecuación a la “realidad verdadera” que proponía Llinás, y que solo hacía falta un especie de éxito adaptativo a esa “realidad”; se vio que en lo concerniente al ser humano se propone una relación con el mundo caracterizada por tensiones, conflictos y malentendidos. Al respecto vale marcar la diferencia con la idea de homeostasis del sistema hormonal. En lo que concierne a la vida psíquica, la clínica enseña que no existe un medio interno psíquico que se autorregule con cada perturbación, como parece funcionar el nivel hormonal. El desequilibrio es una constante en el aparato mental, ya que, algo propio del humano como es su condición de ser deseante, lo confronta a que su deseo es siempre más grande que sus realizaciones sucesivas. El síntoma en la práctica terapéutica muestra ese desequilibrio y falta de armonía entre el deseo y sus realizaciones.

Estos conceptos, el Yo como punto de referencia del organismo, la realidad como lo percibido que permite la superviviencia, el riesgo del reduccionismo a factores químicos, la condición deseante y el psiquismo como aquello más cerca del conflicto que de la armonía y el equilibrio, más el tema de “quien decide”, lleva a la insistente necesidad de complejizar la idea de mente. Ella misma debe desarrollar diferentes niveles de decisión y por lo tanto, los conceptos pertinentes a cada nivel. El asunto del Yo mismo deberá ser complejizado ya que no basta la idea de “punto de referencia” que propone Llinás.

Cuando Changeux, dice que se come con la colecistoquinina deja de tener en cuenta que para el humano el alimento está pleno de regulaciones simbólicas que ordenan su comportamiento. Desde los modales, pasando por la presentación de un menú hasta el sentido que adquiere en la relación del niño con sus soportes vitales (“el nene no me come…”) que puede transformarse en un acto de amor o de rechazo al otro. También afirma que “se hace el amor con LHRH” desconociendo la condición del factor deseo en la sexualidad y como éste confronta a cada uno de los humanos con la alteridad, con el lugar que ocupa en la vida de cada quién el encuentro con el otro. Afirma Pommier que el cuerpo goza por medio del otro, ya sea real o fantasmático. Esto último es propio de ese aspecto en donde la realidad no es “la realidad verdadera” y si la que forma parte de una construida. Construida en una trama histórica con los otros. Lo curioso es que la potencia orgásmica en la sexualidad humana depende de esa relación, y los factores químicos y hormonales son como la molécula del caucho: el factor que posibilita, el órgano de transmisión y no el puente de mando.

De la misma manera que se vio en el ejemplo del tenis, la necesidad de complejizar y de construir nuevos conceptos para describir y poder realizar operaciones de intervención, se ha visto que en el modo de encarar la dinámica de la acción humana, no basta el nivel de las hormonas, ni el de la físico-química, y tampoco el del organismo, asimismo, también ha surgido la necesidad de agregar diferentes niveles al concepto mismo de mente. No se puede continuar refiriéndose al organismo, al Yo, o al sujeto como sinónimos en relación al supuesto de que debe haber “un” puesto de mando. Recordar que ya se comentó sobre la propuesta de Llinás de que la cabeza no puede proponer una cosa y la cola otra. Se dijo que es aceptable en un organismo animal, pero no en el humano. La propuesta de acciones contradictorias son lo común en su naturaleza (“lo hice sin querer queriendo…” frase de personaje televisivo “El Chavo del 8”), y por lo tanto se debe complejizar y precisar lo que se entiende por puesto de mando en la naturaleza humana. Si es que hay solo uno.

El Yo en la IA

Lo curioso del mundo de la inteligencia artificial, es que en el intento de recrear las virtudes de la mente humana, deben esforzarse en entender cómo funciona. Ya no son solo los pedagogos tratando de mejorar el aprendizaje, tampoco los psicólogos abocados a ayudar en el sufrimiento psíquico o los psiquiatras en las patologías mentales, ahora también están los ingenieros, los físicos, y matemáticos dedicados a pensar e intentar recrear las características del complejo mundo psíquico.

Entre estos últimos se encuentra Marvin Minsky, un ingeniero del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), quien describe la mente como una sociedad de elementos que interactúan, cooperando o en conflicto entre ellos. Propone que “la ciencia computacional cambiará nuestras vidas, pero no porque esto sea acerca de computadoras. Es porque nos ayudará a comprender nuestro propio cerebro, aprender cual es la naturaleza del conocimiento. Nos enseñará a nosotros como aprendemos a pensar y sentir. Este conocimiento cambiará nuestra visión de la Humanidad y nos dispondrá a que nosotros mismos cambiemos. Las ciencias computacionales son acerca del manejo de procesos complicados y la cosa más complicada que existe somos nosotros” [2].

En relación al Yo, Minsky (Minsky, M. 2010) dice que ninguna otra especie animal tiene individuos tan diversos. La suma de lo heredado y de las experiencias personales hace que cada uno de los humanos tenga características diferentes, y que se utiliza la expresión “yo” para referirse a esos rasgos que distinguen a cada persona de los demás. (Parece tomar el Yo como sinónimo de persona. No queda claro donde está el puesto de mando y si hay uno o varios). Toma el punto de vista de  Daniel Dennett, quien describe al Yo como una red de palabras y hechos que construyen modelos mentales. El Yo es el modelo mental que se tiene de si mismo. (No explica la función causal del mismo y sus límites.). Aclara Minsky que modelo es una representación mental que puede ayudar a responder preguntas relativas a alguna otra cosa o idea más compleja, y que el humano tienen que construir modelos diferentes para poder describir los comportamientos en sus distintos roles. Se necesitan modelos múltiples y cada persona hace muchos modelos de si mismo y cada uno de estos solo funciona bien en algunas situaciones. Por eso, para este autor, cada individuo crea para si varios modelos del Yo diferentes con el fin de utilizarlos en cada uno de los numerosos contextos y dominios. Si bien todos estos modelos tienen acceso a los recursos y conocimientos de sentido común, tendrán la necesidad de competir por el control de los procesos superiores. Propone una dinámica del conflicto.

En esta propuesta surge la cuestión de ¿hasta que punto una persona es la misma que era hace 10 minutos? Para Minsky, buena parte del conocimiento permanece invariable y bastante diferente del de otra persona, por lo que afirma que la identidad es principalmente lo que hay en la memoria.

Si bien Minsky se reconoce deudor de las hipótesis del aparato mental de Sigmund Freud, su propuesta está siempre navegando sobre la idea de reproducirlo en una máquina. Es cierto que sostiene la idea de que tanto los animales como los humanos son máquinas, complejas y biológicas, pero máquinas al fin, el problema del cuerpo, con su condición erógena y de dependencia del otro, no es considerado con su peso verdadero. Colett Soler afirma que “no se conoce ningún afecto que no tenga respuesta corporal y para pensar el afecto hay que hacerlo pasar por ese cuerpo”. El afecto pasa por el cuerpo, pero ¿proviene de él, o solo de él? Aclara Soler que el individuo orgánico que soporta al sujeto hablante no es –hablando con propiedad- lo que se denomina “el cuerpo”. Se ve como el nivel en el cual Minsky aborda el problema del Yo, al referir la identidad, a lo constante de ese Yo, a la memoria, es uno donde la memoria puede equipararse a un disco duro de una máquina computadora. Ya se vio antes que ese cuerpo, esa máquina, no se puede conceptuar de la misma manera cuando se piensa en un cuerpo mudo al estilo del modelo mental de Schilder, que el cuerpo erógeno mapeado en la relación con el otro.

Un disco duro no puede funcionar nunca de la misma manera que lo hace la memoria encarnada en un cuerpo erógeno y simbólico (por lo menos no va a registrar lo mismo que una máquina ubicada por fuera del rango del que funciona el ser sexuado). Su propuesta es valiosa pero es realizada en un nivel más bajo de lo necesario para entender lo que persiste en la memoria humana. Por empezar, la dependencia del otro. En relación a este punto, el neurólogo portugués Damasio afirma que las emociones funcionan como marcadores que refuerzan y destacan aspectos particulares de ciertas escenas de la vida de alguien.

Más adelante, Minsky se pregunta qué es lo que impulsa a pensar en sí mismo como un Yo, y se responde adjudicándolo a la necesidad de llenar un casillero que corresponda al “causado por”. Es un aspecto que ayuda a predecir no solo lo que sucede en el mundo, sino también lo que pasa en la mente. Para Minsky, el Yo es un mecanismo que obliga a encontrar una causa única para todo lo que se hace. La propuesta de Llinás del centro de predicción y conducción es convergente con este planteo. De todos modos es posible considerar que ésta es una propuesta pragmática, práctica, y que, por lo tanto, no considera la necesidad del Yo de reconocimiento, esa particular necesidad de ser amado (a menos que se considere, en el caso de ser amado, que Yo fue la causa).

Le agrega Minsky la idea de  red de representaciones que construyen un “modelo” es decir, una representación propia mediante un conjunto de imágenes, modelos y anécdotas vagamente conectadas y este modo de representar el Yo no tiene nada de especial ya que, dice, es el modo en que se representa todo lo demás y al pensar en el Yo se utilizan las mismas técnicas con las que la mente piensa las cosas cotidianas. Hasta acá da la impresión que este autor está trabajando sobre la idea de un yo adulto y desarrollado, y no considera el desarrollo y los orígenes del mismo. Esto último importa ya que según sea el origen y la historia de ese “modelo” llamado Yo, serán consideradas  las fortalezas o las debilidades del mismo.

Este autor describe varias características por las cuales considera que el concepto de Yo individual resulta útil en la vida cotidiana:

  • Un cuerpo localizado. El modelo del Yo implica la idea de estar en un solo lugar a la vez. (la psicopatología en el campo de las psicosis muestra límites a esta afirmación)
  • Una mente personal. El Yo como una caja cerrada, Nadie puede enterarse de lo que contiene. (los actos fallidos y lapsus también atestiguan de los límites a esta afirmación)
  • Responsabilidad moral. Para justificar las leyes se supone que el Yo es responsable de cualquier acción voluntaria. (el concepto de responsabilidad va de la mano del de libertad. Como concepto básico de la organización social es así, pero luego, en la práctica están los atenuantes y el problema de los límites a la conciencia en la acción voluntaria. Es todo un tema en la psicología forense)
  • Economía centralizada. No se consigue nada con la duda de si se ha considerado todas las alternativas. El Yo usa sus recursos críticos y toma una decisión. (La psicopatología muestra aspectos en donde la característica es no poder tomar decisiones: las dudas obsesivas)
  • Atribución causal. A los hechos o sucesos se les atribuye una causa. Si se tiene un pensamiento y no se sabe la causa se la atribuye al Yo. (Parece referirse a un Yo con características de relatividad en el ser centro de la acción causal, más bien impresiona como un centro imaginario y que hay otros niveles de decisión)
  • La atención y el centro de la misma. Se piensan los hechos mentales como producidos por una corriente de conciencia, como surgiendo de una fuente única y central. (tema ya comentado en el punto 3)
  • Relaciones sociales. Los demás esperan ser considerados como entidades únicas, como Yo. (Parece referirse al aspecto del reconocimiento por parte del semejante. Vale preguntarse ¿porqué se espera eso, porqué se desea eso?

Minsky aduce que las anteriores son razones que justifican que el Yo único es conveniente en la vida diaria, pero aclara que para comprender la mente, ningún modelo simple podrá reflejar un número suficiente de detalles del modo en que funciona, por lo tanto es necesario cambiar de uno a otro entre los modelos simplificados que cada uno tenga de sí mismo. Dice que cada modelo debe ayudar a centrarse en aquellos aspectos que sean importantes en un contexto determinado.

La mención del contexto es importante ya que nuevamente pone sobre el tapete la cuestión de la realidad, tema que se tocó más arriba. La idea de este escrito es que el contexto se interpreta en un abanico amplio que tiene que ver con la historia de cada uno. Esa “adecuación a la realidad” es un punto complejo y para nada sencillo de aceptar, y lo que Minsky llama “modelos que ayuden a centrarse en los aspectos importantes en un contexto determinado” es justo el tema que surge como carencia en la psicopatología. La impresión es que este autor se apoya en un concepto de Yo como operador de un principio de realidad que debe organizar conflictos y tensiones producidas por las demandas del medio y, en el hombre, de sus impulsos innatos.

Toda su línea argumental se sostiene en defender un punto de vista materialista en la explicación de los procesos mentales y por lo tanto, acertadamente no acepta hablar de conceptos como “espíritu” o “esencia” proponiendo una visión más realista en donde la mente es el resultado de un proceso evolutivo y en donde el concepto de Yo parece referirse únicamente a las ocasiones en que se usan esos “modelos de la mente” creados por el mismo individuo. Este planteo, así lo reconoce explícitamente, está inspirado en la primera hipótesis freudiana del aparato psíquico, concepción que el mismo Freud encontró insuficiente y tuvo que revisar, modificar y complejizar para adecuarla a las demandas que le proponían las patologías mentales.

La propuesta del psicoanálisis.

El centro de mando, en el enfoque de la teoría psicoanalítica, es una propuesta mucho más compleja que lo que se ha visto. Ya se ha estado anticipando que el considerar la naturaleza sexuada y hablante del humano trae necesariamente el tener que evaluar aspectos que los niveles mas bajos no toman en cuenta o no le dan la suficiente importancia.

La propuesta que Freud hace del Yo, afirma Isidoro Vegh (Vegh, I. 2010), se presenta de dos maneras; uno, como una instancia que debe domesticar los impulsos y apetitos, demandada por esos aspectos más elevados que llama ideales, censuras, es decir la instancia del super-yo. Asimismo ese Yo debe estar atento a tener una percepción adecuada de la realidad para lograr una buena respuesta a las circunstancias que el mundo impone. Este enfoque fue tomado como eje por los analistas de la llamada Psicología del Yo, quienes buscaban un Yo libre de conflictos y adaptado a la realidad (sea esta lo que sea, ya se vio este punto en Llinás) como objetivo de la cura. Lo más importante en esta visión es que ese Yo debía estar libre de la influencia de ese otro centro de mando que Freud llamó inconsciente. Es esta idea del Yo la que parece tener en mente Minsky con su propuesta, que por otro lado, si se pretende reproducirlo en una máquina suena como lo más apropiado, ya que no hace falta recrear una mente humana que sea capaz de  construir una conducta neurótica. Seguramente esa máquina con un único centro de mando será más eficiente en la adecuación a un aspecto de la “realidad”, lo que no incluirá comprender adecuadamente el contradictorio y complejo mundo emocional humano: por ejemplo una máquina que necesite amar y reclame amor o reconocimiento, aspectos que si tienen que ver con la dependencia del humano del semejante que funciona como soporte vital. Así como una calculadora digital es mucho más eficiente para resolver operaciones de cálculo, como ser: cuantos días faltan para que llegue la amada, o cuanto dinero se perdió en la Bolsa de Valores, muestra a su vez que es una pura y rápida  “masticadora” de números que no considera las emociones que se juegan en cada caso.

Si bien Freud habla de la función sintética del Yo, no quiere decir que el ser humano lo logre. Su otra propuesta es verlo como una instancia de la pasión que lo toma como objeto: el narcisismo nombra el amor cuando tiene por objeto al Yo. Este aspecto es más propio del mundo de los vínculos humanos. Por lo tanto no parece tener sentido construir un aparato que ame su centro de mando.

El campo que describe Freud no tiene tanto que ver con poner el eje en el centro de un pensamiento racional y de adaptación a la realidad, sino que pone más énfasis en el aspecto de las emociones que lo distorsionan y de la función que ejercen las marcas de ese otro centro de mando que es el inconsciente. Es necesario destacar, aunque no es el eje de este artículo, que lo central del planteo freudiano es la hipótesis de la existencia de otro “centro de mando” que denomina inconsciente y que se manifiesta organizado como un lenguaje, pero uno de cada quién. Es tarea de la intervención clínica, entender este lenguaje que ha sido llamado “lalengua”.

Recopilando, Freud habla en principio del Yo como una instancia que sometida a ideales debe también cumplir con el principio de realidad. Es un Yo en el cual una de sus características es la conciencia y aspira a realizar un ideal de coherencia y a lograr una función sintética que armoniza demandas de distintas instancias.

Por otro lado, en otra lectura, propone que el Yo es una esencia cuerpo y al respecto lo describió como la proyección del cuerpo en otra superficie. Algo así como un cuerpo representacional, uno construido por representaciones.

Con el concepto de narcisismo el Yo de la racionalidad de la coherencia es ligado a lo sexual y dice Freud: “sería un comportamiento libidinoso del egoísmo inherente a la pulsión de autoconservación, de la que justificadamente se atribuye una dosis a todo ser vivo” Usa la palabra libido con dos connotaciones, a veces para nombrar la energía de la pulsión sexual y a veces como sinónimo de la pulsión sexual. Este narcisismo es inherente a todo ser humano e implica que la libido se dirige al Yo. Todo ser humano posee un cuerpo sexuado y si es sexuado eso ya implica la necesidad de la presencia del otro, del semejante.

Por otro lado la idea de pulsión, en una descripción superficial y en términos de la IA, sería considerarla como el hardware afectando e influyendo en el software. Es obvio que no es así en el mundo de las máquinas, y parece innecesario además de no deseable que lo sea, y lo es así en el de los seres con un cuerpo sexuado y erógeno.

Este narcisismo no está desde el principio, no está un Yo desde el momento del nacimiento. No son capas de identificaciones (mapas representacionales diría Minsky), nuevas capas hasta hacerlo maduro y genital. Dice Freud que a partir de las pulsiones autoeróticas (se refiere a los centros erógenos del cuerpo humano y su energía sexual) se realiza uno operación que precipita lo que se llama narcisismo y que constituye un Yo. Por lo tanto, según esta propuesta el Yo se constituye por una operación en la cual la libido sexual lo toma por objeto. En esta dirección Freud dice: “En la vida amorosa, el no-ser-amado deprime el sentimiento de sí, mientras que el ser-amado lo realza. Hemos indicado ya que el ser-amado constituye la meta y la satisfacción en la elección narcisista de objeto” (Freud, S. 1948), Se ve que se está en otro campo ya que no está hablando de un Yo coherente, racional, adaptador y si de libido, de amor. Ya no se está solo en el aspecto “centro de mando” y si en lo que concierne a aquello que se constituye en el vínculo. Por lo tanto es muy distinto entender al Yo como producto de una percepción que se genera por una conciencia discriminadora (ver Llinás y Minsky), que entenderlo como aquello que se afianza en la medida que es amado, que es producto del amor.

De todos modos, si bien no se puede desconocer que hay una función instrumental de ese centro de mando llamado Yo, que sin duda es necesario para habitar lo que se llama el “mundo”, el psicoanálisis plantean que esa función tiene un fundamento que lo desconocen aquellos que ponen solamente el énfasis en su aspecto adaptativo y racional. Lo que no ven es que “hay una incidencia que cuaja en una eficacia instrumental a partir de un juego que  no es instrumental y si libidinal” (Vegh,I. 2010); es decir, hay en el inicio una pasión, que es el amor, sin la cual no es posible construir un yo instrumental adecuado. Nuevamente surge la importancia del vínculo con el semejante.

En esta dirección, el analista Nasio (Nasio, J. D. 2008) describe como el francés Jacques Lacan enriquece la propuesta freudiana del Yo. Además del Yo como imagen del cuerpo de las sensaciones, lo amplia a otras tendencias, que son el deseo y el goce. El Yo freudiano se rellena y se extiende, ya que se duplica en una imagen corporal exterior. En parte inspirado en los etólogos y en su concepto de eficacia de una imagen (la impronta), la imagen del semejante tiene un lugar, no el único, en la formación de ese Yo. Es así que el Yo existe en la cría humana y en el semejante, siendo estos últimos los soportes vitales que esa cría necesita para sobrevivir. Por lo tanto el Yo no está solo en el individuo, también está implantado en aquellos que se ama y se odia, en quienes importan y de quienes se depende. Este es un enfoque espacial del psiquismo en el que el Yo equivalente a la imagen corporal, se despliega más allá de las fronteras del cuerpo. Esta idea de Yo propone que éste se encuentra tanto en la cabeza como en los seres a los que se ama (u odia). Se ve que este enfoque propone una “realidad” muy torsionada por el vínculo con los otros. Si bien Llinás dice que no importa el concepto de “realidad verdadera” ya que solo interesa la eficacia en sobrevivir que surja de la realidad que se perciba, se ve que en lo que el psicoanálisis propone, la dependencia de la “realidad” del vínculo afectivo y de sentido que los humanos tienen, crea una zona de ambigüedad muy marcada en donde las distorsiones y malentendidos respecto de la “realidad verdadera” (el amor o el odio se prestan bien para eso) son factores muy presentes y comunes, y tanto es así que se ha construido una clínica a partir de ellos.

Dado lo anterior, es posible ver que la realidad humana, especialmente en lo que concierne a la realidad social, está muy vinculada a un Yo, como relativo centro de mando, basado en el cuerpo y en el lazo con el semejante. El solo hecho de la presencia del cuerpo en la consideración del centro de mando, apunta a la necesidad de pensar que ese cuerpo evoluciona y se desarrolla en el vínculo con el soporte vital que es el semejante. Nada más cuestionador para los que aspiran a reproducir la mente humana en una máquina, que pensar que ese Yo –como relativo centro de mando- es una imagen mental de las sensaciones externas que emanan de la superficie de la piel, de la mucosa de los orificios, así como también es la imagen mental de las sensaciones viscerales y propioceptivas que surgen del interior del cuerpo. Esa imagen nunca es la percepción directa del cuerpo real, el cuerpo mudo al estilo Schilder, sino que es una percepción impura y tamizada por las fantasías infantiles e inconscientes que, en definitiva, también gobiernan.

La cuestión es: ¿como se reproduce esto en una máquina?, y ¿tiene sentido intentar hacerlo? Si no se puede, ¿Qué efectos produce su ausencia en la capacidad de ese artefacto de compartir y comprender el mundo humano? Posiblemente no exista una respuesta clara y contundente a estas cuestiones, pero si enseñan que en el intento de comprender y reproducir la mente humana, estos aspectos deben ser considerados.

[1] Schilder, P. En su clásico texto “La Imagen del Cuerpo” propone un esquema mental del cuerpo que permite la manipulación del mismo en el espacio.

[2] Entrevista realizada por Renato M. E. Sabbatini; PhD. Editor Asociado de la Revista Mente y Cerebro.

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