UN RECORRIDO EN TORNO A LO PSICOSOMÁTICO

Conrado Zuliani

Psicólogo recibido en la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Realizó estudios de Maestría en Psicoterapia Psicoanalítica y de Doctorado en Clínica Psicoanalítica en el Centro Eleia. México.

UN RECORRIDO EN TORNO A LO PSICOSOMÁTICO 1

En momentos en que el sistema psíquico fracasa, el organismo empieza a pensar.2

No son pocas las ocasiones en que un analista recibe en consulta a pacientes que acuden a causa de algún tipo de padecimiento somático. Muchos de ellos son enviados por el médico clínico, quien les dice “usted no tiene nada, vaya a ver a un psicólogo”. Cuerpo doliente del sujeto que produce un agujero en el saber del médico. "Nada" que insiste, golpeando el cuerpo del sujeto. Rápidamente decimos que en lo psicosomático no está en juego aquella "anatomía subjetiva" de la histeria que Freud describiera bellamente en los fragmentos clínicos de Psicoterapia de la histeria. No se trata aquí del cuerpo fantasmático en el que se inscriben las historias del Edipo amordazadas por el trabajo de la represión.

Ocurre también que algunos pacientes se enferman durante el proceso de análisis; no es raro que aparezcan complicaciones físicas durante el curso del tratamiento, como hipertensión, problemas de piel, incluso cáncer. Quizás sobra decir que no son pocas las veces en que las palabras no dichas del paciente percuten el cuerpo del analista. Se trata de transferencias violentas, turbulentas, no tanto "descriptivamente" sino por un real que insiste.

Hay situaciones que suelen precipitar derrumbes corporales: ciertos duelos, migraciones, colapsos narcisistas, pérdidas de ciertas referencias identificatorias, situaciones donde lo traumático irrumpe desbordando y rebasando las posibilidades y las capacidades elaborativas del yo. A estas alturas consideramos que no es ceder en la abstinencia estar al pendiente de los vaivenes de la salud de los pacientes.

Ciertamente, se ha observado que muchas de las personas que generan enfermedades psicosomáticas, poseen un reconocimiento muy bajo –si no es que carecen de él– del nivel de tensión psíquica a la que están sometidos, tanto externa como internamente. Son sujetos que parecen funcionar mediante disociaciones, por un lado, de la ansiedad en su vida diaria y por otro, de algunas señales que su cuerpo les envía: a veces, son deliberadamente negligentes con lo corporal3.

Joyce McDougall compara a ciertos sujetos que padecen enfermedades psicosomáticas con un robot –su funcionamiento responde a lo que se ha denominado alexitimia. Aplanamiento afectivo, escisión que opera mediante una especie de desconexión del afecto que produce como efecto un modo discursivo en donde pareciera que nos encontramos frente a un sujeto que no siente nada, ni dolor, ni placer y simplemente "funciona". Dimensión maquinica que puede llegar a tener ciertas resonancias psicóticas. Verdaderas "normopatías", sujetos "enfermos" de excesiva "normalidad".

David Liberman4 señalaba que estos pacientes desarrollan un tipo de "sobre adaptación", que siempre se acompaña de cierta desconexión, por eso, son altamente recurrentes en ellos los procesos de disociación, de escisión, de separación del mundo afectivo, lo cual se traduce en un discurso que parece muy aplanado, con "poco contacto", tanto consigo mismos como con sus interlocutores.

Existe un debate actual en el psicoanálisis contemporáneo acerca de si estos pacientes carecen verdaderamente de capacidad de simbolización, esto es, de digerir las emociones, de poder pensar, de poder soñar, de poder encontrar algún tipo de representación para las excitaciones somáticas. Esta postura se construyó partiendo de la teoría de Pierre Marty sobre el pensamiento operatorio, por medio de la cual apuntaba a cierta clase de sujetos que parecieran estar a años luz de lo afectivo. El pensamiento operatorio duplica la acción, se trata de un modo de funcionamiento psíquico "vuelto hacia el exterior", en el cual se narran acontecimientos de la realidad material sin el entramado fantasmático desde el cual el neurótico lee la realidad. Por otra parte, debemos a Marty y sus colaboradores la descripción de la depresión esencial: no se trata aquí de una depresión clínica sino, más bien, de una caída del tono afectivo, vacío que "barre" las connotaciones afectivas que usualmente acompañan las experiencias.

Tal noción constituyó un gran avance en su momento, pues las ideas y teorías más innovadoras permiten ir abriendo camino para entender parcelas de conocimiento que permanecían oscuras hasta entonces. Aunque el desarrollo ideal de la ciencia habrá de encargarse de que, poco a poco, a medida que avance su estudio e investigación, las teorías muestren sus límites. En este sentido, Pierre Marty inaugura un campo: se trata, más que de formaciones del inconsciente, de cantidades pulsionales no tramitadas, excesos no significables, verdaderos fracasos en la producción del fantasma. Clínica más del déficit que del conflicto psíquico. Inevitablemente esto tendrá consecuencias en la modalidad de intervención del analista: Constituye un error clínico de consideración y de consecuencias graves para nuestra práctica confundir el modo de funcionamiento propio de la neurosis, donde la operación analítica apunta al develamiento del deseo jugado en la escena del fantasma, entramado de zonas erógenas que participan en los libretos del síntoma, con aquellos otros modos de funcionamiento en donde lo que se juega es un fuera de sentido, cuerpo -mejor dicho soma- arrojado más allá del sentido.

De esta forma, surge desde hace unos años en el psicoanálisis la preocupación por evitar un tipo de comprensión mono-causal para explicar el fenómeno de las enfermedades psicosomáticas, concluyendo que el pensamiento operatorio no puede constituir la causa única de aquellas. Los problemas que aquejan al ser humano no son exclusivamente de carácter psíquico u orgánico. Se trata de evitar ciertas explicaciones totalizantes que acostumbramos a escuchar, del estilo de: "los pacientes psicosomáticos tienen poca capacidad de simbolización, pensamiento operatorio, alexitimia, etc". Porque la clínica siempre se revela más compleja que las teorías que intentan formalizarla.

Por si fuera poco, tampoco conviene olvidar que la clínica psicoanalítica se desarrolla caso por caso, sin que existan dos sujetos iguales ni ningún paciente en los libros. El analista se enfrenta a una historia singular, única, condición que enriquecerá su trabajo, al tiempo que lo hace consciente de su enorme complejidad.

Sami Alí5 señala que, en lo psicosomático, más que la represión de un contenido (fantasía o deseo), se trata de la represión de la función de lo imaginario, que es la encargada de las producciones de los sueños y las fantasías. Represión "exitosa", sin falla, que determina la creación pobre en imágenes, que se orienta hacia una oscilación entre la neutralidad y la literalidad, en detrimento de la figurabilidad.

Para los analistas, las imágenes, representaciones psíquicas del paciente operan como orientación importante para situar determinadas coordenadas diagnósticas fundamentales para considerar nuestras modalidades de intervención; porque si en el discurso hay imágenes, lo que llamamos “sustantivos", quedan abiertas las combinatorias de orden significante propias del trabajo de la represión, es decir, de la neurosis. En este sentido, por ejemplo, el discurso histérico presenta abundancia de sustantivos (basta con evocar el cofrecito, las gotas, el bosque, la Madonna, etc. presentes en el material de los sueños de Dora), lo cual propicia el trabajo asociativo: en la histeria se aprecia un discurso cargado de afectos y altamente imaginativo. Por ejemplo, solía atender en un consultorio donde, desde la perspectiva del paciente, lo único que se podía ver por la ventana era un árbol, entonces, una de mis pacientes veía a la ventana, miraba las hojas y prácticamente de inmediato veía formas en ellas, una rana tal vez, y entonces recordaba que de pequeña le daban miedo las ranas, que una vez vio a un vecino con un sapo en la mano y que su madre le contó alguna vez el mito de que si orina un sapo en los ojos de alguien, esa persona quedaba ciega, la connotación edípica es más que evidente.

Por su parte, la enfermedad psicosomática se encontraría en el extremo opuesto: un déficit en la simbolización, omisión de la capacidad imaginativa y de la producción de

sueños, etc. Dentro de los antecedentes de esta teoría para explicar la naturaleza del fenómeno psicosomático, podemos contar las aportaciones de Ruesch, quien habló de un tipo de pacientes con déficit en la capacidad simbólica y su relación con síntomas psicosomáticos. También podemos mencionar a Edward Glover, analista de la Sociedad Británica, quien mencionaba, ya muy tempranamente (en 1939) que lo psicosomático carecía de contenido representacional. Esta idea, con la que algunos están de acuerdo y otros no, encuentra su antecedente directo en la noción de neurosis actual elaborada por Freud hacia los años 1894- 18956.

La neurosis actual debe ser ubicada en su dimensión histórica: a medida que Freud avanzaba en sus estudios sobre las psiconeurosis observó además que existe otro grupo de patologías que afectan el territorio de lo corporal pero prescindiendo de contenido ideativo y representacional alguno. La neurosis es actual, no porque el paciente la padezca en el presente de su edad adulta, sino porque "la causa" es actual. Es decir, mientras la psiconeurosis tiene que ver con causas que pertenecen a la infancia, referidas a la sexualidad infantil y las fantasías relacionadas con ella, en la neurosis actual, dice Freud, la causa pertenece al presente y tiene que ver con un “mal” uso de la sexualidad, que puede tener relación con ciertas prácticas, como el coito interrumpido, ampliamente utilizado como método anticonceptivo en la época – y aún en la actualidad, hecho que da cuenta de la pertinencia de la afirmación freudiana que sitúa a la educación como una de las prácticas imposibles-, la abstinencia sexual, el exceso de masturbación.

Retomamos entonces: Neurosis actual situada no del lado de la represión y el retorno de lo reprimido, sino del lado de cantidades de libido que no encuentran posibilidad de descarga por la vía de la motricidad ni de la práctica sexual, ni -más importante aún- por el camino de los representantes. Se trata aquí, dirá Freud, de libido no absorbida psíquicamente. Tal acumulación de libido (estasis libidinal), al no encontrar cauce o descarga, se traslada al cuerpo sin contenido simbólico alguno, lo que resulta de importancia fundamental para el tema que nos atañe aquí, pues nos ofrece un primer modelo o antecedente de cómo lo no "mentalizado" (para echar mano a la expresión de Pierre Marty), pensado, soñado o elaborado por los carriles de la representación tiene la facultad para producir cierto efecto en el cuerpo.

El cuadro sintomático de las neurosis actuales agrupa aquellos propios de las neurosis de angustia, la hipocondría y la neurastenia (algunos de ellos similares a los del ataque de pánico que hoy en día describen los psiquiatras: palpitaciones, mareos, sensación de punciones en la cabeza, los cuales son considerados también como equivalentes somáticos de la angustia). Ante esta acumulación de libido que genera algo así como una especie de indigestión o intoxicación psíquica, el analista -pensaba Freud- no tiene nada que hacer. La ausencia de fantasías, de conglomerados de condensaciones y desplazamientos hacía inviable al método que, no está de más recordarlo, encuentra su lógica en el desandar el camino mediante el cual el síntoma -neurótico- se constituye. De esta forma, la neurosis actual queda situada más allá, o más acá, del síntoma. Una nota importante de este interesante problema es que Freud deja abierta la posibilidad de que toda psiconeurosis se estructure a partir de un núcleo de neurosis actual. No es una cuestión menor, en tanto abre una vía para pensar la coexistencia de modos de funcionamientos neuróticos y no neuróticos en un mismo sujeto; idea de heterogeneidad del psiquismo que será desarrollada posteriormente por analistas como Winnicott, Bion, Bleger, Joyce McDougall, Green entre otros.

Significativamente, la cuestión de la neurosis actual desaparece del mapa teórico freudiano aproximadamente por treinta años (retomará el tema al reconsiderar su teoría sobre la angustia en 1926, en Inhibición, síntoma y angustia). Más, hubo analistas que no abandonaron el interés en este tipo de funcionamiento y se sujetaron, en parte, al modelo de comprensión que lo entiende como un más allá de la simbolización, que deviene en algo que produce una especie de intoxicación psíquica (es decir, el efecto “intoxicante” desbordante de aquello que no alcanza a ser significado) ante la cual el sujeto debe expulsar, evacuar determinados contenidos. Aquello entonces que no encuentra oportunidad de tramitación psíquica alguna debe ser descargado en tanto deviene cantidad abrumadora, invasiva, desetructurante. El sujeto, posicionado como esclavo de la cantidad7 busca vías desesperadas para deshacerse de aquello que inunda al aparato. A estas alturas cabe preguntarnos si acaso el fenómeno psicosomático no constituye un pasaje al acto corporal o se emplaza en lugar de un sueño que no pudo ser soñado.

Durante varios años las teorías que explican el fenómeno psicosomático como consecuencia de un déficit ("son sujetos que no simbolizan") encontraron aceptación generalizada. Al mismo tiempo, lo psicosomático mueve al campo analítico a reconsiderar las vías y variables en la constitución del psiquismo, los traumatismos tempranos, el lugar del otro, las vicisitudes del trabajo pulsional.

Sin embargo, la clínica, como siempre ocurre, pone en cuestión, en tensión los postulados teóricos. No se podría afirmar hoy en día con total soltura que el paciente con padecimientos psicosomáticos no simboliza. Por ejemplo, tenemos pacientes estructurados al modo obsesivo que presentan hipertensión o pacientes sostenidas en el discurso histérico que presentan urticaria, alergias. Lo que sí podemos considerar es que el fenómeno psicosomático en sí responde a algo más allá de la representación, restos pulsionales más allá de toda ligadura posible, traumatismos, escisiones, etc. En este sentido, en tanto fenómeno arrojado fuera de sentido confronta a analistas y pacientes con los avatares de la clínica del trauma, es decir, a aquello de la pulsión que, al decir de Isidoro Gurman8, no adviene historia personal. Más allá de la historia que presenta, una vez más, la pregunta acerca de si la transferencia es pura y exclusivamente re- edición o puede operar también como espacio de edición, es decir, no sólo de retranscripción sino de inscripción primera y, en este sentido, originaria.

Hasta aquí permanece la pregunta, ¿por qué un sujeto con recursos psíquicos presenta a la vez una cuestión relacionada con fenómenos de no-simbolización? Más adelante regresaremos a este punto.

En tanto, se nos revela que existen pacientes de orden primordialmente psicosomático con un pensamiento de tipo operatorio, tendencia a la desconexión y/o a las disociaciones, alexitimia, etc. y aquellos otros que participan de algo así como de una mixtura psíquica, con modos de funcionamiento distintos, tanto neuróticos como otros mucho más primitivos. Al respecto señala Norberto Marucco: "...las estructuras psicopatológicas, nos muestran, en su complejidad clínica, las manifestaciones de diferentes 'zonas' o áreas que coexisten y se superponen simultáneamente en el aparato psíquico"9. Entonces, si las bases teóricas del psicoanálisis se orientan al trabajo con pacientes neuróticos y atienden a la represión, al retorno de lo reprimido como síntoma, lapsus, sueños, actos fallidos, etc., cabe preguntarse de qué manera los analistas se aproximarán a cuestiones no-neuróticas, por mucho que las hallen en sus propios pacientes neuróticos.

Desde luego, si se está ante dos modos de funcionamiento distintos, aun así sea con un mismo paciente, por ende, tiene que variar la forma de operar entre uno y otro. Acordamos en este punto con Silvia Bleichmar: "Sería un severo error y de consecuencias graves para nuestra práctica confundir el modo de funcionamiento de una corriente de la ida psíquica con la totalidad del aparato, error frecuente cuando se deslizan afirmaciones generales sobre el funcionamiento psíquico de un ser humano a partir de un solo aspecto del mismo. La operancia de diversas corrientes de la vida psíquica en el psiquismo de cada ser humano, la heterogeneidad de los sistemas representacionales, el hecho de que en el borde mismo de todo funcionamiento nos podamos confrontar al fracaso mayor o menor de la simbolización, impone la necesidad de trabajar, muy cuidadosamente y de manera específica, con cada una de estas derivaciones"10.

Dicho de otra forma, abordar lo psicosomático bajo las coordenadas de la histeria constituye un error clínico de gravedad, en tanto la intervención opera re- traumatizando paciente, en tanto le presenta un contenido que excede, en algunas oportunidades en mucho, la capacidad elaborativa del sujeto en ese momento. El efecto suele ser iatrogénico. Los límites de este modo de abordar lo psicosomático, es decir, bajo las premisas del síntoma neurótico se vuelven patentes cuando leemos, por ejemplo, los trabajos de Ángel Garma11 y otros autores pioneros en este campo intentando aplicar los principios interpretativos con los que operaban en casos de histeria a manifestaciones psicosomáticas, evidenciando un error metodológico, con el cual, en el menor de los casos, no se conseguía efecto alguno para el análisis. Desde esta perspectiva surgen ciertas preguntas en torno a cómo operar: construcción más que interpretación, el analista se presta y presta su capacidad imaginativa, piensa lo que el paciente no puede pensar12, produce ligaduras; en definitiva, hay un proceso elaborativo que va del analista al paciente, apuntando a la construcción de un sentido ausente más que al develamiento del mismo, aunque siempre con el recaudo de que la intervención deje un resto, un espacio con el fin de evitar una violencia secundaria (Aulagnier), es decir, la intrusión violenta en el psiquismo del otro.

De acuerdo a lo anterior, se trataría, más que nada, de propiciar en el espacio analítico la construcción del tejido fantasmático como modo elaborativo de la pulsión, de los huecos en la historia producidos por la escisión, de la traducción elaborativa de ciertas huellas ingobernables pero siempre reactivables, al decir de Marucco. La cuestión a considerar es que lo psicosomático no es efecto del retorno disfrazado de fantasías, sino el testimonio hecho carne del fracaso en crear una. Si en la psicosis lo rechazado en lo simbólico retorna desde lo real, en la psicosomática, podríamos pensar que lo escindido retorna también desde lo real...del cuerpo.

Si el trabajo princeps de la infancia pasa por producir ligaduras de la pulsión por la vía de las teorías sexuales infantiles, nos preguntamos acerca de si existe posibilidad de tramitación sin resto y cuál es, en todo caso, el destino de los restos pulsionales no tramitados. Aquello que no puede ser simbolizado en el psiquismo precoz o arcaico tiene, entre sus formas de retorno, la afectación del cuerpo. Restos no asimilados de los primeros encuentros con el Otro que no advienen historia personal.

Recordemos brevemente que la cría humana nace en un estado de inermidad, de indefensión absoluta, mucho mayor al de otras especies animales: el infans nace totalmente desvalido para hacer frente a lo que Freud llamaba “apremio de la vida”, no puede satisfacer sus necesidades biológicas solo, escapar del peligro o trasladarse de un lugar a otro. Tal condición hace proclive al pequeño a padecer con intensidad todo aquello que interactúe con él en el terreno físico, pero sobre todo, psíquico, volviéndose completamente dependiente de la asistencia ajena que cubre sus necesidades (alimentarlo, bañarlo, darle calor, sostenerlo en brazos, permitirle el sueño) Desde el punto de vista simbólico, el humano nace también carente de recursos o con muy pocos para tramitar las experiencias emocionales, corporales, afectivas, también allí necesita de otro que aporte sentido, palabras, investimentos libidinales que acompañen los cuidados concretos. En contraste, un niño de dos o tres años tiene bastantes más medios para hacer frente a las tensiones psíquicas, pues ya es capaz de jugar, dibujar, hablar, etc. Un bebé, en cambio, no tiene acceso a ninguna de estas cosas, por lo tanto, ¿cómo habrá de arreglárselas para digerir los impactos psíquicos a los que se encuentra sometido?

Forzosamente otro, algún adulto, debe cumplir esa función para él; esta persona es, en la mayor parte de los casos, su madre. Al decir de Bion, es inicialmente la madre quien opera como aparato para pensar para el niño, intención simbolizante del Otro que opera a la manera de barrera antiestimulo. Intención simbolizante del otro que es al mismo tiempo deseante y libidinizante

En general, una madre provee de los cuidados concretos corporales y los acompaña con una aportación de sentido de las vivencias que pueda tener el pequeño; carga en brazos al infante, pero también lo carga libidinalmente; lo baña, pero lo hace también junto con un baño de palabras, palabras que transportan el deseo materno y realizan una doble función: por un lado, transmiten el deseo de que ese diminuto ser esté vivo y, por otro, conducen la intención de ofrecer sentido a esos deseos propios y a los del bebé, a sus vivencias. La clínica de los trastornos psicosomáticos muestra no pocas veces que narciso ha sido dejado caer o ha sido tragado por el agua que lo refleja. Déficit, en el primer caso y exceso en el segundo que termina operando igualmente como déficit.

La cuestión es que una experiencia sin significar, deviene en una experiencia terrorífica; ahí donde algo excede la posibilidad de comprender se torna cantidad abrumadora para el psiquismo del sujeto. Entonces, si pensamos cuál puede ser la capacidad para comprender de un bebé, podemos concluir que para él todo tiene potencialidad traumática, si entendemos por trauma toda aquella experiencia, externa e interna, que excede la capacidad psíquica para significarla. Así comprendió Freud lo traumático a partir del 20 (aquello no ligado, no inscripto que insistirá por la vía de la repetición), Bion por su parte habla de elementos beta, Lacan de real. Todos ellos apuntan a aquello que no puede llegar a ligarse a la red del lenguaje. Al referirnos a las vivencias y experiencias pulsionales más primarias del infante, precisamos que éstas necesitan ser simbolizadas, significadas, para lo cual será absolutamente indispensable que alguien más aporte sentido: la madre habrá de prestar su imaginación al niño, sus palabras, su fuerza. Exigencia de trabajo impuesta por la pulsión al psiquismo, perentoriedad de la pulsión por encontrar ligaduras posibles, no sin Otro.

A partir de aquí, comienza a perfilarse una línea de trabajo posible con los pacientes psicosomáticos: allí donde hay imposibilidad para producir un sueño, el analista presta su capacidad de soñar, donde existe imposibilidad para presentar una historia simbolizada de cualquier evento, el terapeuta quizá tenga que prestar su capacidad para construir historias, para imaginar.

Ahora bien, la situación se torna mucho más compleja desde el punto de vista clínico, porque el analista debe distinguir cuándo el paciente se desenvuelve en un nivel donde lo que produce sufrimiento es del orden de lo reprimido (neurosis) y cuándo “cambia de frecuencia” hacia lo más arcaico o primario, del orden de lo no constituido (psicosomático) –a veces, inclusive, en la misma sesión– porque indefectiblemente tienen que modificarse, como decíamos anteriormente, las formas de intervención. Por lo tanto, el trabajo de cada sesión se realizará con el material que el paciente presenta, ya sea un sueño o la dificultad para producirlo. Desde este punto de vista, la transferencia se presenta como un espacio donde los colapsos de una historia pueden encontrar la oportunidad de ser nombrados por primera vez, espacio entonces que se construye como inaugural, fundante, originario; transferencia como espacio de edición de lo no constituido. El analista, apunta con su intervención a una historización simbolizante, nombrando, poniendo palabras a aquello que inunda a la manera de angustia desbordante (en tanto que las representaciones operan como borde- marco- límite a la angustia); poner nombre al espanto y al terror, a aquello que por no elaborado retorna por otras vías, acotar montos de angustia que se sitúan más del lado del desamparo, la separación, la intrusión que de la castración.

Más ahora, la cuestión será qué hacemos los seres humanos con los restos psíquicos, las remanencias de aquello que en el pasado permaneció sin simbolizar. Siguiendo a Joyce McDougall, podemos pensar que cada sujeto se las arregla lo mejor que puede, de acuerdo con los recursos con los que cuenta, con el dolor de existir; las neurosis, las psicosis, las perversiones y las enfermedades psicosomáticas son intentos de solucionar -más o menos fallidos, más o menos eficaces-, de procesar el dolor y lo no elaborado. Si bien ante los conflictos edípicos tenemos ciertas herramientas, ante el dolor primario o arcaico, disponemos de otras distintas. Sin embargo, la respuesta psicosomática como intento de solución a un conflicto, como bien apunta McDougall, es paradójica, porque es una salida que, sin embargo, atenta contra las premisas de la vida; podrá pretender una solución a las angustias de muerte, pero al mismo tiempo pone en riesgo la vida, estableciendo algo así como un círculo vicioso, sin salida muchas veces mortífero, como señala Sami-Ali. Exceso de dolor cuyo origen remite a la ausencia o separación que provocó una angustia insoportable, allí donde la representación no opera como soporte posible.

Notas

1 El presente artículo es un resumen del Seminario intensivo sobre lo psicosomático ofrecido en la Facultad de Psicología de la UNR en Julio de 2017, dentro de programa de actividades organizadas por el Programa Problemáticas contemporáneas “Psicoanálisis, Ciencia y Ciencia Cognitiva”.

Ferenczi, S., Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932, Amorrortu, Buenos Aires, p.45.

3 McDougall, Joyce, Alegato por una cierta anormalidad, Paidós, Buenos Aires, 1993, p.387.

4 Liberman, D., Lingüística, interacción y proceso psicoanalítico. Tomo III, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1976

5 Sami-Ali, Pensar lo somático, Paidós, Buenos Aires, 1994, p.28.

6 Algunos de los textos freudianos donde se aborda el problema de la angustia y su relación con la neurosis actual son el Manuscrito B (1893), La neurastenia y la neurosis de angustia (1894), el Manuscrito E (1894)

7 M´uzan de, M., La boca del inconciente. Ensayos sobre la interpretación, Amorrortu, Buenos Aires, 1995, pp. 163-169.

8 Gurman, Isidoro, Trauma y repetición. Algunos aportes al psicoanálisis con niños, Letra Viva, Buenos Aires, 2012, pp. 28; 84; 86

9 Marucco, Norberto, Cuerpo, duelo y representación en el campo analítico. Algunas reflexiones acerca de “la psicosomática hoy”, en Psicosomática. Aportes teórico-clínicos en el Siglo XXI, Lugar Editorial, Buenos Aires, p. 250. 10 Bleichmar, Silvia, Vigencia del concepto de psicosomática. Aportes para un debate acerca de la articulación entre lo somático y lo representacional, en Psicosomática. Aportes teórico-clínicos en el Siglo XXI, Lugar Editorial, Buenos Aires, p. 66

11 Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia, Las perspectivas del psicoanálisis, Paidós, México, 2001, p.p 260-261. 12 Maladesky, Alfredo, V., Acerca del cambio psíquico y la intervención del psicoanalista en la actualidad, en Psicosomática. Aportes teórico- clínicos en el Siglo XXI, Lugar Editorial, Buenos Aires, p. 223.

Bibliografía

* Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia, Las perspectivas del psicoanálisis, Paidós, México, 2001, pp. 260-261.

- Bleichmar, Silvia, Vigencia del concepto de psicosomática. Aportes para un debate acerca de la articulación entre lo somático y lo representacional, en Psicosomática. Aportes teórico-clínicos en el Siglo XXI, Lugar Editorial, Buenos Aires, p. 66

- Ferenczi, S., Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932, Amorrortu, Buenos Aires, p.45.

- Gurman, Isidoro, Trauma y repetición. Algunos aportes al psicoanálisis con niños, Letra Viva, Buenos Aires,2012, pp. 28; 84; 86

- Liberman, D., Lingüística, interacción y proceso psicoanalítico. Tomo III, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1976.

- Maladesky, Alfredo, V., Acerca del cambio psíquico y la intervención del psicoanalista en la actualidad, en Psicosomática. Aportes teórico- clínicos en el Siglo XXI, Lugar Editorial, Buenos Aires, p. 223

- Marucco, Norberto, Cuerpo, duelo y representación en el campo analítico. Algunas reflexiones acerca de “la psicosomática hoy”, en Psicosomática. Aportes teórico-clínicos en el Siglo XXI, Lugar Editorial, Buenos Aires, p. 250.

* McDougall, Joyce, Alegato por una cierta anormalidad, Paidós, Buenos Aires, 1993, p.387.

- M´uzan de, M., La boca del inconciente. Ensayos sobre la interpretación, Amorrortu, Buenos Aires, 1995.

- Sami-Ali, Pensar lo somático, Paidós, Buenos Aires, 1994, p.28