Traspies en el proceso identificatorio, fallida diferencia entre semejante y prójimo, emergencia del doble.

Lidia Kieffer

Magíster en Psicoanálisis.
Ex secretaria de Estudios de Postgrado, Facultad de Psicología, U. N. R.
Profesora Adjunta de la cátedra: “Psicología”, Docente investigadora.

(Imagen: Escher)

Traspies en el proceso identificatorio, fallida diferencia entre semejante y prójimo, emergencia del doble

 De "Libro del desasosiego" Fernando Pessoa como Bernardo Soares :
"Nadie me reconoció bajo la máscara de la igualdad, ni advirtió nunca nadie que era una máscara lo que tenía, porque nadie sabía que en este mundo hay enmascarados. Nadie supuso que a mi lado hubiera siempre otro, otro que, al fin de cuentas, era yo. Me consideraron siempre idéntico a mí.
Todos vivimos lejanos y anónimos; y disfrazados, sufrimos desconocidos. A algunos, sin embargo, esta distancia entre uno y si mismo jamás se les revela; para otros, ella es de vez en cuando iluminada, ya sea por el horror o la pena, por un relámpago sin límites; y hay otros todavía para quienes ésa es la dolorosa constante y cotidianidad de la vida.
Saber bien quienes somos no es algo que podamos lograr nosotros ya que, cuanto pensamos o sentimos es siempre una traducción: ya que lo que queremos o aquello que no quisimos, nadie por ventura lo
quiso- saber todo esto a cada minuto, sentir todo esto en cada sentimiento ¿no significará ser extranjero en la propia alma, un exiliado de las propias sensaciones?
Cuando se producen traspiés en el proceso identificatorio a nivel de la articulación entre los registros imaginario y simbólico, esto  afecta en forma directa la construcción de la diferencia entre el semejante y el prójimo, lo que hace posible en determinados momentos la emergencia del doble.Una de las cuestiones que me interesa considerar es el espejo en su función de marco y como ese marco puede o no poner en función el proceso identificatorio.

Sabemos que estadio del espejo y la constitución del significante se dan juntos y al mismo tiempo. A la imagen virtual: i’(a) le corresponde la imagen real: i(a); que no es especularizable (menos phi)  es justamente lo que constituye la reserva operatoria para ser instrumentada en  relación al Otro.

Si hay función fálica, implica que hay mediación y relación  entre elementos. Cuaternización de lugares, lo que quiere decir que  hay estructura.  Entiendo que estructura, es el espacio en el que se aloja el sujeto y esto se produce en tiempos.

Los  avatares y trastornos en este punto de la constitución del sujeto,  muestran como la función fálica al ser fallida como orden de medida, no hace del todo límite entre el goce fálico y el otro goce, lo que implica la sexuación.

La posición del sujeto respecto al falo, nos esclarece acerca de dificultades que pueden aparecer eventualmente en la relación con el semejante haciendo que en determinados momentos este devenga en prójimo.

Puede darse el caso que a pesar de que haya imagen, no la haya de sí mismo, dado que  esto implica un orden de diferencia, de intervalo; esto es que el rasgo unario cumpla su función de pura diferencia, haciendo de cada significante lo que los otros no son.

Por el lado del sujeto la articulación al fantasma está en relación con la distancia a la cosa. Cuando falta o no es suficiente la identificación al falo de la madre no hay confianza con la cosa (das ding). Si no hay confianza, al menor gesto el otro se torna: burlón, ridiculiza,  la mirada deja indefenso, desnuda o ubica algo bizarro. Lo que implicará que cualquier burla pueda llegar a ser tremenda; un chiste,  por ejemplo, puede tomarse como una injuria.

En este caso, lo que predomina del lado del sujeto, , es la debilidad en relación al otro, ya está vencido desde antes, no hay agresividad. No hay reserva operatoria, dado que todo el sujeto está en reserva, por lo cual no hay apuesta, ni defensa para instrumentar.

Teniendo en cuenta estas consideraciones creo que es posible hacer las siguientes diferenciaciones entre: Semejante,  Prójimo y Doble.

En primer lugar debemos considerar que es posible la constitución del Semejante, si el falo está en función como medida. Semejante es el otro de sí, que pone en juego lo común y lo diferente. Opera la inclusión en el conjunto. La identificación al semejante puede darse si hubo donación de significantes del Otro (identificación primaria lograda).

En este caso el rasgo unario funciona como pura diferencia hace posible la identificación de los significantes, esto es que cada significante sea lo que los otros no son. Me puedo identificar con el otro porque la diferencia está en función y opera.

En tanto que  en el Prójimo no  está en juego la diferencia con el otro, sino que esta se exacerba de tal modo pasando a ser lo contrario. La diferencia se trasforma en absoluta.

Esta diferencia más que separar y diferenciar, aísla y desliga. En este caso el rasgo discrimina y segrega. Opera la lógica de clase, lo que implica que la diferencia por el atributo sea absoluta. Ante la mínima diferencia aparece el rechazo.

Por otro lado en el fenómeno del Doble, se produje, una duplicación, un desdoblamiento, sombra, reflejo lo que  hace que cuando el sujeto está solo no haya nadie, todo queda del lado del otro. El otro es yo, muy diferente a que sea, como yo.

Por ejemplo, en Borges y yo, texto breve relatado en primera persona y desde el título, el fenómeno de la multiplicación se evidencia.

Borges y Yo

     “    Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo xviii, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

(El hacedor. Buenos Aires: Emecé, 1960)

Se trata de un Borges que ya no sabe quién es, que describe a otro Borges y para poder hacer esto tiene que desdoblarse en otro, en el narrador, en el que ve al Borges doble desde el margen de la historia:

Cuando el sujeto se multiplica también se fragmenta, en Pessoa  aunque el juego de los heterónimos implica la autonomía entre ellos y el autor, también dialogan entre sí: Caeiro es maestro de Campos, Reis escribe sobre ellos, y Pessoa es lector y crítico de los mismos.

Creo que a diferencia de Borges , la multiplicación del yo en Pessoa se realiza como en un juego de espejos fragmentados, como los de una feria.

Si bien, cada heterónimo, cada multiplicación de Pessoa, son autónomos, no dejan de ser parte de él, pero tampoco él es ellos, son parte de una misma esencia que se fragmenta.

“No sé quién soy ni qué alma tengo. Cuando hablo con sinceridad, no sé con qué sinceridad hablo. Soy diversamente otro respecto a un yo que no sé si existe (si es esos otros) (…) Me siento múltiple. Soy como una habitación con innumerables espejos fantásticos que distorsionan en reflejos falsos una única realidad anterior que no está en ninguno y está en todos” (Pessoa, Sobre literatura y arte, 1985, p. 58).

Apropósito de estas puntuaciones es que voy a introducir el siguiente fragmento de un material clínico:

Se trata de un paciente de 23 años que en  sus primeras entrevistas relata que hace dos semanas fue a un hotel, se compró un revólver y se pegó dos tiros: uno, lo tiene alojado en la columna vertebral, y otro, detrás del ojo, dice: “… no puedo resolver lo que me pasa, lo que pasó siempre, siempre me sentí una basura, quiero ser normal, casarme tener un hijo, pero siento una atracción que no puedo manejar”. Atracción es una palabra que siempre aparece en relación a lo homosexual, es algo de lo que no se puede sustraer. Aunque tiene novia y cuida esa apariencia, “porque me gusta ser hombre', pero por otro lado, sé que actúo y cuando estoy solo me siento re mal”, él siempre se mira como otro, se mira y se habla como otro, y cuando está solo, dice: “el otro soy yo”. “De todos modos yo siempre tenía la idea de hacerlo (matarse), siempre esto estaba latente, no tenía un día preparado“empecé a sacar fotocopias, a averiguar precios, como si fuera para otro”.

Saca fotocopias de la noticia que aparece en el diario, a cerca de un chico de su edad , de su mismo pueblo, que se había suicidado en Santa Fe, en esta noticia,  informan también con qué calibre, qué revolver, en qué hotel este chico se había matado. Luego llama  al hotel, pregunta la dirección del mismo, el precio de la habitación, compra el mismo arma y las balas, “no sé por qué no tuve suerte como al otro que  le salió bien”.“Estaba todo en el aire, como si no pasara nada, hasta que llegó un momento que me dije: ¿qué vas a hacer?, ¿qué vas a hacer de acá en adelante? ¿Te vas a casar, tener hijos? nada… sobre todo esto me agarra a la noche, pienso en eso, me agarra una voz que me dice, es como una parte objetiva, ¿no nos matamos?...…siempre me termino hablando de afuera, siempre estoy pensando cómo me ve el otro, si estoy solo el otro soy yo, siempre para la crítica.”

En el ínterin, o paralelamente de que ve en el diario esta noticia, comienza a enamorarse de un compañero de trabajo, dice  “…me fue entrando de a poco”. La particularidad que tiene este compañero es que hace bromas de doble sentido; las bromas son, como en general ocurre en las oficinas, sobre la homosexualidad. En un momento, días previos al intento de suicidio, le pide hablar, quien  le dice que no (le da una evasiva)  luego escucha que éste, hace con otros, una broma de doble sentido. El paciente vive esto como una burla y un rechazo. Por otro lado, dice: “yo no sé, por qué pienso que es el único que me puede ayudar”.

El chiste del semejante, (o mejor dicho candidato a poder serlo, ya que justamente, se trata de la imposibilidad de la constitución del semejante)  se  transforma  en injuria y esto lo arroja al pasaje al acto.

La fotocopia que él tiene en reserva remite a ese doble de él mismo, que lo lleva a querer hacer lo mismo, y aunque se  encuentra con lo fallido de su propio acto esta diferencia, no la puede registrar como tal. El no puede mentir, pero se enamora de uno que hace chistes, con lo “homo”, otro que sabe jugar con el equívoco, es ahí donde él puede intentar una salida, a través de un  amor de transferencia, que resulta fallida.

Por otro lado, paralelamente, él hace fotocopia, hacer lo mismo, lo que muestra claramente la falla estructural en la identificación, que lo deja lanzado a romper el espejo, en el preciso momento, en que no hay opacidad que permita el equívoco, él  queda  siendo transparente.

 

Octubre, 2016.

Descargar en PDF